jueves, 30 de mayo de 2013

LEÍDO: "Trampa 22" de Joseph Heller

   Es una obra portentosa. Me alegro de haber podido dar con ella al fin.

   —A eso me refiero —replicó el doctor Danika—. El mundo se mueve si lo engrasas bien. Una mano lava a la otra. ¿Entiendes lo que quiero decir? Tú me rascas a mí la espalda y yo te la rasco a ti.
   Yossarian entendía lo que quería decir el doctor Danika.    
   —No, no era eso lo que quería decir —añadió el doctor Danika cuando Yossarian empezó a rascarle la espalda—. Me refiero a colaborar, a los favores. Tú me haces un favor a mí y yo otro a ti. ¿Comprendes? 
   —Hazme un favor —le pidió Yossarian.   
   —Es imposible —replicó el doctor Danika.
   Un halo de insignificancia y temor envolvía al doctor Danika cuando se sentaba con expresión de desaliento a la entrada de su tienda —y lo hacía siempre que podía—, con pantalones de verano caquis y una camisa de manga corta que había adquirido un antiséptico color gris gracias al lavado diario al que la sometía. Parecía como si se hubiera quedado helado por un susto y no se hubiera derretido aún por completo. Se sentaba encogido, con la cabeza hundida entre los endebles hombros, y las manos bronceadas de uñas de un luminoso plateado acariciaban los brazos desnudos, doblados, suavemente, como si tuviera frío. En realidad, se trataba de un hombre muy cálido y compasivo que nunca dejaba de auto compadecerse.
   «¿Por qué yo?», se lamentaba continuamente, y era una buena pregunta.




   Yossarian sabía que era buena porque coleccionaba buenas preguntas y las había empleado para interrumpir las sesiones educativas que antes presidía Clevinger dos noches a la semana en la tienda del capitán Black junto con el cabo de las gafas, del que todo el mundo sabía que seguramente era un agente subversivo. El capitán Black sabía que era un agente subversivo porque llevaba gafas y empleaba palabras como «panacea» y «utopía» y porque censuraba a Adolf Hitler, que también había sabido combatir las actividades antinorteamericanas en Alemania. Yossarian asistía a las sesiones educativas para averiguar por qué había tanta gente haciendo grandes esfuerzos para matarlo. El tema también interesaba a un puñado de soldados, y se planteaban muchas y muy buenas preguntas cuando Clevinger y el cabo subversivo terminaban y cometían el error de decir que si alguien quería preguntar algo.

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