domingo, 4 de noviembre de 2012

LEÍDO: "Sobre el tiempo caminan los árboles" de Ahmed Hachem Eraissouni

   Sé que es caer en una obviedad, pero me insisto en lo necesario de la poesía para comprender y comprenderse, lo imprescindible que es para vivir. Me proporciona una alegría inmensa difundirla, promocionarla, aproximarla a los demás, contribuyendo a una microscópica mejoría del mundo.




   Pienso en todo esto mientras leo este poema traducido por Mehdi Akhrif:


CANCIÓN PARA LA VÍA LÁCTEA

La nombré relámpago,
me senté delante de las cuerdas
que el horizonte tocaba.
La noche avanzaba
y la soñolienta luna se hundía.
Me perdí en sus extensiones,
y llorando, le dije: ¿cuántos cuerpos necesitas
para vaciar la herida de tu pasión?
Y todavía aquí,
trenzo la savia de los árboles
para alabar un ojo que ascienda
hacia la Vía Láctea
(La siento como vía de pasión aunque no lo es)
Contestó: giré alrededor de una fuente
siete veces tras otras siete
hasta que vi mis pensamientos
tocando las melodías de la luna.
Tomé el néctar del cuerpo anhelado,
me senté en el rincón de Sócrates,
la luz tenía el hechizo de los besos
cuando acaricia la lengua del fuego.

¿Fuiste entonces el vino que excitaba el destino
o un viento que soplaba en la morada de la esfinge?
No creía que los tiempos eran jardines
que cambiaron los colores en el límite del silencio.

Y se fueron…

Ahora extraen la tiza del patriotismo
de la somnolencia de los párpados.
Les dije:
Sócrates me enseñó
cómo apasionarme con el paraíso y el infierno,
cómo eludir la abundancia del cuerpo
y disolver la miel del desierto.
Cómo buscar en mis pies
la sangre de los senderos.
Cómo morir
junto al arroyo del alba.
Sé cómo las cosas se convierten en olas,
o en desfiladero
que al alcance del ojo transmutan en astro.
Sócrates me enseñó el amor eterno,
sin almohadas,
sin oraciones de rabinos.
Me enseñó cómo contemplar la blancura de una rosa,
cómo abrir una morada dentro de mi morada,
cómo buscarme un rincón rojo
para que sea frontera entre mí y mis límites.
Sócrates me enseñó la pasión del rechazo.
¡Oh, mujer!,
todavía yo en la exuberancia de estas esposas.
¿Cuántos cuerpos necesito
para salir del mío?
Dijo: ¡Aquí estás!
¡Qué bien!
Este cuerpo es una manzana,
entre vosotros no hay más ojos que los de la pasión.
¡Tómalo!
Mastica el silencio de las palabras,
no mires hacia la muerte,
no mires hacia la voz,
no mires
y ven.
En tu camino elige
un bastón de lluvia.
Mira hacia el poniente del cuerpo
y entra…
Yo entraba,
las ventanas apresuradas precedían a las cortinas,
como si mantuvieran en sus manos una leve nube,
o un jardín luminoso
que giraba alrededor del cuerpo.
Le dije: “Ahí está el relámpago. ¡Oh, amor mío!”
Y el amor escuchaba el himno
de esta oración.
Una polvareda se apoderaba del sofá
y del muro
sin notarse su relincho en el aire.
El silencio dominaba el cuerpo
y la imagen del rocío, como siempre,
muriendo en cada instante.
Nosotros declarábamos que nuestra Vía Láctea
es al del amor.
¿No fue así la visión de Sócrates?
Dijo: “La nombré mi camino.
           He aquí el cuerpo amado.
cuyas esencias fueron esparcidas
y cuya luz he prendido
                                   en las melodías
                                                            de la luna”.