martes, 22 de enero de 2013

LEÍDO: "Conversaciones con alquimistas" de Jorge Riechmann




EL HECHICERO DE LA CUEVA DE CHAUVET

La mitad de un bisonte, la mitad de un hombre, la mitad de una mujer. Los tres pedazos buscándose, palpándose, abrazándose. Minotauro y cautiva. Maga hechizando a un cazador. Orfeo andrógino liberando al gran bóvido. Nunca las tres mitades formaron una unidad previa, no existió aquella autosuficiente supremacía que hubiera podido tapar con la huella de su pataza la de cualquier otro ser, y sin embargo la mano que hace treinta y cinco milenios trazó estas figuras conjuraba aquel imposible.

Este irregular útero de piedra caliza donde todas las formas nacidas de la oscuridad primordial sueñan, se entrelazan, copulan, es nuestro primer santuario. En el vaivén entre nuestra esencial incompletud y la transparente corola de la totalidad, en el secreto de esta gruta recóndita donde lo alto no se halla desconectado de lo bajo, puedo concebir una sílaba como un grano que pasara de una garganta a otra, de buche de pájaro a boca de oso a laringe de hombre, manteniendo intacto su poder de germinación.

La conexión con todo lo viviente y la fuerza de Eros son los recursos más valiosos, el hilo más seguro hacia el exterior del laberinto opaco por donde hoy erramos extraviados. Iluminado de repente por la lumbre de la antorcha, abrazado a esa enigmática mitad de mujer, el Minotauro de Chauvet nos recuerda lo que siempre supimos.

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