sábado, 30 de marzo de 2013

LEÍDO: "El asesino hipocondríaco" de Juan Jacinto Muñoz Rengel

   Interesante y divertido.




   Hoy, Blaisten lleva un abrigo de pata de gallo de color marrón oscuro, y una aterciopelada bufanda naranja de punto trenzado. Ha entrado en la oficina de Correos caminando, como siempre, con diligencia, con una salud envidiable. Lo sigo a pocos metros, y entro también en la oficina. Hay mucha gente, y un vigilante próximo a la puerta que me mira con curiosidad, probablemente preguntándose cómo puedo estar vivo. Agarro el abrecartas en mi mano sin sacarlo del bolsillo, para sentirme más seguro. Sí, mucho mejor. La gente se reparte en distintas colas, y de pronto, prestando más atención a lo que veía mi ojo izquierdo que a lo observado con el derecho, he perdido a Blaisten.
Me acerco a una señora para preguntarle si ha visto a un hombre con una bufanda naranja, pero en el último momento cambio de opinión y me dirijo a un joven estudiante, de aspecto más sano.
—Perdone usted —le digo al joven—, ¿ha visto pasar a un señor con una bufanda naranja enrollada al cuello?
El joven me mira con recelo, turbado por mi pregunta y quizá por mi aspecto. Intento sonreír, pero no puedo. No poder sonreír es algo que, en muchas ocasiones, no facilita nada las labores complementarias a mi trabajo. Me esfuerzo entonces en arrancar de mis labios una sonrisa, mi mueca se torna cada vez más sobrecogedora, y el joven reacciona dándome la espalda y tratando de avanzar en su cola.
Vuelvo a probar con otra persona, un hombre grueso de mediana edad, con un mono de trabajo arremangado hasta la cintura y una camiseta que dice: «Jamás he tomado drogas ni lo volveré a hacer».
—Perdone usted, ¿ha visto pasar a un señor con una bufanda naranja enrollada al cuello? —le pregunto.
Esta vez creo que mi interlocutor me responde; sin embargo, en un nuevo revés del azar, en ese justo momento me he quedado dormido. Ha sido un microsueño de un segundo, dos segundos a lo sumo, uno de los efectos secundarios de los estragos de Ondina en mis noches, pero ha bastado para que no oiga la respuesta. Dudo si volverle a preguntar o hacer como que le he oído. Al fin, como no puedo sonreír, como también he sido privado de ese recurso tan eficaz para estas situaciones, resuelvo arriesgarme e insisto:
—Perdone, ¿cómo ha dicho? No le he oído.
El hombre baja una ceja y alza la otra, serio, algo que interpreto como un gesto de desconfianza —¿cómo puede pensar que alguien en mi estado tiene tiempo para andarse con bromas?—, abre la boca para decir algo, y me vuelvo a dormir.
Cuando abro los ojos, apenas un segundo después, ya no recuerdo si le he hecho o no la pregunta. No sé si he pensado hacerla, he soñado hacerla o, en efecto, la he hecho.
—Perdone, ¿cómo ha dicho? No le he oído —vuelvo a decir.
—Se va usted a la mierda —me dice el señor.

martes, 26 de marzo de 2013

LEÍDO: "Intento de escapada" de Miguel Ángel Hernández




   —¿Una locura? Pero… ¿qué es el arte? El arte es pura locura. ¿Por qué haría uno arte si no estuviese loco? Y… ¿asesinato? Podría ser. Pero ¿y si el asesinato fuera una de las bellas artes? ¿Es que no has leído a Thomas de Quincey? Además, no sería un asesinato, sino un sacrificio. Sí. Un sacrificio. ¿Qué vale esa vida comparada con el arte? ¿Cuántos esclavos tuvieron que morir para que hoy podamos disfrutar de las grandes obras del pasado? El arte está lleno de sacrificios. Todo lo que vemos colgado en los museos es sólo la punta del iceberg de algo mucho más terrible. No hay documento de cultura que no sea, a su vez, documento de barbarie —dijo remarcando la cita de Walter Benjamin, que yo rápidamente reconocí—, ¿no es cierto?

viernes, 22 de marzo de 2013

LEÍDO: "2020" de Javier Moreno




   La novela tiene, como es habitual en Javier, una riqueza literaria y una potencia de primer orden. Si nos olvidamos del riego que conlleva escribir un argumento profético, me quedo con su escritura magistral. Copio un ejemplo:


   Está sonando el silencio en el interior de mi cabeza, Hay imágenes circulando, colisionando las unas contra las otras, palabras que se traban en ausencia de sintaxis. Deja la cocaína, prueba el Vicodín, escucho. El sexo anal no es amor, escucho. Hay odio, hay furia dentro de mí. Puedo detectarlo. El autocastigo no sana. El terrorismo no es arte. La comunicación es amor. Todos somos víctimas. El amor es comunicación. Soy un guerrero. Un joven europeo educado y conservador. Un jubilado de treinta años. Alguien que carece de futuro. Quien se acusa, se excusa, escucho. No mires a las niñas, escucho. Quien se excusa, se acusa, escucho. La belleza es joven. Todos somos verdugos. Veo piezas de puzle, figuras que se oponen y que, lejos de encajar, hacen chirriar sus aristas. Si tu vida sexual está bien, lo demás no importa, escucho. Soy un templario. Soy un berserk, un guerrero a las órdenes de Odín, sediento de sangre. Las drogas me hacen sentir fuerte, eficaz, alerta. Evitan el dolor y la fatiga, dilatan las pupilas como las de un halcón que sobrevuela el terreno en busca de su presa. Haz lo que deseas, escucho. Desea lo inalcanzable, escucho. Sé seductor, escucho. Fairfield, Connecticut, leo en la funda de mi rifle Ruger. Fairfield es un nombre que huele a limpio, un nombre que huele a dignidad y a leche fresca. A carmín sobre labios de muchachas adolescentes. Debo llegar a los ciento treinta kilos. Testosterona, escucho. Esteroides, escucho. Nembutal, escucho. Me cohíben los gritos de placer de una mujer que llega al orgasmo. Es como estar ante una actriz que sobreactúa. Hacen que mi placer se reduzca al cosquilleo de un breve estornudo. Hacen que todo se convierta en una representación de teatro en la que yo estoy sentado del lado del público. Revienta, escucho. Reviéntalos, escucho.

miércoles, 20 de marzo de 2013

LEÍDO: "Estación Sur" de José Antonio Santano

   Se ha convertido en un disparador de dardos más efectivo que cuando yo le conocí en Almería. Lo que había leído de él anteriormente era algo confuso, no parecía terminar de estar cuajado. En este libro quizá se anuncie a un Santano pausado y meditativo que podrá hacer crecer su, hasta ahora, acelerada e irregular obra.



martes, 12 de marzo de 2013

lunes, 11 de marzo de 2013

LEÍDO: "Los viajes sin fin" de Juan Luis Panero




¿quién hubiera pensado entonces
que, entre humo de pólvora y cristales rotos
—sangre y alcohol—
unas palabras perdurarían,
hasta llegar, misterioso lenguaje, a este papel en blanco?

sábado, 9 de marzo de 2013

LEÍDO: "Cobijo contra la tormenta" de Benjamín Prado

   Sólo he leído anteriormente Raro y no me disgustó, aunque tampoco me entusiasmó, para qué vamos a engañarnos. Es la primera vez que entro en su poesía, consciente de que la he leído muchos años después de su aparición, cuando aún no era un personaje literario tan mediático. No sé. Más que la fachada, me gusta ver cómo son las habitaciones de un libro e inevitablemente de su autor. Creo que Benjamín Prado no cumple el perfil del escritor por el que me interese tocar el timbre de su palacio.



miércoles, 6 de marzo de 2013

LEÍDO: "Calor" de Manuel Vilas




Cuando tenga setenta años,
ábreme en canal
y tira mi corazón a los perros.
Y tú come con ellos,
pelea con ellos para que te dejen morder,
muérdelo como tú sabes,
perra,
mi corazón.

Te quiero.

martes, 5 de marzo de 2013

LEÍDO: "Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible" de John Berger

   Mixtura de severidad y clarividencia, que se deja leer con conmoción. Encuentro en esta pequeña teoría pensamientos verdaderamente notables sobre el porqué de la pintura aquí y ahora.



domingo, 3 de marzo de 2013

LEÍDO: "A las órdenes del viento" de Raquel Lanseros

   No me cuento entre los lectores de poesía a los que gustan las antologías. Reconozco que es una manía, un capricho superficial de lector, pero, por lo general, pienso negativamente ante las antologías. Mi deseo, como ávido y profundo lector, si quisiera tener una visión verdadera de cualquier autor interesante, sería leer la obra completa de dicho autor.
   Durante mi juventud universitaria mantuve esta postura y la defendí en cualquier mesa de café frente a los lectores pro-antologías, pero el tiempo le ha dado la razón a mis antiguos contertulios. No existe tiempo vital para poder leer todo lo que a uno le gustaría. Para eso, entre otras razones, se inventaron las antologías individuales. Esta de Lanseros, a pesar de contar con una juventud física y creativa patente, es muy práctica para obtener una visión panorámica de una poeta que no se ha descubierto. El regusto que queda al leerla es tan placentero que dan ganas de buscar en esos libros originales —Leyendas del promontorio, Diario de un destello, Los ojos de la niebla y Croniria— y de meterla en la lista de “Escritores que voy a seguir a partir de ahora”.
   Siempre que voy a comprar una antología poética, lo primero que miro es su título y la calidad de su papel, diseño y otros elementos propios de un bibliófilo. La calidad de ediciones Valparaíso está demostrada: tiene buen tacto, es suave, manejable, tiene una portada sugerente, con un primer plano cortado del rostro de Raquel. El título de A las órdenes del viento me parece magnífico, certero, resume adecuadamente la actitud que raquel ha decidido públicamente adoptar ante la vida, ante la literatura como lectora y ante los que recibimos su creación poética, su verdad. Cuando el mundo no puede ser explicado razonablemente, entonces los sueños comienzan a formar parte de la vida profunda y misteriosa, los sueños nos hacen penetrar en una nueva dimensión. Ese pensamiento, que no es más que el origen teórico de los creadores románticos, lo hallamos en Lanseros. Pero ella, evidentemente, no es visionaria como un Novalis o un Chateubriand. A ella, simplemente, no le da miedo la incertidumbre y le ha plantado cara, se bate a diario con ella desde sus poemas.




   En A las órdenes del viento los recuerdos reales o imaginados de Raquel adquieren categoría simbólica. Nos habla de sus antepasados, de personajes históricos, nos da un paseo de referencias literarias múltiples que van desde Benedetti a Antonio Machado, cruzándonos a Espronceda, Milan Kundera, Bécquer, Idea Vilariño, Dante Alighieri, Maiakowski, Prosper Merimée, un blues de Robert Johnson, Walt Whitman, Seamus Heaney, García Lorca, los Rolling Stones, etc. El pop para ella ya no es una influencia, es una educación natural de su generación, de nuestra generación.
   Nos habla, en fin y sobre todo, del amor, más allá de la voluntad.
   Hay que felicitar a Paula Bozalongo por su selección. Resulta difícil, cuando no imposible, encontrar algún poema que no conlleve una sorpresa estética, un latigazo moral o una imagen preciosa tallada con el lenguaje esmerado de quien se maneja con los mejores instrumentos: la ciencia de la experiencia. Sabiduría de oficio, resumiendo.
   Conocí a Raquel Lanseros virtual e indirectamente por primera vez en 2005. Dirijo una revista literaria cuyo objetivo primordial es provocar magnetismo de talentos y, con los años, uno tiene ya sus “ojeadores” informativos —por usar un símil deportivo—. Así que en el tiempo en que yo vivía en Andalucía, uno de mis ojeadores principales me dijo: «Hay una chica que vive en Murcia que escribe muy bien. Hay que ficharla para El coloquio de los perros». Dicho y hecho. Raquel forma parte del elenco “coloquial” desde el número 14.
   Esta jerezana, que convivió entre los murcianos durante unos años de estancia docente en mi región, prefiere el dardo en el centro de la diana estética a la innecesaria filigrana retórica.

viernes, 1 de marzo de 2013

LEÍDO: "Intemperie" de Jesús Carrasco




   Aunque por momentos resulte árida, dura, como la historia que cuenta y las geografías (física y humana) que describe, también está magníficamente escrita. He podido llegar a oler las sudorosas cortezas de queso que prepara el personaje del viejo.
   Pero mi sensación con Intemperie es extraña. La pude leer porque me la prestaron recién publicada para que la evaluara como miembro del grupo promotor del Premio Mandarache. Tuve sensaciones encontradas: me regocijé con el derroche descriptivo y el ritmo trepidante de western de quiosco; la descarté para el Premio Mandarache pensando que un chaval de dieciséis años la abandonaría antes de llegar a la mitad, que es cuando empieza la parte adictiva de la obra, pero también me pasó que esta publicación traía consigo unas expectativas mediáticas que la vendían como la novela definitivamente más cool del panorama narrativo español, y ahí me sentí defraudado. No es la octava maravilla, no es lo último, es una buena novela, nada más y nada menos.