domingo, 15 de octubre de 2017

LEÍDO: “Dos mil noventa y seis” de Ginés Sánchez

   A la cuarta novela, el autor pega un volantazo narrativo y se aparta de las oscuridades urbanas contemporáneas para abordar un espacio y un tiempo distópico del que es imposible, sobre todo al principio, no acordarse de La carretera de Cormac McCarthy o, entre otras, de la estética Mad Max de George Miller.




   Aquí la forma y el lenguaje reclaman tanto la atención como el agua que buscan desesperadamente los personajes. Ginés Sánchez se esfuerza por conseguir una obra original estilizando los sentimientos, emociones e ideas de hombres y mujeres que reviven, sin saberlo, un futuro primitivo:

   Soy Andera. Cuando nací, así me lo contaron, la tribu entera vino a asomarse a mis ojos. Nunca habían visto unos ojos como los míos. No faltó quien dijera que aquella era una mala señal.
   No faltó quien lo dijera y sin embargo viví.
   ¿No me veis?
   Cada cual tiene su maldición. Yo tuve la mía.
   Pero tened calma. Decidme qué queréis saber.
   ¿Acaso es que queréis saberlo todo?
   No. Eso no es posible.
   ¿Acaso lo sé yo todo?  


         Aplaudo esta actitud y predisposición creativa. Además, despierta la curiosidad de saber qué rumbo estético tomará en su próxima publicación.

LEÍDO: “Amar la herida” de Carmen Juan

   A pesar de los avances legales, la dura historia de señalamiento, rechazo, discriminación y agresión continua a niñas lesbianas en los colegios, ese atropello, esa desgarradura ante el tabú, esa indefensión contra el peso moralista, se puede seguir cantando desde el recuerdo y desde el trauma, creando un testimonio valiente que viaje de la furia a la belleza.




II

Fuimos niñas que no sabían no podían no querían.

Jugábamos a deformarnos.
A ser el bicho. Arrastrábamos
el uniforme por las paredes recién encaladas,
las palmas, las mejillas por las paredes recién
encaladas, como lagartos, para volver a la fila
ropas blancas, manos blancas, caras blancas
para
escucharlas escupir mira, es el bicho, mira.

Las niñas niñas nos miraban de reojo.
Que no te roce, que no te toque.
Que no
te contagie.

LEÍDO: “Interregno” de Enrique Morales

Te revelaré estas criaturas:

Una, que te matará,
Otra, que te hablará
Y la última, que te salvará

   Como ocurre con la Filosofía, entre los poetas hay quienes intentamos crear una manera de mirar el mundo, de recorrerlo, nadarlo, volarlo, y luego hay otros, poquísimos en número si los comparamos con el resto, que proponen un sistema teórico-creativo que le da la vuelta por completo al dibujo de la realidad:

Primera criatura
Insepultos brazos, insepultos cuellos, insepultas manos, insepulta sepultura: dedos, tórax, ojos, pelvis. El reflejo de un cáliz o una copa o un vaso sobre la madera el reflejo. Vengo a decirte, padre, nuestra muerte. Acaricia su matriz nuestro recuerdo en el telar. Reconóceme nicho de mí mismo.




   En Interregno el joven, discreto e inteligentísimo Enrique Morales concibe un sistema antropológico de lírica paralela, demuestra ser de esa tendencia poética extraordinaria y, por inercia, marginal, que tiene entre su primera división histórica al recién fallecido John Ashbery, Valéry, Mallarmé, Ungaretti o, en español, a José Lezama Lima, Pedro Casariego Córdoba, José Miguel Ullán o, por momentos, Alejandra Pizarnik:

Los huesos no hacen Canción.

   Pero no estaría diciendo del todo la verdad si no dijera que lo que más me enorgullece de que Interregno haya ganado el XIII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande 2017 es que Enrique Morales fue alumno mío en 1º de la ESO, cuando yo impartía clase en el IES Alborán de Almería, allá por 2003. Catorce años después cuento con su admiración y su respeto, y puedo leer versos suyos como éste:

Hay un Dios, por consiguiente, un lugar en la mesa.

sábado, 7 de octubre de 2017

LEÍDO: “El silencio” de Saúl Suane


LA MAREA

Hace tiempo que el agua guarda un profundo silencio.
He visitado la marea en la noche,
y las olas no dijeron nada.
Quizás guardan un terrible secreto,
o tal vez dejé de hacer preguntas.
¿Debo volver mi cuerpo hecho interrogación
hacia el cielo o la tierra,
o debo dejar de ir todo cuanto
la marea fue dejando en mi orilla?



domingo, 1 de octubre de 2017

LEÍDO: “La atadura” de Vanessa Duriès

   Si de libros se trata, no creo en manuales para explorar los placeres sexuales del ser humano. Soy más de encontrar riqueza, análisis y conocimiento a través de la ficción y la experimentación literaria. Es la gran ventaja de la creación, donde el lector interactúa con el autor, en comparación con la erudición, donde no existe un camino de ida y vuelta en el juego de comunicarse.




   Así, llegó a mis manos esta joya del sadomasoquismo escrita por una joven narradora francesa que murió en un trágico accidente de coche a los veintiún años, dejando esta novela como único legado y contribuyendo más aún a la mitología del “castigo moral” que merecen ciertas desviaciones eróticas.
   Jamás me ha interesado el sadomasoquismo y, sin embargo, consiguió ponerme cachondo en cinco o seis escenas. Un diez a Vanessa Duriès, flor extraña, diamante en el légamo de las pasiones.


   «Cuando a lo largo de sesiones muy duras me empuja hasta el paroxismo del agotamiento y del dolor físico, llevándome al borde de la ruptura psicológica, me basta con mirarle para constatar su placer y centuplicar mis fuerzas. Hay algo muy obvio que quienes no han sido iniciados en este universo marginal y mágico ignoran: el amo nunca es quien la gente cree que es. El amo se halla en una situación de absoluta dependencia con respecto a su esclavo. En realidad, el amo es el esclavo del esclavo, pues depende de que éste acepte someterse a las sevicias que lo excitan. Cuando uno llega a comprender esta realidad paradójica, ya no tiene por qué avergonzarse de ser esclavo. Al contrario: debido al sutil juego de las relaciones de dependencia, el esclavo puede ser quien ostente el auténtico poder en la relación sadomasoquista».

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LEÍDO: "Huye sin mirar atrás" de Luis Leante


   Al día siguiente, como había dicho mamá, se presentó el tal Carlos en casa con una maleta y una mochila de lona, de las retro, y a mí se me vino el mundo encima. Era un tío cachas. Se le notaban los músculos bajo una camiseta ceñida muy guapa. Llevaba poca ropa para el frío que hacía, como si viniera de un país tropical. No se puede decir que fuera feo, aunque tampoco era un modelo de revista de moda. Joven no era, porque le calculé unos cuarenta años o un poco más. Si le preguntaras a mamá, te diría que eso es ser joven, pero lo dice porque ya superó la frontera de los cuarenta y se hace ilusiones de que todavía es joven.



viernes, 15 de septiembre de 2017

LEÍDO: “Guía de viajeros” de Miguel Vega

   Cuando uno creía que la literatura, y en concreto la lírica, ya no tenía capacidad de relumbrar exhibiendo el placer fundamental del turismo, llega otro poeta andaluz, sin hacer demasiado ruido, a demostrarnos que todavía queda alguna grieta imperceptible por la que cantar al viaje como arte mágico, como nacimiento y crecida, como vita nuova tras un instante de convulsión al contemplar detalles del paisaje humano en un país extranjero.




JOVEN, DESCONOCIDA, POETA RUSA

En la plaza de las Artes,
amparados por la romántica efigie de Pushkin
—bronce que parece declamar sus poemas,
con el brazo derecho extendido
y el faldón de la levita removido por el viento—,
numerosos y variopintos participantes concurrían a un certamen
de poesía recitada ante el público que ocupaba la plaza
y un jurado que había establecido su mesa frente al monumento.
Las intervenciones tenían que ser necesariamente breves
y los propios poetas se presentaban y leían su poema
aproximándose en orden a un micrófono.
Sonaba bien la lengua rusa en esas variadas lecturas
a cargo de jóvenes con bolsa colgada al hombro,
señoras maduras con vestidos de flores estampadas,
bohemios obesos de pañuelo al cuello y sombrero de paja,
adolescentes rubios con bermudas…
De inmediato, mi mirada voló hasta una jovencita
muy hermosa y bien vestida que aguardaba en la fila.
Decidí esperar hasta que llegara su turno;
deseaba con innegable desazón escuchar su voz,
su acento eslavo modulando la melodía de su texto.

Leyó la composición con voz frágil,
como frágil era su belleza, su figura delgada,
su rostro adolescente de larga cabellera trigueña.
Me marché después de su intervención,
conmovido por el tono de sus incomprensibles palabras rusas.
y por la sutileza de su hermosura.
Ignoro si logró algún premio del jurado,
o si habrá publicado algunos versos;
en la fotografía que conservo de aquella tarde
para mí no podrá ser de ninguna otra,
sino la joven, desconocida, poeta de San Petersburgo.