domingo, 4 de septiembre de 2016

LEÍDO: "Las diosas blancas" [Ramón Buenaventura]

   Por circunstancias que ni recuerdo, lo había hojeado varias veces, pero no le había hincado el diente hasta este verano, animado, quizás, por las diferentes antologías con nombre de mujer que están saliendo en 2016 desde diferentes editoriales.
   Las diosas blancas ha sido citado y estudiado hasta la saciedad, es un “clásico antológico” de la poesía escrita por mujeres jóvenes españolas ya en democracia, de modo que no añadiré nada novedoso. Me apetece, eso sí, comentar tres cosas:

   1ª) Cuando sale una antología, no suelo prestar demasiada atención a los prólogos o comentarios críticos de la persona que selecciona. A veces, incluso ni los leo, prefiero ir directamente a comprobar la apariencia y calidad de los poetas seleccionados. Esta vez me ha ocurrido lo contrario. Casi estaba deseando que llegara la presentación de la próxima poeta, en vez de sus poemas. Creo que no me había pasado nunca. ¿Por qué? Muy sencillo: la informalidad burlona, la osadía inteligente y el tono libérrimo de Ramón Buenaventura consiguen quitarle muchísimo hierro al asunto filológico/crítico/socio-político que acarrea exponer tu criterio en ciertas plazas.

   2ª) Me han despertado curiosidad Rosa Ángeles Fernández, Teresa Rosenvinge y Andrea Luca. He comprobado de qué manera han crecido Amalia Iglesias, Almudena Guzmán o Luisa Castro. El erotismo de Menchu Gutiérrez me parece mucho más perdurable que el previsible de Lola Velasco, Mercedes Escolano o el burlesco-clásico-cañí de Ana Rosseti, aunque reconozca su ingenio. Ya estaba al tanto de la valía de Angelines Maeso, la potencia de Isla Correyero y la complejidad sobrevalorada de Blanca Andreu. Salvo brillos fugaces, no termino de ver cuajar a Edita Piñán, Lola Salinas o Rosalía Vallejo, y me ha aburrido o decepcionado la irregularidad de Amparo Amorós, Margarita Arroyo, Isabel Roselló, Mª del Carmen Pallarés y María Luz Escuín.




   3ª) Lo que más me interesa —diría incluso que es lo único que me interesa— de una antología es encontrar, como mínimo, un texto desconocido que me noquee, me deslumbre y seguidamente me haga preguntarme: ¿quién leches será esta autora que ni conozco y que me ha dejado a cuadros? Bueno, pues en el caso de Las diosas blancas ha sido muy fácil: la gallega Pilar Cibreiro con este poema:

         NADA ES COMPARABLE al esfuerzo de ir aprendiendo todos los oficios y no saber, no conocer siquiera el paradero de las estrellas perdidas en el sueño.
         No hablo del rapto, de su aprendizaje juvenil y arriesgado, ni del oficio de los nadadores, del diálogo que mantienen con los peces que les brillan en la cintura.
         Hablo del oficio de la duda, el más duro, el que una vez aprendido nos deja la casa empolvada y los libros carcomidos de tal forma que un amigo puede sorprendernos en cualquier avenida sonriendo malévolamente frente a los escaparates, entre el gentío o en un autobús que no lleva a ninguna parte.
         Hablo también del oficio de la libertad, oficio cuya maestría no se alcanza a pesar de los torpes ensayos ejecutados ilusoriamente pensando en las migraciones de las aves o en los juegos del corzo. Su dominio es el dominio imposible de los vientos alisios o de las rutas del desierto, pero basta con desearlo, dicen.
         El oficio del amor nos reclama con urgencia de jinete sediento, es el más necesario para no perecer de espanto, para merecer la vida y caminar ligero con los ojos limpios, distinguiendo una manos de otras, un rostro de otro, un beso de otro beso y para seguir admirando las vueltas del palomo enamorado, su paciencia blanca y suave de bailarín en celo.
         El oficio de la belleza es inútil e imprescindible. Está dedicado a una diosa fría, el adiestramiento es cruel y lo aprenden gentes que no sirven para otra cosa, ni para coperos o escanciadores de otros dioses ni para esclavos solícitos en amplias cámaras orientales de lujo indecible, aposentos de una emperatriz cuyo reino no existe. Aún así es tentador como ninguno.
         Requiere paciencia el oficio del tedio, una costumbre de tardes que caen lentísimas y nos manchan los párpados de ceniza mientras sostenemos el periódico entre las manos, la prosa de todos los días.
         El de la pobreza es arduo y digno, hay que aprender lo despreciado, incorporar la elegancia de los santos antiguos, su ironía enmascarada y bonachona de hambre sin remedio.
         Es estremecedor el oficio del fugitivo, del que quiere huir hacia una ocupación distinta ignorando las fábricas humeantes en el horizonte de las ciudades, desconociendo tanto sudor malgastado, tantos brazos exhaustos, tantos relojes sonando a la misma hora, tantas rutas de barcos cara a un mismo puerto herrumbroso y maloliente, tanta amenaza de muerte total anunciada a todas horas, tanta desesperación, tanta fealdad, tanta miseria.
         La destreza de este aprendiz consiste en el olvido: olvidar el tráfago exasperante y negro de cada amanecer, el exterminio de los árboles, la extinción de los gorriones, la destrucción del hombre por el hombre, su incomprensible suicidio de animal estúpidamente acorralado.
Hay oficios amables como el del orfebre anclado en su iluminada soledad o el del campanero dueño de las torres más sonoras, vigía de los tejados.
         Oficio peligroso es el de augur que predice en un tiempo de sangre y lleva la cuenta de los muertos innumerables y de todos sus huesos esparcidos.
         Hay oficios siniestros, son los más comunes y prefiero no nombrarlos. Y los hay delicados, tanto que requieren tacto y sabiduría, el de las madres y el del labrador, por ejemplo, tan cerca de todo lo que crece.
         El de poeta es un oficio de locos, ya se sabe, pero hubo un tiempo en que se consideró sagrado.
         El oficio de la bondad es sin duda el más difícil, el de más justa e inteligente hermosura.
         El oficio del sol, el de la lluvia, el del viento alborotando los árboles, el del fuego, son oficios de dioses destronados.
       La vida es con frecuencia atroz, conviene aprender todos los oficios.

sábado, 3 de septiembre de 2016

LEÍDO: “Escuchar Irán” de Patricia Almarcegui

   Nadie mejor que la autora para explicar el origen de este libro y su intención:

   Siete semanas sola en Irán en el año 2005. Después he vuelto en dos ocasiones y he residido en Shiraz. En cada viaje, los iraníes me han mostrado y me han hablado de un país diferente. […] Escuchar Irán son mis impresiones, como se habría dicho en el siglo XIX, y mis crónicas, como se dice ahora.
        
   E impresiona cómo narra su temblor antes del despegue y del aterrizaje, el símbolo omnipresente del chador, lo coyuntural de la victoria aplastante de Ahmadineyad en las urnas, las consecuencias de la peculiar industria automovilística y cinematográfica iraní, los resultados poliédricos cuando conversa con los iraníes que opinan de su propio país y de España, la experiencia estremecedora en Shiraz frente a la tumba del poeta Saadi, las sugerentes anotaciones en Persépolis, Kermán, Bam, Yazd, Isfahan, Kashan, Narug, Mashad, la atrayente imposibilidad de visitar ciudades como Qom o Nishapur —donde se halla la tumba del extraordinario Omar Jayam; ha sido incómodo “perdonarle” a la autora que no le guste su poesía— y las ricas anécdotas con anfitriones, taxistas, guías, estudiantes y cada uno de sus compañeros de viaje, aunque los momentos más reveladores hayan sido cuando explora su soledad, su extranjería, no sólo territorial.


   A riesgo de equivocarme, me parece que Almarcegui no pretende sacar conclusión ética alguna de sus percepciones y sobresaltos en el Irán de 2005, pero sí se esfuerza en soltar migas visuales, detalles evocadores para que sea el lector quien los digiera y asimile a su antojo. Este punto de vista está muy conseguido. Comparto y admiro esa actitud literaria y viajera. Vital, al fin y al cabo.

LEÍDO: “El espacio interior. Manuel Altolaguirre 1905-1959”

   El Centro Andaluz de las Letras tendrá voces críticas entre los escritores y lectores autóctonos, sí, pero los que vivimos fuera de Andalucía, en regiones en las que los poetas no producimos ya ni siquiera compasión, contemplamos con envidia su funcionamiento institucional, cómo fluye su programación provincial por centros culturales públicos y cómo, sin entrar en detalles, cuida el género poético, hecho más meritorio aún en tiempos de crisis.
   Si subrayo esto ahora, en crisis —que no ha acabado ni de broma, por mucho que se empeñe la propaganda económico-política—, imaginémonos lo que podía hacer el CAL en plena época de bonanza.


   En 2005, por el centenario del nacimiento del poeta, impresor, dramaturgo y cineasta —que no se olvide esta última faceta— malagueño, la Junta de Andalucía ofreció una exposición itinerante con el título homónimo de la obra de teatro que Altolaguirre dejó inacabada en 1958. James Valender la comisarió y editó entonces un libro-catálogo grueso y exquisito que se aprecia como un documental en papel de factura impecable. Si algún “altolaguirreano” estuviese interesado, se puede comprar por internet.
   La mala fortuna quiso que un accidente de coche en Burgos le arrancara de nuestro mundo a él y a la cubana Mª Luisa Gómez Mena, su segunda esposa, que tan importante fue para su producción literaria a partir del exilio.
   Copio un poema suyo. Adecuándome al título, maldigo el golpe de estado y la guerra civil que convirtieron en leyenda a su irrepetible generación.


MALDAD

El silencio eres tú.
Pleno como lo oscuro,
incalculable
como una gran llanura
desierta, desolada,
sin palmeras de música,
sin flores, sin palabras.
Para mi oído atento
eres noche profunda
sin auroras posibles.
No oiré la luz del día,
porque tu orgullo terco,
rubio y alto, lo impide.
El silencio eres tú:
cuerpo de piedra.

sábado, 27 de agosto de 2016

LEÍDO: "Estética a golpe de like" de Fernando Castro Flórez

   El título encaja a la perfección con el formato en el que se anuncia, solo que al ser un libro y no el muro de Facebook del autor, en lugar de levantar el dedo índice para darle like al final de cada capítulo, he reaccionado de una forma más corporal: asintiendo varias veces con la cabeza, esbozando una sonrisa de acuerdo intelectual escritor-lector o pronunciando en voz baja para mí mismo “¡claro, este tipo lleva toda la razón!”.




   Fernando Castro Flórez es un analista todo-terreno que te conduce con la velocidad y el zigzagueo del Dragon Khan hacia espacios de una contemporaneidad fresquísima —la exploración del llanto televisivo del youtuber El Rubius ante Risto Mejide no tiene precio— con desvíos locos, canalizaciones libertinas y vericuetos freakies e hipstéricos de lo más llamativos. Cuando menos te lo esperas, pueden aparecer Foucault y Lacan saludando a un teletubbie en un happening, Marina Abramović haciéndose un arriesgado selfie con Baudrillard en el puente de Brooklyn o Chomsky bailando con Bataille el temazo “Escándalo” de Raphael en un McMuseo.
   Termina el viaje y te dices que el ticket que has comprado no era nada caro para las muchas curvas, turbulencias y subidones que te ha ofrecido.
   Más filósofos españoles como éste, por favor.

viernes, 26 de agosto de 2016

LEÍDO: "Por un país desconocido" de Rubén Castillo

   Rubén Castillo es un narrador macizo con una trayectoria de lo más coherente. Hasta donde yo sé, no se le conocía ninguna publicación poética anterior. Según él, tampoco la conoceremos posterior. Le pregunté al mismo Rubén por este cambio de género y me contestó que no tenía ninguna intención de continuar el camino del verso, que Por un país desconocido sería considerada, con el paso del tiempo, una rareza genérica en su recorrido literario.




   De cualquier manera, una gratísima noticia es este “capricho” poético. Eso sí, como no me precio de traidor, debo avisar a lectores incautos que quieran probarlo pensando que van a encontrarse un libro colorido y saltarín: tengan cuidado, se trata de un espejo peligroso, con el vampiro de Cernuda erizándote el alma y empapándola después de un pegamento llamado infinita tristeza. Aquí la cosa va muy en serio. En suelo, paredes y techo de esta casa no hay ni una grieta de júbilo.


24

Nadie puede comprender.
Nadie puede comprendernos.
Nos morimos
con ese dolor.


   El autor comentó en el MUBAM (Museo de Bellas Artes de Murcia), durante la presentación del libro, que hace dos años él había muerto y su gente, incluida la más próxima, no se había enterado, que ese era el origen de la escritura de Por un país desconocido. Y eso es lo que parece: poemas escritos desde la muerte.


23

Ser el hombre más dulce y más atento,
besar a tu esposa con los ojos cerrados,
acariciar el pelo de tus hijos,
sonreír en el trabajo, ser amable
con la cajera del supermercado,
disculpar benevolente las flaquezas
de quienes te circundan, preguntarte
—por la noche—
de dónde has sacado fuerzas para acometer
tanta superchería.

viernes, 19 de agosto de 2016

LEÍDO: “Perder ciudades” de Hilario J. Rodríguez

   Con algún excurso a Irlanda, a Noruega y a la Guerra Civil española —tema que podríamos considerar ya un país—, un adulto, enfermo de mitomanía literaria, decide emprender un viaje acompañado de su descreída y anciana madre por Rusia, con la inevitable plaga de anécdotas tragicómicas que brotan entre las alcobas, las cocinas, los escritorios y las obras de Chéjov, Diego Rivera, Tólstoi, Berdiaev, Kapuściński, Andréi Biely, Lérmontov, Dostoievski, Nabokov, Pushkin... El otro viaje a Gambia y Senegal, aunque se produce en un contexto humano, político y ficticio muy distinto al de tierras eslavas, se narra con el mismo registro. Hilario J. Rodríguez sale más que airoso en el relato de ambas experiencias.




   Me parece un acierto esa línea de libros breves a caballo entre el diario antiheroico, las memorias de viaje y el anecdotario agridulce —por momentos dramático— con la que está levantando el vuelo la editorial Newcastle. Larga vida.

LEÍDO: “Una espina en la carne” de Lola López Mondéjar

   El subtítulo de este libro, “Psicoanálisis y creatividad”, me atrajo, pero lo que me convenció para comprarlo fue que hay un largo capítulo dedicado al estudio psicoanalítico de la narradora brasileña Clarice Lispector y otro de la misma longitud que trata las novelas de la caribeña Jean Rhys —para mí desconocida; ahora deseo leer su Ancho mar de los Sargazos o su autobiografía Una sonrisa, por favor—. Ese fue mi anzuelo. Después, a gastar lápiz desde la primera página, ya que si algo destaca en Una espina en la carne es la capacidad de la autora para convocar citas y ejemplificar con maestría y precisión el desarrollo de sus argumentos.




   Aunque hay ciertas páginas de disertación alambicada, como cuando se le saca jugo a Lacan o a Foucault, ha sido de mucho interés conocer, reforzar y profundizar conceptos como el complejo de Adán de los escritores, el de la madre muerta, el factor Munchausen, la neogénesis, el homo sacer, la función autor, su intimidad, lo traumático en Beckett o Canetti, el abismo donde escarba para sus cuadros el artista Ángel Haro, el exhibicionismo en casos como el de Anaïs Nin o Angélica Liddell, el sufrimiento de Joan Didion, Franca Rame, Balzac o Alice Munro, la identidad en José Donoso o la delgada línea entre la necesidad de la apreciación social y el narcisismo poniendo sobre la mesa las problemáticas de David Foster Wallace y John Kennedy Toole.
   Mi capítulo favorito es el último, titulado “La escritura calva”, el más ficticio y, paradójicamente, el más testimonial, toda una poética sobre el frío ensueño de la desnudez como última vía de la escritura a partir de un diagnóstico de cáncer narrado en tercera persona. Copio un fragmento:

   A medida que se acostumbró a verse así —tan desnuda que no permitió que nadie la viese sin su peluca, como si su cráneo blanco mostrase algo íntimo y secreto que era preciso ocultar—, llegó hasta a encontrarse hermosa. […] Pensó en las monjas y en las mujeres árabes. Pensó en la aversión del primer catolicismo hacia el cabello abundante de las mujeres, identificado como símbolo de exuberancia vital y sexual.
   El cráneo a la intemperie, lejos de mostrar la vulnerabilidad esperada, se le antojaba lleno de fuerza. Concluyó que es a los hombres a quienes no les gustan las mujeres calvas. Quizás no las vean femeninas, quizás su idea de la feminidad se emparenta con lo absolutamente distinto a ellos, y una mujer calva sea una mujer hombruna, con un cráneo tan despojado como el de la mayoría de los varones.
   […]
   El pelo largo se le antojaba un disfraz, una mentira. En realidad, pensó que nadie sabía quién era ella porque nadie la había visto sin pelo. Ésa era la verdad. Así de simple. Su yo más íntimo estaba ahí, bajo la mano que sigue acariciando su cráneo casi desnudo, disfrutando de esa sensación extraña de rozarlo tan cerca de su cerebro. Ella, más que su pelo largo, se dice, es su cerebro, y este se encuentra debajo de su mano, cubierto por ese escaso centímetro y medio de cabello y de huesos. Ahí está su identidad. Pero nadie la conoce.
   […]
   Escribir calva. Escribir desnuda.
   Decir, el mundo está ahí afuera y me es ajeno. Aunque amo.

lunes, 15 de agosto de 2016

LEÍDO: “Desde el mar a la estepa” [Chamán Ediciones]

   Paladear una antología en la que no aparece nadie o casi nadie con el que esté implicado sentimentalmente es bien distinto a hacerlo con una antología en la que he sido seleccionado y en la que hay tantísimos lazos de amistad, complicidad, vivencias y batallas libradas entre aulas, campus, cafeterías, cónclaves o pisos de estudiante. Así me comentó el editor Pedro Gascón que, junto a Ana Toboso, quería concebir este libro: como una antología territorial (provincia de Albacete y región de Murcia) desde la confluencia emocional.
   La puerta de entrada es un prólogo breve de Dionisia García. La maestra no se anda con rodeos: Albacete, Murcia y Cartagena son sus tres pequeñas “patrias”. Era la escritora más adecuada para anunciar el primer paso editorial de Chamán y la que mejor conoce el recorrido inspirador que cruza la llanura albaceteña hasta el puerto cartagenero.




   Es fácil perderse en el anonimato de lo global, por eso creo que este fruto, si viene de una familia con nombres, apellidos y sobre todo títulos, hay que citarlos, aunque sólo me ciña a la familia en su concepto nuclear, sin incluir primos o sobrinos que la engrandecen y mejoran. Las principales agitadoras fueron y son, obviamente, las revistas. No hay ni un solo autor de esta antología que no haya colaborado en alguna de ellas directa o indirectamente. Dentro de este sureste y desde él se han fraguado fanzines y revistas literarias como Thader, Barcarola, El coloquio de los perros, Amalgama, La galera, Hache, Carpe diem, La casa subterránea, Isla desnuda y La galla ciencia, aplaudidas desde el Aula de Poesía de la UMU —coordinada por Isabelle García Molina— y desde el Festival Fractal de Albacete, entre otras plataformas con más o menos repercusión y longevidad: programas de radio, editoriales, encuentros institucionales o espontáneos, asociaciones... Por cierto, Fractal acaba de morir hace unos días, pero no pensamos soltar ni una lágrima, no le daremos ese gusto al poder anti-cultural. Seguiremos organizándonos de una manera u otra. Sabemos que hay una máquina en la poesía que ni el más sanguinario de los tiranos podría parar.
   Nada más abrir Desde el mar a la estepa, la vanidad me hizo buscar las páginas donde aparezco. «Qué absurdo», pensé, «si ya conoces de memoria lo que va a salir de ti». Sentí, no obstante, ese orgullo silencioso de leer un poema propio que anunciaba una elección ética que, por ahora, no ha mermado. Ese texto se titula, precisamente, ‘La literatura’:


LA LITERATURA

Somos las flores en la papelera. Somos el futuro. Tu futuro.

Sex Pistols

Primero fueron esos profesores
tomando por testigo a Juan Ramón.
Nos dijeron: «La rosa
no puede vivir en ningún papel».
Luego apareció el crítico, ordenando:
«¡Analizad la rosa!».
Por último, llegó Malcolm McLaren
y gritó a sus soldados:
«¡Arranquemos las rosas!
¡Matad al jardinero!»
Lo dejaron claro y me fui con ellos.


   Tras leer el libro entero, emito algún quejido y lamento alguna ausencia. Lógico. No existe antología que no la tenga. Me quedo con el reencuentro con algunos poemazos de viejos amigos y la revelación de otros que desconocía, sobre todo por la parte esteparia, que es la que menos he tratado.
   Me encantaría hacerlo, pero no procede poner ejemplos de algunas filigranas rescatadas o descubiertas. Quien esté interesado, que compre y lea. Alimento espiritual de este tipo cuesta muy pocos euros, aunque nos quieran convencer de lo contrario.

viernes, 5 de agosto de 2016

LEÍDO: “Correr” de Jean Echenoz

   La primera persona que me habló de Jean Echenoz fue mi amigo Alfonso García-Villalba, en 2004. Me recomendó especialmente Me voy. En esos tiempos andaba yo revisando en la cabeza a Rilke, a Ajmátova y a Gide, de modo que la apunté en la carpeta de “recomendaciones enérgicas de amigos con criterio”. Sin embargo, han pasado doce años de aquella conversación en el puerto de Cartagena y ahí tengo el título, todavía pendiente, con sus páginas vírgenes a mis ojos. Correr, publicada en España en 2010, cayó en mis manos de casualidad ayer, es lo primero que he leído de Echenoz y no tengo ni idea del nivel de su anterior obra, si con Correr bajó el listón, si se repitió, si depuró su estilo o si se arriesgó hacia otra estética narrativa. Debo reconocer que esa libertad de lo fortuito, precisamente, es la que más me satisface cuando me apunto a una tómbola lectora.




   Correr me ha dado unas horas agradables, como espero de una novela escogida especialmente para terraza, playa o sofá veraniego. Echenoz experimenta escribiendo la biografía del atleta checo Emil Zátopek a modo de guión de documental de tres cuartos de hora en Canal Historia.
   He acertado en la elección, ya que Echenoz narra, no reflexiona. Eso lo deja para que cuando levantes la vista del libro se te quede el regusto ligero, irónico y amargo de “vaya tela con los nazis en Praga, vaya tela con el dominio soviético, vaya tela con el poder y el terror, y vaya tela con los héroes humillados como Zátopek”.
   Pocos corrían de forma tan rara como este hombre-locomotora. No sé si muchos podrían escribir una novela sobre Zátopek emulando una carrera suya.
   Probablemente Correr no sea la mejor obra de Echenoz, pero, qué leches, tampoco el Rubber Soul es el mejor disco de The Beatles. Me explico, ¿no?

jueves, 4 de agosto de 2016

LEÍDO: “Las hojas enfermas” de Ramón Crespo

   De Ramón Crespo lo he leído todo excepto el poemario anterior a éste, Días de perro, que ganó el premio Vicente Núñez. Las hojas enfermas también viene con una medalla de considerable grosor: el generoso premio Kutxa Ciudad de Irún.




   Compruebo en seguida que Crespo, educado territorialmente entre los paisajes y las culturas gallega, catalana y andaluza, mantiene una coherencia estética con la naturaleza, tan presente en su palabra. Pero lo vegetal tiene querencia por lo caduco y la naturaleza no es sin la mirada humana. Y ahí empieza el problema: lo humano implica ya una cantidad tan alta de excremento moral en forma de mentira, injusticia y enfrentamiento que el poeta no puede escalar esa asquerosa montaña. ¿Qué debe hacer, entonces?, ¿huir?, ¿resignarse?, ¿bajar la cabeza?, ¿refugiarse en un dorado conformismo artístico?
   La respuesta, creo, es que no hay respuesta. Debemos escribir para atrapar, sarcásticamente, esa certidumbre del caos entre lo escrito.
   Ya en el primer poema aparecen unos pájaros, la lluvia, el aire y unas hojas, solo que están muertas. Y hay un cuerpo, unos ojos, un crimen y un amor. Las hojas enfermas no es un canto alegre, pero tampoco es un camino único hacia el abismo de la depresión. Es, más bien, un canto dolorido, a modo de aviso. En esa manifestación, que alerta de nuestro avanzado estado agónico, hay versos en pie con pancartas que exhiben significados únicos, tan explosivos como cuando se concibieron: amor, bondad, justicia, orden, calma, luz.
   El banquete del tiempo no va tener fin, así que habrá que caminar hacia esa gracia espiritual primitiva para que la sociedad pueda seguir siendo manjar abundante y nuestra energía pueda ser del más bajo consumo posible.
   Un giro individual y colectivo costosísimo, casi improbable. De ahí que Ramón Crespo escriba poemas como éste:


AL CABO

Haber comprendido algo, ni siquiera lo más importante:
la visita del sueño y su caricia, y el daño que nos deja.
El centro reúne lo concreto y lo disperso.
La amistad como un frágil pilar que soporta el vaivén de los días
y se hace necesaria,
como la nieve que va manoseando el mundo,
y esas hojas que se levantan, en torno a un fuego
que crece y las devora.

Y miras el canal construido con materiales duraderos,
hierro y arena, y la destreza del hombre para encerrar sus aguas.
Y no sabes qué otra fuerza puede compararse
a esta fuerza que quiere calmar el viento,
las sombras que se levantan, a cada paso,
y ciegan el camino.

Nada iguala a la bondad, ni siquiera el sacrificio
que busca siempre una prueba.

La inteligencia, dices. Qué pobre a su lado.

miércoles, 3 de agosto de 2016

LEÍDO: “Box 8” de Marisol Sánchez Gómez

   Es arriesgado que alguien —en este caso, una traductora y estudiosa humanística— traslade al formato papel los contenidos que publica periódicamente en una bitácora virtual. Hay textos que se adecuan a la velocidad de internet y, sin embargo, su potencia se reduce a mínimos cuando quiere evolucionar hacia la provechosa lentitud del libro. El caso de Box 8 es lo contrario. La actualidad informativa, de la que nacen bastantes páginas, se universaliza y se atemporaliza gracias al estudio sutil y guerrero de la autora, que no se corta ni un pelo en exponer conclusiones categóricas sobre temas en los que a veces no queremos adentrarnos demasiado, ya sea por prudencia, por desconocimiento o por creer que hay laberintos infinitos cuyo cristal es más duro que el diamante. Véase el maltrato emocional, el empoderamiento del cuerpo de la mujer, la depresión y el suicidio, Palestina, la educación pública, el psicoanálisis aplicado a la histeria masculina, el narcisismo, Ciudad Juárez, lesbofobia… Un bazar temático completo y jugoso. Eso sí, poco o nada dispuesto al regateo.





   Hay osadía, claro. Para que la inteligencia crezca con frescura, tiene que ser regada con osadía. Box 8 es un libro, ante todo, vivificante. Casi el 100% de ese ánimo de vivir, de ese enriquecimiento, lo da el despliegue de lecturas que nos revela. Entre muchas otras, destaco sus selecciones literarias de las estadounidenses Judy Grahn, Sharon Olds, las británicas Sarah Kane, Denise Levertov y la canadiense Evelyn Lau. Pero hay una escritora que deslumbra a Marisol Sánchez Gómez por encima de cualquiera, a la que dedica el mayor número de entradas y citas: la intelectual y activista lesbiana Adrienne Rich. Eso es lo que más he disfrutado de Box 8: las reflexiones sobre la genitalidad en el lenguaje, la crítica al sistema sanitario en ginecología y obstetricia, el cuerpo como base natural de nuestra inteligencia, los orígenes y la construcción de la identidad, el rechazo lesbiano a la heteronormatividad obligatoria o, por ejemplo, la responsabilidad personal, como en este poema que copio:


PARA EL EXPEDIENTE

Las nubes y las estrellas no libraron esta guerra
los arroyos no informaron a nadie
si las montañas arrojaron piedras de fuego al río
fue sin tomar partido
la gota de agua que se balanceaba levemente bajo la hoja
no tenía opinión política
y si aquí o allí una casa
se inundó de aguas residuales
o envenenó a los que allí vivían
con lentas humaredas, durante años
las casas no estuvieron en guerra
ni los edificios tapiados
quisieron negar cobijo
a las ancianas sin techo o a los niños vagabundos
no siguieron la política de hacerlos errar
o morir, no, las ciudades no fueron el problema
los puentes no eran partidistas
las autopistas ardieron, pero no con odio
Incluso los kilómetros de alambrada
tendida que oprimía los barracones temporales
diseñados para mantener a los indeseables
a distancia segura, fuera de la vista
incluso los tablones que tuvieron que absorber
año tras año, tantos sonidos humanos
tanta profundidad de vómito, lágrimas
sangre que calaba lentamente
no se ofrecieron a esto
Los árboles no se prestaron a que los cortaran en tablones
ni las espinas a desgarrar carne
Mira a tu alrededor
y pregunta de quién es la firma
impresa en las órdenes, trazada
en la esquina de los planos de construcción
Pregunta dónde estaban los analfabetos, las mujeres
barrigonas, los borrachos y los locos,
aquellos a los que temes más que a nada: pregunta dónde estabas tú.


Traducción: Marisol Sánchez Gómez

domingo, 10 de julio de 2016

LEÍDO: “En la belleza ajena” de Adam Zagajewski

   Esa fuerte sensación de haber entrado en un escritor que te va a acompañar con toda seguridad el resto de tu vida.




   A Adam Michnick lo conocí en el año 1973 en Varsovia. Antes de encontrarme con él, yo había conocido ya a muchos intelectuales disidentes. Casi todos hablaban en voz baja, no susurrando, pero con una voz cautamente modulada. Esta cautela estaba justificada, era racional; entonces se vivía bajo el gigantesco tejado de la policía secreta, la conciencia estaba nacionalizada, los micrófonos podían hallarse escondidos en la lámpara, en una maceta con flores en apariencia inocentes, empotrados en la pared. Se contaban anécdotas sobre micrófonos en una araña de cristal, en una mesa, en un canapé. Conocía a personas que incluso en su propia casa se tapaban la boca con la mano, y la información más importante la anotaban en un papel que luego destruían. Los intelectuales se dividían en adaptados e insumisos, pero incluso estos últimos eran en general muy cautos. Sin embargo, Adam no cabía en esa categoría, no entraba en ninguna categoría corriente, psicológica o sociológica. Adam no hablaba en voz baja, hablaba alto, era ingenioso, irradiaba coraje y amor a la vida. No era poeta; no escribía poemas. Pero recitaba versos: conocía de memoria decenas de poemas de Mislosz, Herbert, Slomimski. Aunque no era eso lo más importante: después de todo, basta con tener buena memoria para recitar poesía. Lo importante era otra cosa: Adam, me parece, era entonces una de las pocas personas felices en Polonia (y, tal vez, incluso, en toda Europa Occidental). No me refiero aquí a la felicidad privada, fruto de haber encontrado una buena y bella esposa, un trabajo interesante y bien remunerado, resultado de la conciencia de ser un hombre sano, decente y de provecho, sino a la mucho más rara felicidad del descubrimiento exacto de la propia vocación, resultado de haber encontrado el empleo conveniente para su talento, en la esfera no familiar e íntima, sino en el ámbito de la comunidad humana, de la polis.
   El misterio de la vocación de Adam residía en su paradójica naturaleza: al dirigirse —y con qué coraje, con qué orgullo, con qué alegría— contra la policía, contra el partido, contra los obesos fiscales vendidos, contra los ministros de rostros embotados, Adam se remitía a sus necesidades o sueños anarquistas. Era un anarquista alegre, lanzaba un desafío al poderoso aparato del poder. Pero, al mismo tiempo, ¡y eso no le pasa a cada anarquista!, estaba del lado del bien, del lado de la ley, de la ley que debería haber existido.
   Alguien como él pero que hubiera vivido al otro lado del telón de acero, en una sociedad burguesa bien asentada, tendría que haber apelado a las divinidades malas y oscuras, tendría que haber leído —o habría querido leer— y seguido a Sade y a otros malévolos, que estaban resentidos con el mundo, sombríos, rabiosos maestros; tendría que haber glorificado a las fuerzas sospechosas, aliarse con el diablo. Sin embargo, en este país Adam había descubierto que se abría ante él una oportunidad extraordinaria: podía ser impetuoso y bueno al mismo tiempo, negativo y probo, crítico y decente, furibundo y honesto. Podía ser un “elemento subversivo”, anarquista y revolucionario, y al mismo tiempo “conservador”, defensor del orden humano elemental, porque el orden en el que entonces vivíamos había surgido del ahogamiento del corriente e imperfecto mundo humano.
   Más tarde, conocí a otros disidentes, y sólo unos pocos de ellos compartían con Adam esa extraordinaria cualidad: la loca alegría de poder ser un anarquista honesto, un revolucionario bueno, de que se pudiera conciliar el fuego y el agua, la pasión de destruir y el anhelo de edificar. ¡Qué dicha encontrar uno su vocación en el mundo, contradictoria y verdadera, imposible y real, vocación que le siente a nuestra vida como un terno cosido por el mejor sastre!

sábado, 9 de julio de 2016

LEÍDO: “Noctem” de Andrés de la Orden




   Lou Reed al filo de la navaja, el Peter Gabriel más enmascarado, guitarras pesadas y extremas de Fen, Tribulation, Evoken, Saturnus, Katatonia, Virgin Black, Slayer, Draconian, Ava Inferi, Behemoth, Black Sabbath, Moonspell, o el maltrato a las putas y a los negros narrado en el mástil y la armónica de Bob Dylan. Epígrafes que son la banda sonora de Noctem, de triste espada ensangrentada y contemplación en la cumbre del infierno con el ánimo vacío.
   ¿Todas las lágrimas de los hijos son culpa de sus padres? ¿Y viceversa? Hablemos de la culpa. Apartemos la religión, experta en ese sentimiento. El autor, además, ya se ha alejado lo suficientemente de la creencia y, por supuesto, de la institución eclesiástica. Entonces, en este libro —y en el anterior, Metal negro— existe la culpa porque existe un individuo que tiene un desarrollado sentido de la moral, que sabe que la solución para cualquier culpa es reconocerla: «Decidme si también sentís este mismo miedo, / esta certeza odiosa de playas traicionadas, / la liana débil, la mano al cielo, las arenas / movedizas». Y así se puede vivir en la noche, inmaculadamente ennegrecido. Por eso el death metal de los australianos Be’lakor arpegia el poema ‘Juramentos’ bajo la tiniebla marítima, sentado en un cabo, sintiendo el salitre muy dentro, olvidando ya toda perversión y deshonor, pegándole un manotazo al bote de los ansiolíticos, aceptando la herencia de Sísifo con el regusto del vino y el eco de su mensaje.


Nada ha cambiado.
Nos hemos vuelto como nos dijeron,
jodidos veraneantes,
turistas al calor del agosto que sólo entiende
de sombrillas y chiringuitos
llenos de borrachos.

Mientras, algo se larva en el océano,
los fieles carpinteros
de los viejos barcos ahogados
trabajan en ataúdes de los que no escaparemos.
A quién pediremos clemencia
cuando el nombre que traigan las mareas
sea el nuestro.
Cuándo se nos hizo demasiado tarde. 

viernes, 8 de julio de 2016

LEÍDO: “Antología de la poesía del Sur de los Estados Unidos”

   Un libro extraño y atractivo. Si no me equivoco, en lengua española es la primera antología que se hace de poetas nacidos en el Sur de los EEUU después de la Independencia en 1776 y antes de la Guerra Civil.




   Agradezco a Antonio J. del Puig, el estudioso que ha seleccionado y traducido este curioso tesoro, darme a conocer el asentimentalismo de Richard Henry Wilde; las alucinaciones de Thomas Holley Chivers, amigo turbio de Edgar Allan Poe; la melancolía amorosa de Philip Pendleton Cooke; a James Barron Hope y sus dulces baladas sureñas; al laureado Henry Timrod —magníficas estrofas brindadas a Carolina—; al desgraciado —lo perdió todo al acabar la guerra— sonetista Paul Hamilton Hayne; a James Ryder Randall, cuyo ‘Maryland, my Maryland’ se convirtió en el auténtico cántico popular de la Confederación mientras se batallaba; las canciones de salón de Sidney Lanier; y, por último, a esa especie de “sobrina-nieta” de Emily Dickinson que es Lizette Wooddworth Reese, celebrando la vida entre el estanque, el crepúsculo y el esplendor de una chimenea.
   Copio este soberbio poema hímnico del Reverendo Abraham J. Ryan dedicado a los derrotados soldados sudistas:


UNA TIERRA SIN RUINAS

Sí, dame la tierra donde las ruinas se extiendan
y la luz viva pisada sobre los corazones de los muertos;
sí, dame una tierra que esté bendecida por el polvo
y brille con los hechos recién acontecidos de la llanura.
Sí, dame la tierra donde la batalla es roja refriega con su pasado;
sí, dame la tierra de las leyendas y las tumbas
que cuentan las memorias de largos días desaparecidos.
¡Sí, dame una tierra con historia y una canción!
¡Guarda como reliquia la contienda del bien contra el mal!
Sí, dame una tierra con una tumba en cada punto
y los nombres de los que allí yacen para que no sean olvidados;
sí, dame la tierra de la ruina y de la tumba;
hay grandeza en esos sepulcros,
hay gloria en la derrota;
y para la derrota del futuro una nueva luz ha nacido,
como después de la noche viene el sol de la mañana;
y los sepulcros de los muertos con la hierba bien crecida
podrán aún vestir de gala sobre el escabel del trono de la libertad,
y cada ruina en el sentimiento de la guerra poderosa
será una roca más en el templo de la verdad.

jueves, 7 de julio de 2016

LEÍDO: “Oscura deja la piel su sombra” de Beatriz Miralles

   Atención extrema al lenguaje del silencio. Caricia de la negación. Lírica de la llaga, donde el símbolo de la mano se repite. Pizarnik y Valente dibujados en un paisaje blanco, observando el libro desnudo de Beatriz Miralles en la orilla del desierto, levando anclas.




ella canta la memoria mineral de la noche
algo
que cicatrice

lo que no nombramos 

LEÍDO: "Turbios celajes intrincados" de Alexis Soto Ramírez

   Abunda un tono y una sintaxis antigua. Y pesa la adjetivación; el mismo título del libro es una prueba de ello. Lo surreal y el barroquismo caribeño siguen nadando en la tinta de cubanos viajeros como Alexis, buscan en la noche del verbo y no van a parar hasta ver, e incluso después de ver.
   Copio un fragmento del poema ‘Yo vi’:




Yo vi todo eso
y más,
pero no cejo.

No me detengo ante la flecha
que silba en su camino hacia mi pecho.
No me confieso, no me abato.

Que me arrastren los ríos
revueltos de la tierra
si he de claudicar.
Que me coman
los cuervos estos ojos
si he de renunciar.

miércoles, 6 de julio de 2016

LEÍDO: "De exilios y moradas" de José Luis Zerón Huguet

   Una historia de la Filosofía y la Iluminación que se ha metamorfoseado en libro de poemas, un poeta de lectura mesetaria criado frente a un paisaje mediterráneo. Se sienta uno a contemplar De exilios y moradas como lo hace ante un gran jarrón griego que contuviera el magnetismo de André Breton, la controversia de Cioran, la furia sanadora de Shiva, el impulso y los precipicios de Goethe, los claroscuros religiosos, místicos y míticos, las esencias de Valente, las profecías de Panero, los ritos cartománticos de Olga Orozco, los tránsitos de Olvido García Valdés y el orfismo encendido de Novalis. Un jarrón de vida en perpetua transformación.




UBICUO

Hoy existo en todo lo que existe
y muero en todo lo que muere.
ceniza y leña nueva
es mi cuerpo.
El lugar donde me reconozco cada día
ha sido devastado.
Hay nuevos caminos
en mis itinerarios.
Escucho todo lo que vibra
en los desechos de la luz.
Toda la Historia cabe
en un grito.
No puedo medir la llama arrasadora.
Razón e instinto copulan y se despedazan.
Los frutos caen silenciosos
y nadie los ve caer.
La angustia y el temor a la muerte
se consumen en el ardor por vivir.
Todo es deprisa
y nada se alcanza.
En todo lo que muere
y en todo lo que mata
están mis ojos
y su ceguera.
El vértigo que siento
es el poder de la costumbre
que me calma y me despoja.

Hoy no sé si estoy
en el jardín de las delicias
o e el bosque de los horrores.
Hoy sólo sé que camino,
camino con paso ingenuo.

Camino hacia el Todo
para no ser nada.

martes, 5 de julio de 2016

LEÍDO: "La política" de Aristóteles




   Siglo IV antes de Cristo. Antes de nada, contextualicemos. A partir de ahí, bocas abiertas y ceños fruncidos en un diálogo intelectual bravísimo. Frente a tratados así no considero que valga la pena comentar nada, sólo subrayar fragmentos de una validez atemporal. Al ser demasiados subrayados —habré gastado medio bolígrafo—, copiaré uno de los muchos párrafos que colocaría en el podio de la política aristotélica:

   De aquí puede concluirse que el Estado es un hecho natural; que el hombre es un ser sociable y que aquel que permanece salvaje por organización y no por acaso es, o un ser superior a la especie humana, o un monstruo a quien puede dirigirse el reproche de Homero: «Huid del hombre que, sin leyes, vive sin familia ni hogar, sin afecciones». El individuo así degradado es indomable como los pájaros salvajes y puede decirse que está en guerra con su propia naturaleza.