jueves, 4 de agosto de 2016

LEÍDO: “Las hojas enfermas” de Ramón Crespo

   De Ramón Crespo lo he leído todo excepto el poemario anterior a éste, Días de perro, que ganó el premio Vicente Núñez. Las hojas enfermas también viene con una medalla de considerable grosor: el generoso premio Kutxa Ciudad de Irún.




   Compruebo en seguida que Crespo, educado territorialmente entre los paisajes y las culturas gallega, catalana y andaluza, mantiene una coherencia estética con la naturaleza, tan presente en su palabra. Pero lo vegetal tiene querencia por lo caduco y la naturaleza no es sin la mirada humana. Y ahí empieza el problema: lo humano implica ya una cantidad tan alta de excremento moral en forma de mentira, injusticia y enfrentamiento que el poeta no puede escalar esa asquerosa montaña. ¿Qué debe hacer, entonces?, ¿huir?, ¿resignarse?, ¿bajar la cabeza?, ¿refugiarse en un dorado conformismo artístico?
   La respuesta, creo, es que no hay respuesta. Debemos escribir para atrapar, sarcásticamente, esa certidumbre del caos entre lo escrito.
   Ya en el primer poema aparecen unos pájaros, la lluvia, el aire y unas hojas, solo que están muertas. Y hay un cuerpo, unos ojos, un crimen y un amor. Las hojas enfermas no es un canto alegre, pero tampoco es un camino único hacia el abismo de la depresión. Es, más bien, un canto dolorido, a modo de aviso. En esa manifestación, que alerta de nuestro avanzado estado agónico, hay versos en pie con pancartas que exhiben significados únicos, tan explosivos como cuando se concibieron: amor, bondad, justicia, orden, calma, luz.
   El banquete del tiempo no va tener fin, así que habrá que caminar hacia esa gracia espiritual primitiva para que la sociedad pueda seguir siendo manjar abundante y nuestra energía pueda ser del más bajo consumo posible.
   Un giro individual y colectivo costosísimo, casi improbable. De ahí que Ramón Crespo escriba poemas como éste:


AL CABO

Haber comprendido algo, ni siquiera lo más importante:
la visita del sueño y su caricia, y el daño que nos deja.
El centro reúne lo concreto y lo disperso.
La amistad como un frágil pilar que soporta el vaivén de los días
y se hace necesaria,
como la nieve que va manoseando el mundo,
y esas hojas que se levantan, en torno a un fuego
que crece y las devora.

Y miras el canal construido con materiales duraderos,
hierro y arena, y la destreza del hombre para encerrar sus aguas.
Y no sabes qué otra fuerza puede compararse
a esta fuerza que quiere calmar el viento,
las sombras que se levantan, a cada paso,
y ciegan el camino.

Nada iguala a la bondad, ni siquiera el sacrificio
que busca siempre una prueba.

La inteligencia, dices. Qué pobre a su lado.

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