domingo, 10 de julio de 2016

LEÍDO: “En la belleza ajena” de Adam Zagajewski

   Esa fuerte sensación de haber entrado en un escritor que te va a acompañar con toda seguridad el resto de tu vida.




   A Adam Michnick lo conocí en el año 1973 en Varsovia. Antes de encontrarme con él, yo había conocido ya a muchos intelectuales disidentes. Casi todos hablaban en voz baja, no susurrando, pero con una voz cautamente modulada. Esta cautela estaba justificada, era racional; entonces se vivía bajo el gigantesco tejado de la policía secreta, la conciencia estaba nacionalizada, los micrófonos podían hallarse escondidos en la lámpara, en una maceta con flores en apariencia inocentes, empotrados en la pared. Se contaban anécdotas sobre micrófonos en una araña de cristal, en una mesa, en un canapé. Conocía a personas que incluso en su propia casa se tapaban la boca con la mano, y la información más importante la anotaban en un papel que luego destruían. Los intelectuales se dividían en adaptados e insumisos, pero incluso estos últimos eran en general muy cautos. Sin embargo, Adam no cabía en esa categoría, no entraba en ninguna categoría corriente, psicológica o sociológica. Adam no hablaba en voz baja, hablaba alto, era ingenioso, irradiaba coraje y amor a la vida. No era poeta; no escribía poemas. Pero recitaba versos: conocía de memoria decenas de poemas de Mislosz, Herbert, Slomimski. Aunque no era eso lo más importante: después de todo, basta con tener buena memoria para recitar poesía. Lo importante era otra cosa: Adam, me parece, era entonces una de las pocas personas felices en Polonia (y, tal vez, incluso, en toda Europa Occidental). No me refiero aquí a la felicidad privada, fruto de haber encontrado una buena y bella esposa, un trabajo interesante y bien remunerado, resultado de la conciencia de ser un hombre sano, decente y de provecho, sino a la mucho más rara felicidad del descubrimiento exacto de la propia vocación, resultado de haber encontrado el empleo conveniente para su talento, en la esfera no familiar e íntima, sino en el ámbito de la comunidad humana, de la polis.
   El misterio de la vocación de Adam residía en su paradójica naturaleza: al dirigirse —y con qué coraje, con qué orgullo, con qué alegría— contra la policía, contra el partido, contra los obesos fiscales vendidos, contra los ministros de rostros embotados, Adam se remitía a sus necesidades o sueños anarquistas. Era un anarquista alegre, lanzaba un desafío al poderoso aparato del poder. Pero, al mismo tiempo, ¡y eso no le pasa a cada anarquista!, estaba del lado del bien, del lado de la ley, de la ley que debería haber existido.
   Alguien como él pero que hubiera vivido al otro lado del telón de acero, en una sociedad burguesa bien asentada, tendría que haber apelado a las divinidades malas y oscuras, tendría que haber leído —o habría querido leer— y seguido a Sade y a otros malévolos, que estaban resentidos con el mundo, sombríos, rabiosos maestros; tendría que haber glorificado a las fuerzas sospechosas, aliarse con el diablo. Sin embargo, en este país Adam había descubierto que se abría ante él una oportunidad extraordinaria: podía ser impetuoso y bueno al mismo tiempo, negativo y probo, crítico y decente, furibundo y honesto. Podía ser un “elemento subversivo”, anarquista y revolucionario, y al mismo tiempo “conservador”, defensor del orden humano elemental, porque el orden en el que entonces vivíamos había surgido del ahogamiento del corriente e imperfecto mundo humano.
   Más tarde, conocí a otros disidentes, y sólo unos pocos de ellos compartían con Adam esa extraordinaria cualidad: la loca alegría de poder ser un anarquista honesto, un revolucionario bueno, de que se pudiera conciliar el fuego y el agua, la pasión de destruir y el anhelo de edificar. ¡Qué dicha encontrar uno su vocación en el mundo, contradictoria y verdadera, imposible y real, vocación que le siente a nuestra vida como un terno cosido por el mejor sastre!

sábado, 9 de julio de 2016

LEÍDO: “Noctem” de Andrés de la Orden




   Lou Reed al filo de la navaja, el Peter Gabriel más enmascarado, guitarras pesadas y extremas de Fen, Tribulation, Evoken, Saturnus, Katatonia, Virgin Black, Slayer, Draconian, Ava Inferi, Behemoth, Black Sabbath, Moonspell, o el maltrato a las putas y a los negros narrado en el mástil y la armónica de Bob Dylan. Epígrafes que son la banda sonora de Noctem, de triste espada ensangrentada y contemplación en la cumbre del infierno con el ánimo vacío.
   ¿Todas las lágrimas de los hijos son culpa de sus padres? ¿Y viceversa? Hablemos de la culpa. Apartemos la religión, experta en ese sentimiento. El autor, además, ya se ha alejado lo suficientemente de la creencia y, por supuesto, de la institución eclesiástica. Entonces, en este libro —y en el anterior, Metal negro— existe la culpa porque existe un individuo que tiene un desarrollado sentido de la moral, que sabe que la solución para cualquier culpa es reconocerla: «Decidme si también sentís este mismo miedo, / esta certeza odiosa de playas traicionadas, / la liana débil, la mano al cielo, las arenas / movedizas». Y así se puede vivir en la noche, inmaculadamente ennegrecido. Por eso el death metal de los australianos Be’lakor arpegia el poema ‘Juramentos’ bajo la tiniebla marítima, sentado en un cabo, sintiendo el salitre muy dentro, olvidando ya toda perversión y deshonor, pegándole un manotazo al bote de los ansiolíticos, aceptando la herencia de Sísifo con el regusto del vino y el eco de su mensaje.


Nada ha cambiado.
Nos hemos vuelto como nos dijeron,
jodidos veraneantes,
turistas al calor del agosto que sólo entiende
de sombrillas y chiringuitos
llenos de borrachos.

Mientras, algo se larva en el océano,
los fieles carpinteros
de los viejos barcos ahogados
trabajan en ataúdes de los que no escaparemos.
A quién pediremos clemencia
cuando el nombre que traigan las mareas
sea el nuestro.
Cuándo se nos hizo demasiado tarde. 

viernes, 8 de julio de 2016

LEÍDO: “Antología de la poesía del Sur de los Estados Unidos”

   Un libro extraño y atractivo. Si no me equivoco, en lengua española es la primera antología que se hace de poetas nacidos en el Sur de los EEUU después de la Independencia en 1776 y antes de la Guerra Civil.




   Agradezco a Antonio J. del Puig, el estudioso que ha seleccionado y traducido este curioso tesoro, darme a conocer el asentimentalismo de Richard Henry Wilde; las alucinaciones de Thomas Holley Chivers, amigo turbio de Edgar Allan Poe; la melancolía amorosa de Philip Pendleton Cooke; a James Barron Hope y sus dulces baladas sureñas; al laureado Henry Timrod —magníficas estrofas brindadas a Carolina—; al desgraciado —lo perdió todo al acabar la guerra— sonetista Paul Hamilton Hayne; a James Ryder Randall, cuyo ‘Maryland, my Maryland’ se convirtió en el auténtico cántico popular de la Confederación mientras se batallaba; las canciones de salón de Sidney Lanier; y, por último, a esa especie de “sobrina-nieta” de Emily Dickinson que es Lizette Wooddworth Reese, celebrando la vida entre el estanque, el crepúsculo y el esplendor de una chimenea.
   Copio este soberbio poema hímnico del Reverendo Abraham J. Ryan dedicado a los derrotados soldados sudistas:


UNA TIERRA SIN RUINAS

Sí, dame la tierra donde las ruinas se extiendan
y la luz viva pisada sobre los corazones de los muertos;
sí, dame una tierra que esté bendecida por el polvo
y brille con los hechos recién acontecidos de la llanura.
Sí, dame la tierra donde la batalla es roja refriega con su pasado;
sí, dame la tierra de las leyendas y las tumbas
que cuentan las memorias de largos días desaparecidos.
¡Sí, dame una tierra con historia y una canción!
¡Guarda como reliquia la contienda del bien contra el mal!
Sí, dame una tierra con una tumba en cada punto
y los nombres de los que allí yacen para que no sean olvidados;
sí, dame la tierra de la ruina y de la tumba;
hay grandeza en esos sepulcros,
hay gloria en la derrota;
y para la derrota del futuro una nueva luz ha nacido,
como después de la noche viene el sol de la mañana;
y los sepulcros de los muertos con la hierba bien crecida
podrán aún vestir de gala sobre el escabel del trono de la libertad,
y cada ruina en el sentimiento de la guerra poderosa
será una roca más en el templo de la verdad.

jueves, 7 de julio de 2016

LEÍDO: “Oscura deja la piel su sombra” de Beatriz Miralles

   Atención extrema al lenguaje del silencio. Caricia de la negación. Lírica de la llaga, donde el símbolo de la mano se repite. Pizarnik y Valente dibujados en un paisaje blanco, observando el libro desnudo de Beatriz Miralles en la orilla del desierto, levando anclas.




ella canta la memoria mineral de la noche
algo
que cicatrice

lo que no nombramos 

LEÍDO: "Turbios celajes intrincados" de Alexis Soto Ramírez

   Abunda un tono y una sintaxis antigua. Y pesa la adjetivación; el mismo título del libro es una prueba de ello. Lo surreal y el barroquismo caribeño siguen nadando en la tinta de cubanos viajeros como Alexis, buscan en la noche del verbo y no van a parar hasta ver, e incluso después de ver.
   Copio un fragmento del poema ‘Yo vi’:




Yo vi todo eso
y más,
pero no cejo.

No me detengo ante la flecha
que silba en su camino hacia mi pecho.
No me confieso, no me abato.

Que me arrastren los ríos
revueltos de la tierra
si he de claudicar.
Que me coman
los cuervos estos ojos
si he de renunciar.

miércoles, 6 de julio de 2016

LEÍDO: "De exilios y moradas" de José Luis Zerón Huguet

   Una historia de la Filosofía y la Iluminación que se ha metamorfoseado en libro de poemas, un poeta de lectura mesetaria criado frente a un paisaje mediterráneo. Se sienta uno a contemplar De exilios y moradas como lo hace ante un gran jarrón griego que contuviera el magnetismo de André Breton, la controversia de Cioran, la furia sanadora de Shiva, el impulso y los precipicios de Goethe, los claroscuros religiosos, místicos y míticos, las esencias de Valente, las profecías de Panero, los ritos cartománticos de Olga Orozco, los tránsitos de Olvido García Valdés y el orfismo encendido de Novalis. Un jarrón de vida en perpetua transformación.




UBICUO

Hoy existo en todo lo que existe
y muero en todo lo que muere.
ceniza y leña nueva
es mi cuerpo.
El lugar donde me reconozco cada día
ha sido devastado.
Hay nuevos caminos
en mis itinerarios.
Escucho todo lo que vibra
en los desechos de la luz.
Toda la Historia cabe
en un grito.
No puedo medir la llama arrasadora.
Razón e instinto copulan y se despedazan.
Los frutos caen silenciosos
y nadie los ve caer.
La angustia y el temor a la muerte
se consumen en el ardor por vivir.
Todo es deprisa
y nada se alcanza.
En todo lo que muere
y en todo lo que mata
están mis ojos
y su ceguera.
El vértigo que siento
es el poder de la costumbre
que me calma y me despoja.

Hoy no sé si estoy
en el jardín de las delicias
o e el bosque de los horrores.
Hoy sólo sé que camino,
camino con paso ingenuo.

Camino hacia el Todo
para no ser nada.

martes, 5 de julio de 2016

LEÍDO: "La política" de Aristóteles




   Siglo IV antes de Cristo. Antes de nada, contextualicemos. A partir de ahí, bocas abiertas y ceños fruncidos en un diálogo intelectual bravísimo. Frente a tratados así no considero que valga la pena comentar nada, sólo subrayar fragmentos de una validez atemporal. Al ser demasiados subrayados —habré gastado medio bolígrafo—, copiaré uno de los muchos párrafos que colocaría en el podio de la política aristotélica:

   De aquí puede concluirse que el Estado es un hecho natural; que el hombre es un ser sociable y que aquel que permanece salvaje por organización y no por acaso es, o un ser superior a la especie humana, o un monstruo a quien puede dirigirse el reproche de Homero: «Huid del hombre que, sin leyes, vive sin familia ni hogar, sin afecciones». El individuo así degradado es indomable como los pájaros salvajes y puede decirse que está en guerra con su propia naturaleza.

sábado, 2 de julio de 2016

LEÍDO: “Ventanas al mundo” de Raymond Bozier




   Mirada existencial a modo de diario o anotaciones desde espacios concretos, atravesando ventanas de París, Boulogne, La Rochelle, Rochefort, Crazannes, Guéret, Bordeaux, Chambéry, Rennes, Roma, Nueva York, Madrid, Port-la-Nouvelle, Montreal, Trois Rivières y de nuevo Madrid, donde acaba esta aventura vidriada, concretamente en su aeropuerto: «Los aviones son visibles a través de los inmensos ventanales que nos separan de las pistas de despegue. El cemento del suelo exterior está pintado con bandas blancas o amarillas. Los tractores arrastran carros cargados de equipaje. Hay camiones rojos estacionados debajo de los aviones. Los empleados con chaleco amarillo flúo están atareados. Un Airbus circula hacia su zona de despegue. Siete grúas pintadas de rojo y blanco maniobran. ¿Quiénes somos en este extraño anonimato de los lugares y de las vidas listas para el despegue?».
   En Ventanas al mundo hay un tiempo de examen infinito. Cualquier gesto o acción humana observada tras un parabrisas o el escaparate de una cafetería sirve para exponer sensaciones a menudo perturbadoras, escenas de repulsión a la banalidad, la alienación y la hipocresía. Hay un ojo solitario y analítico que enferma viendo cómo millones de hombres y mujeres solamente cumplen una rutina, se han olvidado de la verdadera superación, de ser héroes, en una caída inevitable hacia la anestesia.
   Hopper se ha reencarnado en un francés que escribe sobre la belleza más amarga.

LEÍDO: “Estaciones de invierno” de Adrián Bernal




   Aliento visionario, alquimia jazzística, herejía mediterránea, política dub, intuición juvenil, utopía medicinal, conciencia de viaje. Todo esto reunido en un manual de resistencia en cuya portada aparece el perfil de un punki con la cresta de una máquina de escribir. ¿O es al revés?
   El romanticismo siempre será novísimo.

Como los alcohólicos interpretan
las botellas, las noches, los abrazos,
así interpreto blue train cada madrugada.

viernes, 1 de julio de 2016

LEÍDO: "Homenaje debido" de Dionisia García

   Cómo agradezco a veces el ensayo literario sencillo, caprichoso, aprendido del estilo de Zweig, Emil Ludwig o André Maurois, elaborado desde la sabiduría y la experiencia bien digerida. Leo tanto articulismo y ensayismo rompecabezas, pseudomoderno, sufrido, obsesionado con el calzador formal y comparativo, que de vez en cuando está bien leer apreciaciones de una escritora que, simplemente, va hacer un repaso vivencial y breve de sus “héroes” letrados. Por los capítulos de Homenaje debido desfilan Horacio, Dulcinea, Machado, Maurois, Ajmátova —casi imposible separación de vida y obra—, Edith Stein —la semblanza más sentida—, Lampedusa —la más ficticia, la más arriesgada—, María Zambrano y Séneca.




   Dionisia García conoce bien el arte de subrayar. Destaco, en las últimas páginas, este pensamiento senequista sobre el uso del alcohol como posible forma cotidiana de la felicidad:

   Algunas copas bebidas más allá de lo necesario… se puede llegar a la embriaguez porque desecha los cuidados, renueva el alma hasta la profundidad y cura, entre otras enfermedades, la tristeza… De ningún modo se debe usar demasiado a menudo por temor a contraer un hábito malo, pero se puede de vez en cuando llevar el alma al placer y a la libertad.

   —Palabra de Anneo.
   —Te alabamos, Lucio.