sábado, 28 de marzo de 2015

LEÍDO: “Partidarios de la felicidad” de Carme Riera





   Por esa época, a mitad de bachillerato, comencé a frecuentar los prostíbulos. […] Eran los burdeles baratos, tal vez por viejos, los de personalidad más rica, los más admirables. En los de la calle Robadors, pongo por caso, contiguos y frecuentadísimos, se entraba por unos vestibulillos, decorados con sugestivas pinturas de inspiración pompeyana y factura de alumno de Bellas Artes, y separados del «salón» por dos batientes de mimbre copiados de las pulperías del Oeste. […] Los habituales eran, sobre todo, gente madura con aire de derrotados. Las mujeres distinguían muy bien entre cínicos o viciosos «floreros» y posibles clientes y salían al encuentro de éstos, los envolvían en sus sudorosos harapos y se les sentaban encima. Daban su teta a sobar sólo cuando se olían chapa. Parecía haber mucha competencia. […] Eran jienenses, sobre todo, las putas nuevas, las jóvenes y las menos viejas. […] Las andaluzas daban un alto porcentaje de muchachas esbeltas, de tonos tierra y azules, que descollaban en aquellos garajes de fornicación y decoraban los portales y las aceras nocturnas. […] Algunos años más tarde, cuando frecuenté los prostíbulos en calidad de consumidor, cultivé una marcada preferencia por las putas a lo Romero de Torres.

CARLOS BARRAL

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