domingo, 7 de enero de 2018

LEÍDO: “Píldoras de papel” de Ana Patricia Moya




Decía mi sabio abuelo que cuando veas
al perro nervioso
cambiará el tiempo.

Acaba de cruzar la puerta el amante,
alterado;


                   toca tormenta de celos.

LEÍDO: “Made in: La Bestia” de Saúl Lozano Belando

   Si destapamos este cubo mágico fabricado y profanado por una industria poética bestial, podemos asomar la cabeza, mirar y sacar mucho rock and roll encarnado en torbellinos verbales de melancolía heroica, fantasías narrativas con devoción por el disfraz. Y podemos tirarle un cubazo a la cabeza del utopismo, porque esta frescura que arde es una lucha por el derecho a divertirse salpicando en charcos de caca, un ataque frontal a la cíclica ingenuidad política, un cóctel de película de terror con morbosidad erótica.
   ¿Su banda sonora? El reverso del bel canto, el pedo de un mesías, Saúl Lozano Belando, feriante guapo de callejones sin salida, alucinado por la gracia de Manuel Vilas, el sarcasmo de Albert Pla y bendecido, cómo no, por el padre Bukowski con ráfagas de apatía y desafío a partes iguales.
   Aquí las imágenes líricas están lejos de las gacelas lorquianas, más bien se parecen a iguanas en tejanos y hasta arriba de maría recorriendo sus arrugas musculosas por el escenario y enseñando medio culo antes de elevar un estribillo y escupirle al mundo: “Yo hablo español”.




sólo soy un pobre genio
me masturbo con potencia
y entiendo incluso a los chinos de las tiendas,
los miro luminoso
y ellos me dicen FRIEGAPLATOS
con los ojos milenarios
tirando mis cigarrillos al mostrador
como el planeta nos tira los días
encima

(a mis padres)
ay si comprendierais que en España
vuestro hijo es el mejor poeta,
si comprendierais mi antigüedad aquí
anterior a la cucaracha, al seno,
o a la navidad

y en los parques los niños juegan a los superhéroes
y pelean por coger ni nombre
FRIEGAPLATOS

o en las calles me aclaman
gritando:

—¡FRIEGAPLATOS, FRIEGAPLATOS!

y me suben a hombros
por encima de los olmos y las secuoyas,
incluso,
o me tiran a los perros
sucísimos
que muerden sin saber quién soy
porque los perros han mordido a todos los hombres
alguna vez
y no van a estar preguntando todo el tiempo,
¿no?

LEÍDO: “Hombre sin fin” de José Manuel Jiménez

   Novela de espacios.
   Elena muere en el asfalto —plausible el uso constante del tiempo verbal presente— y la madeja hecha de ficción y realidad empantana de duda e interrogación no solo el pensamiento y los movimientos de su marido Miguel, sino de todos los círculos concéntricos de la familia de Elena, del Café de Flores —círculo laboral dirigido por Elena hasta su final— y demás círculos relacionados con los miembros que trabajan en dicho café.




   Mientras paso las páginas, estoy cursando un seminario creativo sobre la verdad y su capacidad para la fertilización. De ese fango nace el despliegue imaginativo que le sirve a José Manuel Jiménez para narrar las múltiples posibilidades de la culpa, la vergüenza, el rencor, el silencio, la idea de venganza, el remordimiento, la paralización ética y hasta una idea coherente y a ratos ridícula de la justicia salvaje. Todo ello —lo más inteligente y virtuoso— escrito bajo un hilo ambiental, casi invisible, de tibieza, leyendo las voces y actitudes que pueblan y conviven en un artefacto planetario, La Muerte de Elena, que gravita en la galaxia de este gimnasio de perspectiva y autoanálisis que es Hombre sin fin.

jueves, 4 de enero de 2018

LEÍDO: “Aprendiz” de Antonio Luis Ginés

   Desde ‘La cuesta’ a ‘Mi edad’, pasando por ‘La roca’, ‘Columpio’, ‘Granizo’, este libro es una lección callada de tener el espíritu claro, de escoger las palabras en las que veamos verdad lírica, la exactitud para despreocuparnos de la armonía.
   Flaubert escribió en sus Souvenirs, notes et pensées intimes que el estilo es la vida, la sangre misma del pensamiento. Et voilá:




LA ROCA

Había que lanzarse.
La caída no era muy grande,
un par de metros,
quizás tres. La roca ardía
bajo las plantas de los pies,
y había que decidirse pronto.
En ese momento, ¿qué mirábamos?
El embalse, agua por todas partes
y nuestro corazón latiendo
acelerado. No pensar,
lanzarse, decíamos, era el secreto.
El miedo nos dejaba
los pies pegados a la roca.
Nunca sabíamos con certeza, qué había
debajo, si alguna piedra esperando
nuestra carne para abrirla,
si nos aguardaba
—como luego comprobamos más tarde,
un año sin lluvias— quince,
veinte metros de profundidad
hacia un abismo escalofriante.
Qué poco éramos allá arriba:
peces diminutos
fuera del agua.
Había que lanzarse.
La roca sigue en el mismo lugar.
Este año la sequía vuelve
a dejarla desnuda,
pero sin pies calientes
que le ofrezcan un poco de sombra.

RELEÍDO: “Casa de muñecas” de Henrik Ibsen

   Por los azares de la historiografía literaria y moral, esta obra se ha convertido en un símbolo y creo que el dramaturgo noruego estaría orgulloso del lugar que ocupa hoy el personaje de Nora y su tajante portazo en la cara de Helmer, el clásico marido perdonavidas, pero también un poco celosillo de que obras suyas como Un enemigo del pueblo o sobre todo Hedda Gabler no hayan tenido esa misma suerte y hayan sido relegadas a un segundo o tercer puesto en el pódium ibseniano.




   Dos siglos después, en Europa es un hecho que se ha mejorado considerablemente la situación legal y profesional planteada en Casa de muñecas, sin embargo estamos un poco a paso de caracol a nivel de definición en lo que se vive de la piel para adentro: la desequilibrada relación entre el hombre y la mujer en la infraestructura del hogar y de la vida socio-laboral; la acción e incluso el pensamiento controlado; la subestimación masculina respecto al sexo femenino; la esclavitud de la maternidad juzgada y auto-juzgada de forma constante; la manipulación y el desprecio que genera en el ámbito matrimonial la presión de los exigentes estándares éticos o religiosos, enturbiando los sentimientos individuales y saliendo siempre la hipocresía ganadora de la partida.
   A lo largo de 2018, según parece, desde todos los centros de educación social —instituciones y medios de comunicación de masas— va a intentarse concienciar más aún a la población europea sobre la necesidad de mejorar lo enumerado.
   A uno se le gasta la energía discursiva en seguida, pero ojalá así se consiga aplacar a muchos cavernícolas y rebelar a algunas mujeres anestesiadas. Mientras tanto, seguiré releyendo Casa de muñecas y, sobre todo, seguiré viviendo sin comportarme como un cabronazo con mi pareja, con mi familia y en cualquier entorno.
   Gracias, Henrik.


—NORA: ¿A qué llamas tú mis deberes más sagrados?
—HELMER: ¿Necesitas que te lo diga? ¿No son tus deberes con tu marido y tus hijos?
—NORA: Tengo otros deberes no menos sagrados.
—HELMER: No los tienes. ¿Qué deberes son ésos?
—NORA: Mis deberes conmigo misma.
—HELMER: Ante todo eres esposa y madre.
—NORA: Ya no creo en eso. Creo que ante todo soy un ser humano, igual que tú... O, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, y que algo así está escrito en los libros. Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y con lo que está escrito en los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de comprenderlo.
—HELMER: Pero, ¿no entiendes cuál es tu puesto en tu propio hogar? ¿No tienes un guía infalible para estos dilemas? ¿No tienes religión?
—NORA: ¡Ay, Torvaldo! No sé qué es la religión.
—HELMER: ¿Cómo que no?
—NORA: Sólo sé lo que me dijo el pastor Hansen cuando me preparaba para la confirmación. Dijo que la religión era esto, y aquello y lo de más allá. Cuando esté sola y libre, examinaré también ese asunto. Y veré si era cierto lo que decía el pastor, o cuando menos, si era cierto para mí.


Traducción: Alberto Adell

LEÍDO: “Los primeros ángeles” de Mateo Rello

   Con el soplo de la muerte familiar, desde el levante comercial barcelonés Rello suelda un estudio en verso de las últimas ramas de su árbol genealógico, que repasa, con relámpagos de una belleza arcaizante extraordinaria, el viaje de ida y vuelta entre las rurales raíces sorianas o andaluzas y el callejero fluvial de Santa Coloma.




   Soy lo que huelo y los olores declinan mi sensibilidad, mi biografía y las intuiciones de las otras que atesoro. Una casa está llena de olores, vale decir, de recuerdos, y estos pertenecen a una gramática más amplia, que los teje con los olores del vecindario y de la ciudad, incluso con los olores extinguidos. Guardo recuerdo del urbanismo fragrante de Sta. Coloma, entre lo rural y lo urbano. Aquellos olores me transportan a episodios de vuestra vida. Gregorio y Pilar, padres hijos míos, ¿qué pensasteis al llegar aquí? Santa Coloma de Gramenet. Una ciudad por hacer, pero habitada —de hecho, superpoblada—, es un génesis abigarrado y áspero, que no cabe en las letras de su nombre: participa del caos más que del urbanismo. Por su parte, el futuro, lombriz cortada, se retorcía en esas calles que iban a ser estas, y era un puente precario sobre el río Besòs, una metáfora bamboleante, y una red, luz de faros, trenzada por autobuses nocturnos.

miércoles, 3 de enero de 2018

LEÍDO: “Antes (de) que la nada prevalezca” de Moisés Galindo

   Es un libro de homenajes —hay uno dedicado a Charlie Haden y eso me ha ganado— que edifica arcos del triunfo contra la desaparición. En una de sus aurículas se abre un poema titulado ‘Happy new year’. Ha sido casualidad que su lectura coincida con estas fechas navideñas. Así que, con tres días de retraso, copio este poema “celebratorio” de Nochevieja:




HAPPY NEW YEAR

tantos como éramos
el cóctel de Martini
la carne con frutas
los púrpuras las cintas de colores
bajo las lágrimas de la lámpara
ahora la inmensa mesa desierta
todavía puedo oírlos
tatuados en mi respiración
sonreír invisibles en la sangre
¿cómo podría abrazarlos?
este pañuelo del dolor
en medio de la nada
este faro negro de la lengua
esta rabia de alfileres en los ojos
esta máscara que sobrevive
como un bosque vacío
un horizonte diezmado