viernes, 14 de julio de 2017

LEÍDO: "Estado de exilio" de Cristina Peri Rossi

   Aunque la autora fabula con la idea de que el exilio sea un género literario, yo pienso que, en efecto, el exilio lo es, al menos en una división temática. Está la literatura erótica, la policíaca, la de viajes, la memorialística… Y, a qué negarlo, la del exilio. Hay muchos ejemplos que desgraciadamente pueden encarnar esta invención.
   Su libro de relatos Cosmoagonías me dejó buenas sensaciones, pero confieso que es el primer libro de poemas que leo de ella, así que no puedo comparar con otros. Ni es tan mediocre como alguien me había advertido, ni es una cima exquisita. Sólo sé que el regusto lector me lo ha vuelto a dejar con sabor agradable, tratando un tema filosóficamente terrible como éste.
   Cristina Peri Rossi cruzó el Atlántico desde Montevideo en un barco italiano con el temor de no poder volver a escribir. Se equivocaba. Vaya que sí.




 XXII

Aquel viejo que limpiaba platos
en una cafetería de Saint-Germain
y de noche
cruzaba el Sena
para subir a su habitación
en un octavo piso
sin ascensor sin baño
ni instalaciones sanitarias
era un matemático uruguayo
que nunca había querido viajar a Europa.

LEÍDO: "Diario de Ithaca" de Miguel Ángel Hernández

   Cuando se publica un nuevo diario de Miguel Ángel Hernández, yo ya llego a él con la lectura hecha, en este caso, con la escucha, ya que este diario fue radiado en el programa literario aragonés Preferiría no hacerlo, cuyas emisiones me descargué de una tacada y escuché de manera continuada durante horas —soy así de bruto y arrebatado cuando algo me interesa—.
   Newcastle es una editorial adecuada para publicar este regalito que es Diario de Ithaca y en cuanto me enteré de su aparición fui a pedirlo a la librería.




   Tras gozarlo con las anécdotas perturbadoras entre aulas norteamericanas, conferencias universitarias, encuentros y desencuentros más o menos “simpáticos” con vecinos, el tortuoso perfeccionamiento del idioma inglés y las sensaciones y reflexiones fugaces que ya vienen siendo habituales en la acelerada prosa diarística de Miguel Ángel, me encuentro con las páginas finales en Nueva York, cuando su amigo Leonardo Cano viene a visitarlo y al cerrar el libro aún guardo con una carcajada el frenesí de la fiesta de pascua con exiliados rusos a la que ambos son invitados de forma improvisada y en la que, al entrar, una señora mayor no para de preguntarles que quiénes son, que quién les ha invitado y qué han venido a hacer allí.
   En fin, una mezcla de humor, exaltaciones varias y mesura melancólica es este diario, como lo fue, en mayor cantidad, el primero, Presente continuo, y como espero que será el siguiente, Aquí y ahora (Diario de escritura), que ya he seguido en la revista Eñe y a la espera estoy de que se publique. Soy fan.

LEÍDO: "Rosas negras" de Ginés Cruz

   No cabe duda de que el episodio más dramático en la historia del siglo XX español es nuestra guerra civil, sus causas y sus consecuencias. Si nos atenemos a las causas, nos situamos en la ciudad de Cartagena —donde se desarrolla esta novela— y acercamos la lupa lectora al barrio del Molinete, encontraremos los dos personajes más novelables de dicha ciudad: una legendaria prostituta, Caridad “La Negra”, y un matón a sueldo, el gitano cuchillero Chipé.
   Ginés Cruz se ha propuesto el reto de narrar en once capítulos y un epílogo la historia de ambos y de todos los otros personajes satélites, reales o ficticios, que circulaban alrededor de esta heroína y este villano locales. Hay descripciones costumbristas claras, apuntes biográficos curiosos, escenas de erotismo y política continuamente encadenadas a un ritmo de acción y diálogo frenético y tenso, como el ambiente que respiraron los que pudieron presenciar la tortura del cuerpo muerto del Chipé.




   Copio un fragmento del instante en que dos enfermeros de la Cruz Roja trasladan lo que queda del Chipé al Hospital de la Caridad:

   —¡Pero Virgen Santa! Lo han matado a palos.
   —No. Morirse se ha muerto de un tiro en la cabeza, no sé de quién. Es después de muerto que lo han linchado.
   —Se han ensañado bien. ¡Si está irreconocible!
   —Es que era muy mala gente. Y eran muchos los que estaban hartos de él.
   —Sí, bueno. Eso y la política. —dijo Jesús, uno de los enfermeros que lo había traído en el coche.
   —¿La política? —preguntó el guardia— ¿Qué tendrá que ver este diablo con la política?
   —Verás, Lorenzo —explicó el de la Cruz Roja encendiéndose un cigarrillo a los pies del cadáver—. A este no lo han linchado por ser un chuloputas, a cualquier otro malhechor, una vez muerto, lo hubieran dejado tranquilo. A este lo han linchado porque era un matón de los potentados de derechas y, siempre que se metía en un lío, tenía padrinos que lo sacaban de él. Si se hubiera conformado con ser un malhechor entre el resto de malhechores nada de esto le hubiera pasado. Pero las gentes del Molinete lo veían como una especie de traidor que jugaba a dos bandas: ante la buena sociedad era temido como matón de los acaudalados. Los que lo han linchado eran de los suyos, mayormente.
   —Pero eso no es política, Jesús —replicó el otro guardia—. La gente pobre no es de derechas ni de izquierdas. Es… pobre.

miércoles, 12 de julio de 2017

Dos poemas de Eugénio de Andrade

   En el marco del quincuagésimo Festival Internacional de Folklore en el Mediterráneo, hoy ha sido la primera jornada de los tres días seguidos de TRASNOCHANDO en el Museo de la Ciudad de Murcia. Los coordinadores, Isabelle García Molina y Soren Peñalver, han propuesto este año una lectura sobre el mar de las migraciones. Tal y como nos han indicado, debíamos escoger un texto propio y otro ajeno. Yo he leído mi poema ‘Playa de Galúa’ de Un fotógrafo ciego y dos poemas breves de Eugénio de Andrade para dejar buen sabor de boca. Los copio aquí. Pertenecen a su libro Oscuro dominio (Hiperión, 2011), traducidos por Blanca Cebollero Otín y Daniel Pelegrín:




DE PASO

Venían al final del día.
Tal vez llamados por el brillo
de los dientes o de las uñas
o de los cristales.

Eran de lejos.
Del mar traían
lo que es del mar: dulzura
y ardor en los ojos fatigados.

Llegaban, bebían
la púrpura de los espejos
y partían.
Sin declinar el nombre.




ARTE DE NAVEGAR

Mira cómo el verano
súbitamente
se hace agua en tu pecho,

y la noche se hace barco,

y mi mano marinero.




sábado, 8 de julio de 2017

LEÍDO: “La galla ciencia” Nº6 (Minoría virgiliana II)

   Creo que a estas alturas nadie puede discutir el lugar privilegiado —ganado a pulso— que ocupa La galla ciencia en el campo de las revistas de poesía del mundo hispanohablante.
   Cuando terminé de leer este número, me dije y les dije —tuve oportunidad de decírselo en persona a Joaquín Baños y a Noelia Illán, dos de los miembros de la cúpula “gallera”— que me parece la mejor selección de todas las que he leído, que se nota lo cómodos que se encuentran como revisteros en el terreno de la “minoría virgiliana” y que veo un acierto que esta entrega tenga un número de páginas medio, no tan extenso como viene siendo habitual. No porque uno esté en contra de volúmenes con selecciones amplias, no, sino porque cuando una revista reduce su selección, se hace más complicada la defensa de la calidad que se va a exhibir. Y en eso, precisamente, es donde veo el gran acierto de este número por encima de otros. He quedado encantado con poemas de tonalidades tan diferentes como ‘Contra natura’ de Alberto Tesán, ‘Milf’ de Pablo García Casado o ‘Debo felicitarme’ de Víctor Botas.




   Y copiaré el que más me ha removido de todos los seleccionados, el poema de Ramón Bascuñana:


PARADISE NOW

Is there no change of death in Paradise?

Wallace Steven

y me viene la idea de una hermosa muerte con las armas

Virgilio

No es inaceptable la idea del suicidio
cuando, después de haber intentado sin éxito
transformar el infierno de una vida mediocre
en leve paraíso de versos y poemas,
el tiempo nos alcanza y corre a nuestro lado
como si compitiera por ver cuál de los dos
ha de cruzar primero la cinta de la meta.
En líneas generales la vida es aburrida
si no buscas excusas para seguir viviendo.
Viajar es una excusa como otra cualquiera.
Huir para encontrarnos y volver con nostalgia
del que ya no seremos. Durante algunos días
las retinas retienen el placer del paisaje
y en las fotografías queda fosilizada
la imagen del fracaso. Existen más excusas
para seguir viviendo. Rodearnos de belleza,
de música sublime, de arte y de poesía,
de hijos, hipotecas, ex amantes y drogas,
de altos ideales, querer salvar el mundo,
amar y ser amado, poner nuestra esperanza
en dios y en sus promesas. Nos sirve cualquier cosa:
sobre todo, el ritual de la carne. El sexo
es la excusa perfecta, nunca hay suficiente,
incluso cuando el cuerpo comienza a derrumbarse
y la vejez impone, tiránica, sus leyes.
Yo que busqué refugio en brazos del poema
durante tanto tiempo, hace tiempo que sé
que me aferro al cadáver de mi propio deseo,
que el poema es la excusa para seguir viviendo
y cada verso escrito anuncia mi derrota.
Tal vez por eso piense que no hay más paraíso
que el presente y la muerte y sueñe con la idea
que abre este poema, con una hermosa muerte
en el último verso del último poema.


miércoles, 5 de julio de 2017

LEÍDO: "Sobre el cielo imposible" de Santiago Montobbio

   Santiago Montobbio hace lo que le viene en gana y eso me parece muy bien, sobre todo porque no hace daño a nadie ejerciendo dicha libertad. Quizá no sea coincidencia que un anterior libro suyo se titule El anarquista de las bengalas.
   Hasta donde yo sé, ha batido dos récords. Uno fue en la revista El coloquio de los perros por encabezar la mayor extensión espacial en una sola entrevista: treinta y cinco páginas en formato Word nos llevó la cosa en el número 25 de 2009. Otro ha sido en el número de páginas que contienen tres de sus poemarios: Los soles por las noches esparcidos, Hasta el final camina el canto y el último, Sobre el cielo imposible, tienen más de trescientas cada uno.





   Acabo de terminar de escalar este tercer monte y he encontrado árboles como el que copio:

El pueblo que es sólo silencio. Ni las campanas
ni la noche lo rompen. El silencio inunda
las calles, y el silencio es el viento, y el aliento
íntimo del campo. El amor puede ser
silencio, como este pueblo, y el recuerdo
un dolor callado con el que te canto.
Con poemas de amor intento amordazarlo.
Pero el canto es sólo fábula, invento
del viento, como ese pueblo de silencio
que adentro siento. Y por el que me pierdo.


martes, 4 de julio de 2017

LEÍDO: "El ruido que haces al vivir" de Mar Navarro

   Mar Navarro es una narradora tardía. Siempre se ha destacado en este género a partir de la veintena o, como mucho, de la treintena. Mar tiene sus razones, fundamentalmente ligadas al nomadismo y la agitación que conlleva un trabajo tan viajero y excitante como el del teatro. Coordinar el sonido y la luz de una compañía teatral potente te obliga, aparte de a viajar sin término por cuatro de los cinco continentes, a estar concentradísima en la mejora técnico-artística constante, a la imposibilidad de gozar de un equilibrio amoroso, familiar o incluso —que siempre se nos olvida, pero es el más importante de todos los equilibrios, disciplinas y sosiegos— el individual.
   La constancia, la obsesión, la soledad, el espacio íntimo continuado frente al papel y la pantalla del ordenador que necesita una escritora es fundamental para producir filigranas.




   El título del libro ya es una metáfora precisa pero abierta en canal: El ruido que haces al vivir. Es un adelanto de que la atmósfera del lirismo va a impregnar toda la colección de relatos que lo compone. ¡Ojo! No me refiero a un lirismo que necesite de insulina, a un lirismo denso, que frene la fluidez inherente a la acción narrativa. Los cuentos de Mar Navarro fluyen perfectamente y tienen una capacidad de comunicación directa con el lector. Ya le ha echado ella horas y preocupaciones estéticas en mañanas, tardes, noches y madrugadas para que esta maquinaria esté bien engrasada. Me refiero a un lirismo que consigue evocar, en este abanico de veintidós ribetes breves —algunos realmente breves, aunque no llegue nunca al microrrelato— ese arco iris de color infantil y siniestro; ese detallismo descriptivo en escenas de pasión y compasión; ese realismo de herencia decimonónica que guiña y juega levemente con la experimentación, por ejemplo, del maestro Cortázar; esos estallidos, esa intriga, esos desgarros emocionales que salpican a cada uno de los protagonistas; esa profundidad psíquica a la que se llega recogida en una envoltura de sencillez; esas elipsis colocadas magistralmente, como son las elipsis de nuestra memoria cotidiana; ese contar sin revelar; esas denuncias sociales —feminismo, abuso infantil, doméstico, laboral— que traza con sutilidad. Sí, esa es quizá la palabra que designe más adecuadamente el estilo de Mar Navarro en este libro: sutilidad para el homenaje encubierto a maestros antiguos del relato; para la sensualidad que con frecuencia desprenden de manera inconsciente nuestros hábitos; para el humor sarcástico, a veces turbio; para el retrato de un disloque aristocrático, rural, gastronómico, reivindicativo; para, en fin, darnos a los lectores un caramelo envenenado —¡qué logro!— de literatura.