lunes, 23 de enero de 2017

LEÍDO: "Rehén" de Emily Fragos

   Me gustaba Emily Fragos, pero hasta ahora sólo había podido leer poemas sueltos, de los pocos que se habían traducido al español. Gracias a su traductora, Natalia Carbajosa, colaboradora habitual de El coloquio de los perros desde su fundación, pudimos publicar a la primera Emily Fragos en la revista que co-dirijo. Los poemas fueron ‘To Pavese’ y ‘Little O, Earth’. Después llegó la antología Women rowing [Mujeres a los remos], publicada por la editorial mejicana Mantis.



   Con Rehén he saboreado, por fin, un libro entero de ella. Deseo que sea el inicio de un continuo proceso de versión al español de la sutil obra de la estadounidense. Sutileza demostrada, por ejemplo, en esta protesta animalista, que observamos en otros poetas tan viciada en el planfleto o en la azucarada evocación infantiloide:


EL SÓTANO

Bajo la verja candada, lloran los animales.
Los oyes mientras esperas y cuando por fin llega el autobús,
y te subes. Eso fue hace años. El sótano
pasó a manos de nuevos tenderos, uno tras otro,
que fracasan y son reemplazados. Ni siquiera el hermano egoísta,
el vecino chiflado, el criminal en su celda con la cara tatuada
de azul, ha consentido jamás que un ser vivo muera de hambre
como tú has hecho. Quién lo sabe excepto tú y el africano
que se ríe con su diente de oro y su candado.




domingo, 4 de septiembre de 2016

LEÍDO: "Las diosas blancas"

   Por circunstancias que ni recuerdo, lo había hojeado varias veces, pero no le había hincado el diente hasta este verano, animado, quizás, por las diferentes antologías con nombre de mujer que están saliendo en 2016 desde diferentes editoriales.
   Las diosas blancas ha sido citado y estudiado hasta la saciedad, es un “clásico antológico” de la poesía escrita por mujeres jóvenes españolas ya en democracia, de modo que no añadiré nada novedoso. Me apetece, eso sí, comentar tres cosas:

   1ª) Cuando sale una antología, no suelo prestar demasiada atención a los prólogos o comentarios críticos de la persona que selecciona. A veces, incluso ni los leo, prefiero ir directamente a comprobar la apariencia y calidad de los poetas seleccionados. Esta vez me ha ocurrido lo contrario. Casi estaba deseando que llegara la presentación de la próxima poeta, en vez de sus poemas. Creo que no me había pasado nunca. ¿Por qué? Muy sencillo: la informalidad burlona, la osadía inteligente y el tono libérrimo de Ramón Buenaventura consiguen quitarle muchísimo hierro al asunto filológico/crítico/socio-político que acarrea exponer tu criterio en ciertas plazas.

   2ª) Me han despertado curiosidad Rosa Ángeles Fernández, Teresa Rosenvinge y Andrea Luca. He comprobado de qué manera han crecido Amalia Iglesias, Almudena Guzmán o Luisa Castro. El erotismo de Menchu Gutiérrez me parece mucho más perdurable que el previsible de Lola Velasco, Mercedes Escolano o el burlesco-clásico-cañí de Ana Rosseti, aunque reconozca su ingenio. Ya estaba al tanto de la valía de Angelines Maeso, la potencia de Isla Correyero y la complejidad sobrevalorada de Blanca Andreu. Salvo brillos fugaces, no termino de ver cuajar a Edita Piñán, Lola Salinas o Rosalía Vallejo, y me ha aburrido o decepcionado la irregularidad de Amparo Amorós, Margarita Arroyo, Isabel Roselló, Mª del Carmen Pallarés y María Luz Escuín.




   3ª) Lo que más me interesa —diría incluso que es lo único que me interesa— de una antología es encontrar, como mínimo, un texto desconocido que me noquee, me deslumbre y seguidamente me haga preguntarme: ¿quién leches será esta autora que ni conozco y que me ha dejado a cuadros? Bueno, pues en el caso de Las diosas blancas ha sido muy fácil: la gallega Pilar Cibreiro con este poema:

         NADA ES COMPARABLE al esfuerzo de ir aprendiendo todos los oficios y no saber, no conocer siquiera el paradero de las estrellas perdidas en el sueño.
         No hablo del rapto, de su aprendizaje juvenil y arriesgado, ni del oficio de los nadadores, del diálogo que mantienen con los peces que les brillan en la cintura.
         Hablo del oficio de la duda, el más duro, el que una vez aprendido nos deja la casa empolvada y los libros carcomidos de tal forma que un amigo puede sorprendernos en cualquier avenida sonriendo malévolamente frente a los escaparates, entre el gentío o en un autobús que no lleva a ninguna parte.
         Hablo también del oficio de la libertad, oficio cuya maestría no se alcanza a pesar de los torpes ensayos ejecutados ilusoriamente pensando en las migraciones de las aves o en los juegos del corzo. Su dominio es el dominio imposible de los vientos alisios o de las rutas del desierto, pero basta con desearlo, dicen.
         El oficio del amor nos reclama con urgencia de jinete sediento, es el más necesario para no perecer de espanto, para merecer la vida y caminar ligero con los ojos limpios, distinguiendo una manos de otras, un rostro de otro, un beso de otro beso y para seguir admirando las vueltas del palomo enamorado, su paciencia blanca y suave de bailarín en celo.
         El oficio de la belleza es inútil e imprescindible. Está dedicado a una diosa fría, el adiestramiento es cruel y lo aprenden gentes que no sirven para otra cosa, ni para coperos o escanciadores de otros dioses ni para esclavos solícitos en amplias cámaras orientales de lujo indecible, aposentos de una emperatriz cuyo reino no existe. Aún así es tentador como ninguno.
         Requiere paciencia el oficio del tedio, una costumbre de tardes que caen lentísimas y nos manchan los párpados de ceniza mientras sostenemos el periódico entre las manos, la prosa de todos los días.
         El de la pobreza es arduo y digno, hay que aprender lo despreciado, incorporar la elegancia de los santos antiguos, su ironía enmascarada y bonachona de hambre sin remedio.
         Es estremecedor el oficio del fugitivo, del que quiere huir hacia una ocupación distinta ignorando las fábricas humeantes en el horizonte de las ciudades, desconociendo tanto sudor malgastado, tantos brazos exhaustos, tantos relojes sonando a la misma hora, tantas rutas de barcos cara a un mismo puerto herrumbroso y maloliente, tanta amenaza de muerte total anunciada a todas horas, tanta desesperación, tanta fealdad, tanta miseria.
         La destreza de este aprendiz consiste en el olvido: olvidar el tráfago exasperante y negro de cada amanecer, el exterminio de los árboles, la extinción de los gorriones, la destrucción del hombre por el hombre, su incomprensible suicidio de animal estúpidamente acorralado.
Hay oficios amables como el del orfebre anclado en su iluminada soledad o el del campanero dueño de las torres más sonoras, vigía de los tejados.
         Oficio peligroso es el de augur que predice en un tiempo de sangre y lleva la cuenta de los muertos innumerables y de todos sus huesos esparcidos.
         Hay oficios siniestros, son los más comunes y prefiero no nombrarlos. Y los hay delicados, tanto que requieren tacto y sabiduría, el de las madres y el del labrador, por ejemplo, tan cerca de todo lo que crece.
         El de poeta es un oficio de locos, ya se sabe, pero hubo un tiempo en que se consideró sagrado.
         El oficio de la bondad es sin duda el más difícil, el de más justa e inteligente hermosura.
         El oficio del sol, el de la lluvia, el del viento alborotando los árboles, el del fuego, son oficios de dioses destronados.
       La vida es con frecuencia atroz, conviene aprender todos los oficios.

sábado, 3 de septiembre de 2016

LEÍDO: “Escuchar Irán” de Patricia Almarcegui

   Nadie mejor que la autora para explicar el origen de este libro y su intención:

   Siete semanas sola en Irán en el año 2005. Después he vuelto en dos ocasiones y he residido en Shiraz. En cada viaje, los iraníes me han mostrado y me han hablado de un país diferente. […] Escuchar Irán son mis impresiones, como se habría dicho en el siglo XIX, y mis crónicas, como se dice ahora.
        
   E impresiona cómo narra su temblor antes del despegue y del aterrizaje, el símbolo omnipresente del chador, lo coyuntural de la victoria aplastante de Ahmadineyad en las urnas, las consecuencias de la peculiar industria automovilística y cinematográfica iraní, los resultados poliédricos cuando conversa con los iraníes que opinan de su propio país y de España, la experiencia estremecedora en Shiraz frente a la tumba del poeta Saadi, las sugerentes anotaciones en Persépolis, Kermán, Bam, Yazd, Isfahan, Kashan, Narug, Mashad, la atrayente imposibilidad de visitar ciudades como Qom o Nishapur —donde se halla la tumba del extraordinario Omar Jayam; ha sido incómodo “perdonarle” a la autora que no le guste su poesía— y las ricas anécdotas con anfitriones, taxistas, guías, estudiantes y cada uno de sus compañeros de viaje, aunque los momentos más reveladores hayan sido cuando explora su soledad, su extranjería, no sólo territorial.


   A riesgo de equivocarme, me parece que Almarcegui no pretende sacar conclusión ética alguna de sus percepciones y sobresaltos en el Irán de 2005, pero sí se esfuerza en soltar migas visuales, detalles evocadores para que sea el lector quien los digiera y asimile a su antojo. Este punto de vista está muy conseguido. Comparto y admiro esa actitud literaria y viajera. Vital, al fin y al cabo.

LEÍDO: “El espacio interior. Manuel Altolaguirre 1905-1959”

   El Centro Andaluz de las Letras tendrá voces críticas entre los escritores y lectores autóctonos, sí, pero los que vivimos fuera de Andalucía, en regiones en las que los poetas no producimos ya ni siquiera compasión, contemplamos con envidia su funcionamiento institucional, cómo fluye su programación provincial por centros culturales públicos y cómo, sin entrar en detalles, cuida el género poético, hecho más meritorio aún en tiempos de crisis.
   Si subrayo esto ahora, en crisis —que no ha acabado ni de broma, por mucho que se empeñe la propaganda económico-política—, imaginémonos lo que podía hacer el CAL en plena época de bonanza.


   En 2005, por el centenario del nacimiento del poeta, impresor, dramaturgo y cineasta —que no se olvide esta última faceta— malagueño, la Junta de Andalucía ofreció una exposición itinerante con el título homónimo de la obra de teatro que Altolaguirre dejó inacabada en 1958. James Valender la comisarió y editó entonces un libro-catálogo grueso y exquisito que se aprecia como un documental en papel de factura impecable. Si algún “altolaguirreano” estuviese interesado, se puede comprar por internet.
   La mala fortuna quiso que un accidente de coche en Burgos le arrancara de nuestro mundo a él y a la cubana Mª Luisa Gómez Mena, su segunda esposa, que tan importante fue para su producción literaria a partir del exilio.
   Copio un poema suyo. Adecuándome al título, maldigo el golpe de estado y la guerra civil que convirtieron en leyenda a su irrepetible generación.


MALDAD

El silencio eres tú.
Pleno como lo oscuro,
incalculable
como una gran llanura
desierta, desolada,
sin palmeras de música,
sin flores, sin palabras.
Para mi oído atento
eres noche profunda
sin auroras posibles.
No oiré la luz del día,
porque tu orgullo terco,
rubio y alto, lo impide.
El silencio eres tú:
cuerpo de piedra.

sábado, 27 de agosto de 2016

LEÍDO: "Estética a golpe de like" de Fernando Castro Flórez

   El título encaja a la perfección con el formato en el que se anuncia, solo que al ser un libro y no el muro de Facebook del autor, en lugar de levantar el dedo índice para darle like al final de cada capítulo, he reaccionado de una forma más corporal: asintiendo varias veces con la cabeza, esbozando una sonrisa de acuerdo intelectual escritor-lector o pronunciando en voz baja para mí mismo “¡claro, este tipo lleva toda la razón!”.




   Fernando Castro Flórez es un analista todo-terreno que te conduce con la velocidad y el zigzagueo del Dragon Khan hacia espacios de una contemporaneidad fresquísima —la exploración del llanto televisivo del youtuber El Rubius ante Risto Mejide no tiene precio— con desvíos locos, canalizaciones libertinas y vericuetos freakies e hipstéricos de lo más llamativos. Cuando menos te lo esperas, pueden aparecer Foucault y Lacan saludando a un teletubbie en un happening, Marina Abramović haciéndose un arriesgado selfie con Baudrillard en el puente de Brooklyn o Chomsky bailando con Bataille el temazo “Escándalo” de Raphael en un McMuseo.
   Termina el viaje y te dices que el ticket que has comprado no era nada caro para las muchas curvas, turbulencias y subidones que te ha ofrecido.
   Más filósofos españoles como éste, por favor.

viernes, 26 de agosto de 2016

LEÍDO: "Por un país desconocido" de Rubén Castillo

   Rubén Castillo es un narrador macizo con una trayectoria de lo más coherente. Hasta donde yo sé, no se le conocía ninguna publicación poética anterior. Según él, tampoco la conoceremos posterior. Le pregunté al mismo Rubén por este cambio de género y me contestó que no tenía ninguna intención de continuar el camino del verso, que Por un país desconocido sería considerada, con el paso del tiempo, una rareza genérica en su recorrido literario.




   De cualquier manera, una gratísima noticia es este “capricho” poético. Eso sí, como no me precio de traidor, debo avisar a lectores incautos que quieran probarlo pensando que van a encontrarse un libro colorido y saltarín: tengan cuidado, se trata de un espejo peligroso, con el vampiro de Cernuda erizándote el alma y empapándola después de un pegamento llamado infinita tristeza. Aquí la cosa va muy en serio. En suelo, paredes y techo de esta casa no hay ni una grieta de júbilo.


24

Nadie puede comprender.
Nadie puede comprendernos.
Nos morimos
con ese dolor.


   El autor comentó en el MUBAM (Museo de Bellas Artes de Murcia), durante la presentación del libro, que hace dos años él había muerto y su gente, incluida la más próxima, no se había enterado, que ese era el origen de la escritura de Por un país desconocido. Y eso es lo que parece: poemas escritos desde la muerte.


23

Ser el hombre más dulce y más atento,
besar a tu esposa con los ojos cerrados,
acariciar el pelo de tus hijos,
sonreír en el trabajo, ser amable
con la cajera del supermercado,
disculpar benevolente las flaquezas
de quienes te circundan, preguntarte
—por la noche—
de dónde has sacado fuerzas para acometer
tanta superchería.

viernes, 19 de agosto de 2016

LEÍDO: “Perder ciudades” de Hilario J. Rodríguez

   Con algún excurso a Irlanda, a Noruega y a la Guerra Civil española —tema que podríamos considerar ya un país—, un adulto, enfermo de mitomanía literaria, decide emprender un viaje acompañado de su descreída y anciana madre por Rusia, con la inevitable plaga de anécdotas tragicómicas que brotan entre las alcobas, las cocinas, los escritorios y las obras de Chéjov, Diego Rivera, Tólstoi, Berdiaev, Kapuściński, Andréi Biely, Lérmontov, Dostoievski, Nabokov, Pushkin... El otro viaje a Gambia y Senegal, aunque se produce en un contexto humano, político y ficticio muy distinto al de tierras eslavas, se narra con el mismo registro. Hilario J. Rodríguez sale más que airoso en el relato de ambas experiencias.




   Me parece un acierto esa línea de libros breves a caballo entre el diario antiheroico, las memorias de viaje y el anecdotario agridulce —por momentos dramático— con la que está levantando el vuelo la editorial Newcastle. Larga vida.