viernes, 11 de enero de 2013

LEÍDO: "Lazos de sangre" de Lola López Mondéjar

   Lola López Mondéjar ha publicado las novelas Una casa en La Habana, Yo nací con la bossa nova, Lenguas vivas, Mi amor desgraciado, el libro de relatos El pensamiento mudo de los peces y el ensayo El factor Munchausen.
   Antes de comentar algunos detalles de este libro, quiero advertir de la importancia que tiene el hecho de que una editorial como Páginas de espuma lo publique. Se ha extendido la tendencia a anular el criterio de una editorial sencillamente porque las editoriales industriales están viviendo desquiciadas por la conquista del formato e-reader, pero lo cierto es que las personas que amamos la literatura —y me consta que no somos cuatro frikis, como nos quieren hacer sentir algunos sectores sociales y mass media— nos fijamos siempre en la personalidad de cada editorial. En Páginas de espuma no publica cualquiera, Páginas de espuma tiene un filtro de calidad, en su equipo hay personas cuyo trabajo consiste, entre otras cosas, en decidir lo que van a enseñar en su catálogo para luego ir con la cabeza bien alta en cualquier ruedo cultural.
   Lola, por tanto, en términos religiosos, sectarios (en el buen sentido de la palabra, si es que lo tiene) o proféticos, es una elegida.
   Dicho esto, daré algunas pinceladas sobre Lazos de sangre.
   El título apunta directamente al concepto abierto de familia, cuyo fondo creativo es prácticamente infinito. La familia, como ha declarado Lola en alguna entrevista radiofónica, es «ambivalente», es un tejido cuyo material es el cariño y la cólera, trenzados de manera indisociable, una tela que es nuestra piel espiritual, de la cuna al ataúd.




   En una misma cama, ya se sabe, se acuestan seis amantes, no dos: los padres de ella, los padres de él y los dos amantes propiamente dichos. No me lo he inventado yo; es una idea del cineasta favorito de los psiquiatras: Woody Allen.
   Si atendemos ahora a la osamenta y la musculatura de este libro, estos relatos no cumplen las normas previsibles de taller con inicio que enganche y final que atropelle y nos deje boquiabiertos. No va por ahí la cosa. Salvo ese entretenido postre de textos breves de las últimas treinta páginas, ese colorista surtido de golosinas ingeniosas, la mayoría de las piezas que hallamos en Lazos de sangre son largas, rozando por momentos el calificativo de “novela corta”. Esta condición formal es propicia para que Lola consiga crear un “ambiente”. Antes de ayer escuché a Clara Sánchez hablando del por qué trabaja tanto para empezar a escribir una novela y decía que era para coger el tono, que una novela sin tono no vale nada. Pues eso: Lola tiene tono, y no en una novela, sino en un libro de relatos, que es muchísimo más difícil de lograr. Hemos de evaluar siempre eso cuando hablamos de una colección de cuentos. ¿Qué colecciones de cuentos realmente merecen la valoración máxima de los lectores exigentes? Colecciones como la de Tanta gente sola de Juan Bonilla, Cuentos de la selva de Horacio Quiroga, Cuentos de Eva Luna de Isabel Allende o Proyectos de pasado de Ana Blandiana, por poner un ejemplo entre cientos, son los que levantan la categoría de este género y la mantienen donde debe estar, en la primera división del juego narrativo. Si seguimos el símil deportivo, Lola sería para la narrativa contemporánea un fichaje caro, pero efectivo, una titular resolutiva que devuelve la ilusión al aficionado.
   Desde el decorado sensitivo de ‘Las invitadas’ hasta el interiorismo de ‘Una desolación’, los vaivenes del pasado de ‘Vicolo d’Orfeo’, la sorpresa constante y la incomunicación nórdica de ‘El hermano gemelo’, el final a lo Cormac McCarthy de ‘El huerto’, la evolución tragicómica de ‘La herencia’, la protesta cronológica y genérica en ‘Animales de compañía’ y el desorden afectivo de todos los personajes en el homónimo ‘Lazos de sangre’, este libro es un ramillete de narraciones millonario en insinuaciones, en guiños esenciales que se cruzan entre la gente corriente en una escenografía de la cotidianidad. Estos detalles son observados frecuentemente por la autora con un humorismo casi invisible, aunque valiente. No es nada fácil acuñar en una escena sórdida un latigazo cómico: la barba negra integrista de un abogado que anuncia la ruina económica de una familia, por ejemplo. Lola es experta en parir microcosmos extrañamente tiernos, dulcemente tensos.
   Me llama mucho la atención —y esto es una cuestión de gusto personal— que Lola no haga metáforas lingüísticas. Ella no practica una narrativa lírica, sino que su poesía reside en las acciones realizadas por sus criaturas de ficción: contratar a una persona para que te abrace, ocupar ilegalmente la casa de una íntima amiga, dejar hecha un vegetal a una esposa por tu hiperactividad de jubilado, organizar conciertos de flauta travesera imaginarios frente a un bebé... Cuentos con un fabuloso esquema y pulso. Cuentos amenos, pero profundos, porque ella, dice, desea «transformar al lector».
   Lola es una persona analítica (por su carácter, por su personalidad, por su dedicación profesional), pero no es una escritora analítica. Sabe perfectamente librar a la ficción de la densidad que comporta el pensamiento, de la obstrucción que supone lo teorético en las arterias de cualquier fabulación. En Lazos de sangre, si los personajes reflexionan, lo hacen con el barniz de lo intuitivo; digamos que ejercitan la autocrítica visceral.
   Uno entiende que en los relatos ‘Las invitadas’, ‘El huerto’ o ‘Animales de compañía’ lo que ha ocurrido, ocurre y tiene que ocurrir es irremediable. La luz y el fracaso de cada personaje solamente pueden suceder como Lola los cuenta. Las acciones, pues, se encadenan de manera rotundamente natural.
   Estos cuentos son modernos, cosmopolitas, poblados de personajes con una agitada vida interior que Lola nos va retratando como una escritora impresionista. Azorín empleaba este método para describir paisajes exteriores, pero Lola lo hace para punzarnos el alma con micro-dosis de descripción pasional, explorando pormenores, casi como una puntillista del sentir humano.
   A mí Lola me hace sentir un lector privilegiado, por brindarme su amistad y porque lleva una carrera literaria de lo más coherente. Ella, indiferente a la mediocridad, es auténtica siguiendo su camino, moldeando sus obsesiones artísticas, configurando su mundo y entregándose, creciendo y vaciándose en su obra.
   Harto ya de tanto relato predecible, tanta intriga pseudo-histórica, tanta intención best-sellerista, uno agradece la resistencia, la apuesta por una escritura en la trinchera de lo sensorial. Lazos de sangre nos reconcilia con esa literatura humana y real. Lo que hay de magia en sus textos no nos aleja de la realidad que dibuja. No leemos sus relatos dando por hecho que esa capa de fantasía nos evade. Todo lo contrario: los cuentos de Lola nos remueven, son revulsivos y, si uno quiere, purgantes.

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