domingo, 28 de febrero de 2016

LEÍDO: "Los supervivientes" de Jimina Sabadú

   ¿Sabes de esas tardes vacacionales en las que antes de una cena prometedora con tu pareja o amigos te tragas tranquilamente una peli de sobremesa con la suficiente pizca de enjundia como para no considerar que has perdido el tiempo pero teniendo también la certeza de que no vas a repetir su visionado jamás? Pues Los supervivientes es esa novela fresquita, ese caffè latte gustoso y esa merienda alargada (casi 400 páginas) que te han arreglado el día. «Ed è subito sera», frivolizando con el verso de Salvatore Quasimodo.



sábado, 27 de febrero de 2016

POETRY PLANET: Blanca Varela

   De su libro Ejercicios materiales rescato este célebre poema de la inmensa poeta peruana Blanca Varela (Lima 1926-2009):


TERNERA ACOSADA POR TÁBANOS

podría describirla
¿tenía nariz ojos boca oídos?
¿tenía pies cabeza?
¿tenía extremidades?

sólo recuerdo al animal más tierno
llevando a cuestas
como otra piel
aquel halo de sucia luz

voraces aladas
sedientas bestezuelas
infamantes ángeles zumbadores
la perseguían

era la tierra ajena y la carne de nadie

tras la legaña
me deslumbró el milagro mortecino
la víspera el instinto la mirada
el sol nonato

¿era una niña un animal una idea?

ah señor
qué horrible dolor en los ojos
qué agua amarga en la boca
de aquel intolerable mediodía
en que más rápida más lenta
más antigua y oscura que la muerte
a mi lado
coronada de moscas
pasó la vida.



LEÍDO: "Distintas formas de mirar el agua" de Julio Llamazares

   Buena redacción —faltaría más, estamos hablando de Llamazares—, buen intento de ejercicio de multiperspectivismo, evocación lírica, crítica ecológica al desarrollismo, exterminio paulatino de las costumbres rurales, dañino sentimiento de desarraigo, pérdida de la identidad vecinal, templanza humana ante la incertidumbre... Un texto impoluto, sí, de acuerdo…
   Pero me he aburrido.
   Y me jode, Julio, me jode, porque yo te respeto y valoro el movimiento slow como protesta pacífica ante tanta velocidad social, pero no sé hasta qué punto procede reivindicar una dulzaina de museo en mitad de la rave narrativa en la que vivimos.



viernes, 26 de febrero de 2016

LEÍDO: "Insomnio" de Antonio Rodríguez Jiménez

   La desesperación que tocó hace nada vivir a millones de españoles se está convirtiendo en normalización de conformismo vulgar. Este poemario, al igual que otros del mismo calibre cuyo leit motiv es la crisis y sus consecuencias, nos servirá más que muchos libros de Historia para penetrar en los sentimientos de un individuo, de una familia y de una sociedad ilusa que creyó estar en un fiestón del quince y no se dio cuenta de que la habían avisado sólo para recoger mierda, confeti usado y botellas vacías de Moët & Chandon.
   Hay unos versos que recuerdan las tempraneras que los nuevos miles de parados se daban para hacer running y no pensar en su desgracia momentánea. Ya se ven muy pocos corredores a las siete de la madrugada. Eso es un dato irrevocable. Lo triste es que muchos de los esclavos que dejaron de correr creyeron que algún día volverán a ser invitados a un fiestón de verdad, no para limpiar los vómitos en los cuartos de baño de lujo.
   Bucles sobre bucles de engaño. Insomnio, sí.



LEÍDO: "Anogrexia" de David Benedicte

   Va sobrado de ingenio Benedicte. No puedes partirte la caja todo el rato y me irrita un poco la disposición versal centrada en algunos poemas. Pero pasas un buen rato, a qué negarlo.
   Mi preferido es éste:


EXTINTO DE VERANO

Ahora mismo te bebes la leche negra
de la madrugada que publicitó
Paul Celan,
aquel poeta francés de origen rumano que,
a los cincuenta recién cumplidos, se quitó la vida
arrojándose
al Sena. Preferirías darle sorbos a un Sandevid
‘asangriado’,
lo sé; pero es lo que hay. Por eso le pido un break
al carcinoma estival que, con precisión de
Rolex,
nos ha corroído a todos durante este falso estío
que se fue como llegó, prorrateando nubes.

Al preso poco pan y muchas
hostias.
En la democracia nos dan langostinos el día de la Merced,
vis a vis, condones papel higiénico, derecho a llamadas
de teléfono, campo de deporte y biblioteca.
En mi interior, la mañana sigue igual.
Encapotada y fría.
Aunque también es posible que, en París,
aquel fuese el día más soleado del año 1970.
Da igual.
Lo único que tengo claro es que va a llover sobre ese río.
Y que el Sena que algunos llevamos dentro
podría
desbordarse.



jueves, 25 de febrero de 2016

LEÍDO: "Distancia de rescate" de Samanta Schweblin

   No me interesan novelas hipnóticas como ésta. He leído libros letárgicos en verso y prosa donde de vez en cuando el autor te daba una palmada para que tu lucidez se pusiese en guardia y avanzase en el proceso de lectura. Con Distancia de rescate no me ha pasado. Y la revista Granta habla de Samanta Schweblin como «de las mejores narradoras jóvenes en español». Así que una de dos: o los cimientos de esta obra no son nada sólidos y la han hecho impenetrable o mi inteligencia se declara no apta para entusiasmarse con este tipo de narrativa contemporánea.
   Si quiero alcanzar un estado dulce de languidez mental, prefiero liar un canuto fino de maría o escuchar el segundo disco de Portishead a leer obras así.
   Lo sé: gustos, colores, etc. Pero yo me rindo.



lunes, 22 de febrero de 2016

LEÍDO: "Recetas para astronautas" de Basilio Pujante

         Hace casi un año Balduque publicaba un libro de poemas de Vicente Velasco titulado Principio de gravedad. Uno de los vídeos de promoción, filmado por el artista multidisciplinar Domingo Llor, mostraba durante unos minutos la secuencia lineal de un astronauta respirando a lo Darth Vader. Ahora Balduque publica un libro de microrrelatos, relatos breves y relatos de extensión convencional titulado Recetas para astronautas.
         Gravedad, astronautas… Esto, obviamente, no es casualidad, es una declaración de principios galácticos. La tendencia gravitatoria del poeta Vicente Velasco, del narrador Basilio Pujante y de ese Halcón Milenario comandado por los editores José Alcaraz y Pilar García es abierta y desvergonzadamente madridista.
         Anécdotas aparte, me consta que Basilio Pujante es un gran aficionado a la música popular y probablemente él estaría de acuerdo con cualquier ambientación musical celeste para su ópera prima. Me atrevo a hacer de disc jockey/lector y asignarle la magnífica banda inglesa de rock espacial Spiritualized, concretamente su disco Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space mientras se pasan las páginas de este despegue narrativo.
         No soy amigo íntimo de Pujante, pero sí somos cercanos y le conozco lo suficiente para hacerle un perfil cual CSI a la española. Ya se sabe que nuestras acciones nos definen y nos delatan, pero también nuestros gustos y nuestros contextos. Él pertenece a una generación, la de los 90 —¿espíritu de Seattle, primeros movimientos antiglobalización? ¡Bah!, etiquetas forzadas de los periodistas—, y eso se nota. Es la última generación que no creció con un teléfono móvil inteligente pegado a su cuerpo y a su mente, no fue educada en la inmediatez cultural, en el ansia del “dámelo todo, dámelo ya”, y aunque ahora niños, jóvenes, adultos y ancianos se sientan completamente integrados en esa contigüidad tecnológica-humana, lo cierto es que escritores como Basilio, por circunstancias cronológicas, tienen la ventaja de que han conocido una educación sentimental anterior a la urgencia irreflexiva que a veces nos domina. Por eso, la formación tradicional sumada a la disposición de los nuevos canales de instrucción, aprendizaje, comunicación y creación desembocan en partos como Recetas para astronautas.
         Basilio estudió Filología Hispánica. Aprovechó esos recursos académicos para conocer bien los códigos, los rincones, los giros, los cepos y todo tipo de trampas misteriosas dispersadas por el lenguaje. Sabe marcar un estilo, bastante británico, por cierto. Me atrevería a tildarlo incluso de narrador british.
         Estilo, voz personal, sí, eso es lo que ha buscado y ha encontrado este autor. Esa debe ser la meta. Los lectores de narrativa breve contemporánea sabemos que un libro de cuentos no debe ser una colección, agradecemos la coherencia ambiental que los une. Y esa unidad tiene que ver con dos cosas: el humor (imprescindible en el mundo Pujante) y la ingenuidad fingida para producir sorpresa.
         Añadimos otro dato: Basilio realizó una tesis doctoral sobre microrrelato contemporáneo en español, o sea, ha leído lo que no está escrito sobre este tema, por lo tanto tiene registradas, almacenadas y etiquetadas las numerosísimas estrategias, estructuras, cimientos, canales, alcantarillados, tuberías, sótanos y desvanes de los textos que este subgénero narrativo ha cosechado en nuestro idioma. Lógicamente, también se ha servido de ello para volcarlo en sus páginas y en los desarrollos argumentales que sufren o gozan sus personajes.
         Un último dato: Basilio imparte talleres de escritura. Con el tiempo él se ha dado cuenta de que no sólo enseña, sino de que se enriquece con las ocurrencias del alumnado que va pasando por su aula de motivación literaria. Su destreza mejora con los demás, su sociabilidad prospera y la inteligencia positiva se desborda.
         Hay mucho amor a los libros en este libro; hay buena vibra; añoranza de la inopia y el ensimismamiento infantil; enrevesamientos de adulto flotante; blancura humorística con matices grisáceos; heterodoxia clara, asumida; brillos concisos y en versión extendida; geografías cercanas y viajadas; hilos, charcos, acequias y torrentes verbales, manifiestos plurales y azules.



lunes, 15 de febrero de 2016

LEÍDO: "La edad de merecer" de Berta García Faet

   No tengo buena suerte últimamente con las recomendaciones poéticas que me hacen, así que confieso haber abierto las páginas de La edad de merecer temiendo la inmediata decepción, pensando en abandonarlo al tercer poema —es un decir, rara vez he abandonado la lectura de un libro—. Además, la disposición versal me tiraba para atrás. Uno está ya iniciando la cuarentena y conoce a poetas experimentales de los 50, 60 y sobre todo 70 a los que no se podrá superar en lustros, quién sabe si en siglos.

   Total, que todas esas trabas mentales absurdas y autoimpuestas que yo llevaba arrastrando al echar un vistazo a la sinopsis y ojear rápidamente el libro —verso espeso, prosaico por momentos, erotismo veinteañero y cosmopolita, moderneo plurilingüe y multirreferencial, autobiografía matizada tras ruptura amorosa, etc— se me ha venido abajo. Y qué alegría. Berta García Faet ha escrito un poemario que yo creo que es de lo mejor de 2015 en su campo. Seguiré sus pasos a partir de ahora e intentaré hacerme con sus tres obras anteriores. Lo merece.



domingo, 14 de febrero de 2016

LEÍDO: "Los gatos pardos" de Ginés Sánchez

   Los gatos pardos es riesgo estético sin necesidad de romper la baraja. Ginés Sánchez ha bajado al chino del barrio a comprar una nueva, la ha marcado con toda la sutileza de Paul Newman en El golpe y le ha garabateado con tinta invisible nocturnidades de extrarradio, folclore gansteril, rebeldía adolescente, bandolerismo de pueblo, barrio, costa y desierto. Un entrante levantino de alcohol, sexo, drogas y muerte. Una tortilla de amor y psicopatía a la española, a la mejicana y a la francesa. Y de postre, brazo de gitano con metralleta.
   No nos confundamos. En el fondo la literatura de Ginés Sánchez es punk inteligente, de vulgaridad distinguida, no punk mononeuronal para tontos del pijo.



LEÍDO: "El pequeño corredor y otros cuentos" de José Cervera Tomás

   Catorce relatos en los que hallamos ternura familiar, violencia, asombro infantil, hombría, humor cándido, negro, absurdo y funesto. Un surtido enriquecido que en algunos fragmentos hubiese podido mirar frente a frente a la narrativa breve que estaban escribiendo los grandes cuentistas de postguerra desde Barcelona o Madrid y que la falta de ambición creativa y comercial de su autor —no se le conoce otra obra más— dejó que únicamente El pequeño corredor fuese su testamento literario.
   Vicente Cervera, el hijo de José Cervera Tomás que ha impulsado la reedición de este libro publicado originalmente en 1954, nos avisa del mensaje de estos cuentos: no conviene inflar demasiado la rueda de las ilusiones porque en un momento dado nos puede estallar. Habla de su padre definiéndole como una persona estoica, aunque también hedonista y epicureísta. Esa sabia mixtura filosófica, creo, es imprescindible para transitar por el mundo sin que nuestras fuerzas disminuyan. En seguida nos sentimos identificados ante los inevitables “traumas” infantiles: el aprendizaje de la realidad que ennegrece y revienta progresivamente las ficciones blancas de un niño. Los niños quieren ser hombres, los niños quieren ser héroes populares, endiosan a sus padres. Y, paradójicamente, de un derrumbe a otro, por el camino del desmoronamiento continuo, vamos construyendo el edificio que nos dejan y que queremos ser.
   Nos provoca afección observar la necesaria pérdida de la inocencia de sus personajes: el anarquista, el funcionario, el amigo más amigo del muerto que hay en cualquier funeral, el militar veterano, el aprendiz de marinero…
   Hay detalles y aspectos del contexto en que se publicó por primera vez El pequeño corredor que condicionan, lógicamente, su estilo, sus hechuras, sus limitaciones y sus hallazgos.
   Primeramente, fijémonos en el año y el lugar. Estamos hablando de Murcia en 1954: las restricciones de la provincia por un lado, por otro el franquismo en todo lo alto, vigilando las sospechosas malas costumbres judeo-masónicas, con el peso cultural que conllevaba en esa década y los aranceles temáticos que imponía.
   Después está la posible “trampa” del título, la portada —fantástica fotografía de Francisco Ontañón— y los seis primeros cuentos, cuyos protagonistas son niños. Pero debe quedar muy claro que nada más lejos de la realidad que El pequeño corredor sea una colección de cuentos para niños.
   Por último, llama la atención el brillante manejo del costumbrismo: los protagonistas escuchan la radio; los niños juegan al aire libre; la presencia de la desgracia y de la muerte es cotidiana, no se huye de ella, no está marginada; hay familias convencionales, estructuradas; hay un mundo jerárquico muy bien definido; se palpa una violencia adulta silenciosa tanto en el ambiente urbano como en el rural; hay ferias, tiovivos, todo un ambiente añejo. La literatura es también una herramienta sociológica.
   Me pregunto cuánto dejó el José Cervera filósofo en el José Cervera narrador, cómo concebía él la ambición de un creador literario —insisto, sólo se le conoce esta obra—, cómo ha de interpretarse la moralidad de algunos relatos, cómo conviven en ellos el orden y la alegría, la aventura inmóvil, hasta qué punto lo siniestro convive naturalmente en sus tramas y hasta qué punto está programado para provocarnos ciertas sensaciones. Brotan estas y otras muchas preguntas conforme avanzamos página a página, como ocurre con las obras que merecen reeditarse.



jueves, 11 de febrero de 2016

LEÍDO: "Érase una vez el fin" de Pablo Rivero

   El protagonista de esta novela contiene y despide sentimientos muy parecidos al de la canción ‘Mr Snoid entre sus amigos los humanos’ de Kortatu, cuya letra/estribillo le viene como un whisky sin hielo a un pianista borracho o una línea de magia blanca al Maradona del Napoli:

Odio a todo el mundo,
estoy lleno de mezquindad
y rezo para que llegue
una guerra nuclear.


   Timbas de póker inmundas en la noche gijonesa, putas, gitanos a su aire, yonquis de larga duración, relaciones familiares zombies, sexo corrupto, vidas cotidianas destruidas, trabajadores explotados en trabajos de mierda, persecución gansteril low level… Una fotografía de un paisaje humano repugnante. Decadencia, decadencia, decadencia. ¿Lo que somos? ¿Una parte de lo que somos?



martes, 9 de febrero de 2016

LEÍDO: "El comensal" de Gabriela Ybarra

   No sé. Solamente a ratos me han contentado algunos hallazgos narrativos de El comensal. Pocos, si atendemos a las expectativas que este libro había generado. Me la recomendaron varios colegas de cuyo criterio me fío bastante, lo hacían aludiendo a una prosa valiente por su exposición íntima, pero si nos ponemos a calibrar la valentía, me parecen más “heroicas”, enjundiosas y destroy otras obras autobiográfico-terapéuticas también recientes, como El viaje a pie de Johann Sebastian de Carlos Pardo o Hazañas de los malos tiempos de Cristina Morano. El comensal ha obtenido el aplauso de cierta crítica especializada, y va por su cuarta edición, algo insólito para una editorial como Caballo de Troya. Intuyo que este último feliz dato numérico tiene que ver menos con el relato del proceso de enfermedad y muerte de una madre con cáncer de colon tratada en Nueva York que con la otra línea argumentativa: el secuestro y asesinato en 1977 de Javier de Ybarra, abuelo de la protagonista/autora. Los malnacidos de ETA siguen triunfando cuando se les literaturiza. O tal vez no y Gabriela Ybarra contribuya más a su olvido real mitificándolos en la ficción. Ella lo hace con una actitud desapegada —¿deshonesta?— y un estilo austero —¿cool?—.
   Tal y como nos ocurre a nosotros cuando nos acercamos a novelas que tratan temas nacionales políticamente calientes pero ajenos (IRA, Balcanes, Palestina, Congo), puede ser que esta novela se lea y valore ahora de forma diferente en otros países. En España las cicatrices no han llegado aún. Las heridas están cosidas, pero aún hay que esperar dos o tres décadas para que cierren del todo. No sé.


sábado, 6 de febrero de 2016

LEÍDO: "Este es el momento exacto en que el tiempo empieza a correr" de Ana Llurba

   Sin duda, hay poemas acabados con frescura e inteligencia —‘Selfie’, ‘Piscinas vacías’ o ‘Una historia personal del miedo’, por ejemplo— y prácticamente no hay ninguno en el que no brille algún verso, pero echo de menos más solidez estética. No puede una resbalar dos o tres veces en un mismo texto y eso ocurre en varios de ellos. Ya no estamos hablando de una joven autora veinteañera, sino de una autora de casi treinta y cinco años, por lo que no puedo ser tan indulgente ni considerar este libro como una proeza, tal y como afirma Mercedes Cebrián en la contraportada.
   Sí, ya sé que, por otro lado, hay decenas de poetas de treinta años que viven mental y culturalmente en el siglo XIX o no pueden sacudirse aún el olor a naftalina de la Generación del 27 o del 50, pero es que para ellos va toda mi indiferencia como lector. Ni me molesto. A autores en la órbita de Ana Llurba los leo —aún quedamos poetas que compramos y leemos a nuestros contemporáneos—, los valoro y me quedo con lo mejor de sus libros: talentos caminando.



viernes, 5 de febrero de 2016

LEÍDO: "Presente continuo" de Miguel Ángel Hernández

   Admito haber llegado a Presente continuo con algo de ventaja: he leído varios artículos sobre arte y microrrelatos de Miguel Ángel Hernández; he escuchado conferencias suyas y las he visto en directo y en Youtube; lo sigo desde que era un escritor desconocido, casi inédito; he leído sus dos novelas previas, Intento de escapada y El instante de peligro; he leído algunas de las entradas de este diario que previamente se publicaron en La Opinión, un periódico regional de Murcia; conozco al autor, es amigo, lo admiro y lo quiero. ¿Eso qué significa? Tampoco mucho a la hora de comentar aquí un libro, solamente que, al vivir en la misma región, reconozco y visualizo en seguida a algunas de las personas/personajes que beben, comen, viajan, corren, conversan, aprenden, lloran, pasean, copulan y bailan con él durante el proceso de escritura de El instante de peligro. Y lo cuidan: son memorables las semanas en las que vamos viendo el molesto proceso de curación en casa tras ser operado y detalla el bálsamo y la riqueza progresiva del amor conyugal. Hay mucho amor aquí, de eso no me cabe la menor duda. Amor multiforme, poliédrico y agradecimiento incesante a la gracia de la vida, un vitalismo contagioso que saca partido a traumas y complejos para conocer límites propios, asimilarlos y crecer hacia la excelencia.
   Presente continuo tiene como subtítulo “Diario de una novela”, pero está claro que es un pretexto ideal para autorretratarse y autoanalizarse a ritmo vertiginoso en todas las escenas de su vivir cotidiano en soledad, en pareja, amistoso, laboral y familiar: ver partidos de fútbol —murcianista y madridista hasta la médula—, dar clases en la universidad y charlas en ciudades o países tan cercanos como exóticos, hacer deporte, asistir a reuniones, almuerzos extremos en la huerta, fiestas, duelos, compromisos, acciones, exposiciones y celebraciones de todo tipo, leer —mucho, muchísimo, vorazmente, anotando, juzgando, enseñándonos, entusiasmándonos— y escribir, por supuesto. Consigue transmitir la sensación de acompañarlo “en directo” al rico laberinto sado-maso que conlleva la creación de una novela, cómo influye en esa futura ficción su realidad durante el desarrollo y, lo más mágico, cómo la ficción le escribe a él, a su ser y a su personaje. Presente continuo se transforma, de esa manera, en una realidad que le noveliza. Pura vida.
   Qué diario más cojonudo se ha marcado el señor Hernández.



jueves, 4 de febrero de 2016

LEÍDO: "Tambor de arranque" de Francisco Bitar

   Novela de interior sin llegar al impresionismo abstracto de Marguerite Duras. La cosa después se puede poner demasiado lánguida, gris, hipnótica, beckettiana o —para precisar, contemporaneizar y argentinizar— más chejfeciana, pero como su extensión es breve, no llega el lector al hastío ni a sentir un rechazo a los laberintos y resoluciones por los que caminan sus personajes, una pareja/familia en proceso de descomposición. Además, un arranque narrativo tan brioso como éste no es tan frecuente en la novela corta actual escrita en español:

   Es importante que los primeros años de tu hijo sean años de pobreza familiar, como los primeros años de cualquiera. Con el correr del tiempo, la situación se afianza (o no) pero, sea cual sea el caso, esos primeros años deben ser de austeridad: así la vida empieza desde el principio. Eso era lo que pensaba Leo Ferro y de esa manera intentaba criar a su hija, aunque hubiera en esa manera menos una determinación ética que motivos urgentes, de verdadera necesidad.



martes, 2 de febrero de 2016

LEÍDO: "Franz Kafka o la acusación como condena" de Miguel Catalán

Agradezco encontrarme con un ensayo fuera de lo común, apartado de la crítica literaria mitómana y halagüeña, poniendo la lupa en la virtud del perspectivismo, haciendo un repaso judicial de obras concretas, algunas de las cuales son médula espinal del universo kafkiano: Cuadernos en octavo, La metamorfosis, El proceso, El castillo, Carta al padre, De la construcción de la muralla china o los relatos ‘La colonia penitenciaria’ y ‘El golpe en el portal de la finca campestre’.
Escojo un fragmento de las varias reflexiones y confesiones que nos deja Catalán:

Sirva como confesión personal que al leer por primera vez los capítulos iniciales de El proceso aventuré que el propio K. llegaría a sentirse culpable, inducido por la existencia misma del proceso, de un delito que sin duda debía de haber cometido. Suponía este lector que pronto, quizá en el próximo capítulo, K. emprendería una búsqueda retrospectiva de errores y deslices de su pasado que pudieran explicar la investigación judicial y la apertura del sumario. Mis expectativas se vieron defraudadas. Y, sin embargo, la novela muestra mediante el desasosiego interior de K. que cualquiera puede ser procesado bajo el supuesto de haber incurrido en una falta tipificada por la ley. Me refiero a la perspicaz observación de Marcel Proust según el cual a veces sentimos vergüenza cuando alguien nos acusa de una falta que no hemos cometido. Ello se debería a que la acusación cobra sentido de forma inesperada al poner mentalmente en la balanza la cantidad de veces que hemos incurrido en alguna falta sin que nadie nos haya descubierto, y por tanto, acusado; quizá el denunciante yerre en este caso, pero nos juzgamos muy capaces de hacer algo tan ilícito como aquello que ahora injustamente se nos echa en cara.