domingo, 15 de octubre de 2017

LEÍDO: “Dos mil noventa y seis” de Ginés Sánchez

   A la cuarta novela, el autor pega un volantazo narrativo y se aparta de las oscuridades urbanas contemporáneas para abordar un espacio y un tiempo distópico del que es imposible, sobre todo al principio, no acordarse de La carretera de Cormac McCarthy o, entre otras, de la estética Mad Max de George Miller.




   Aquí la forma y el lenguaje reclaman tanto la atención como el agua que buscan desesperadamente los personajes. Ginés Sánchez se esfuerza por conseguir una obra original estilizando los sentimientos, emociones e ideas de hombres y mujeres que reviven, sin saberlo, un futuro primitivo:

   Soy Andera. Cuando nací, así me lo contaron, la tribu entera vino a asomarse a mis ojos. Nunca habían visto unos ojos como los míos. No faltó quien dijera que aquella era una mala señal.
   No faltó quien lo dijera y sin embargo viví.
   ¿No me veis?
   Cada cual tiene su maldición. Yo tuve la mía.
   Pero tened calma. Decidme qué queréis saber.
   ¿Acaso es que queréis saberlo todo?
   No. Eso no es posible.
   ¿Acaso lo sé yo todo?  


         Aplaudo esta actitud y predisposición creativa. Además, despierta la curiosidad de saber qué rumbo estético tomará en su próxima publicación.

LEÍDO: “Amar la herida” de Carmen Juan

   A pesar de los avances legales, la dura historia de señalamiento, rechazo, discriminación y agresión continua a niñas lesbianas en los colegios, ese atropello, esa desgarradura ante el tabú, esa indefensión contra el peso moralista, se puede seguir cantando desde el recuerdo y desde el trauma, creando un testimonio valiente que viaje de la furia a la belleza.




II

Fuimos niñas que no sabían no podían no querían.

Jugábamos a deformarnos.
A ser el bicho. Arrastrábamos
el uniforme por las paredes recién encaladas,
las palmas, las mejillas por las paredes recién
encaladas, como lagartos, para volver a la fila
ropas blancas, manos blancas, caras blancas
para
escucharlas escupir mira, es el bicho, mira.

Las niñas niñas nos miraban de reojo.
Que no te roce, que no te toque.
Que no
te contagie.

LEÍDO: “Interregno” de Enrique Morales

Te revelaré estas criaturas:

Una, que te matará,
Otra, que te hablará
Y la última, que te salvará

   Como ocurre con la Filosofía, entre los poetas hay quienes intentamos crear una manera de mirar el mundo, de recorrerlo, nadarlo, volarlo, y luego hay otros, poquísimos en número si los comparamos con el resto, que proponen un sistema teórico-creativo que le da la vuelta por completo al dibujo de la realidad:

Primera criatura
Insepultos brazos, insepultos cuellos, insepultas manos, insepulta sepultura: dedos, tórax, ojos, pelvis. El reflejo de un cáliz o una copa o un vaso sobre la madera el reflejo. Vengo a decirte, padre, nuestra muerte. Acaricia su matriz nuestro recuerdo en el telar. Reconóceme nicho de mí mismo.




   En Interregno el joven, discreto e inteligentísimo Enrique Morales concibe un sistema antropológico de lírica paralela, demuestra ser de esa tendencia poética extraordinaria y, por inercia, marginal, que tiene entre su primera división histórica al recién fallecido John Ashbery, Valéry, Mallarmé, Ungaretti o, en español, a José Lezama Lima, Pedro Casariego Córdoba, José Miguel Ullán o, por momentos, Alejandra Pizarnik:

Los huesos no hacen Canción.

   Pero no estaría diciendo del todo la verdad si no dijera que lo que más me enorgullece de que Interregno haya ganado el XIII Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande 2017 es que Enrique Morales fue alumno mío en 1º de la ESO, cuando yo impartía clase en el IES Alborán de Almería, allá por 2003. Catorce años después cuento con su admiración y su respeto, y puedo leer versos suyos como éste:

Hay un Dios, por consiguiente, un lugar en la mesa.

sábado, 7 de octubre de 2017

LEÍDO: “El silencio” de Saúl Suane


LA MAREA

Hace tiempo que el agua guarda un profundo silencio.
He visitado la marea en la noche,
y las olas no dijeron nada.
Quizás guardan un terrible secreto,
o tal vez dejé de hacer preguntas.
¿Debo volver mi cuerpo hecho interrogación
hacia el cielo o la tierra,
o debo dejar ir todo cuanto
la marea fue dejando en mi orilla?



domingo, 1 de octubre de 2017

LEÍDO: “La atadura” de Vanessa Duriès

   Si de libros se trata, no creo en manuales para explorar los placeres sexuales del ser humano. Soy más de encontrar riqueza, análisis y conocimiento a través de la ficción y la experimentación literaria. Es la gran ventaja de la creación, donde el lector interactúa con el autor, en comparación con la erudición, donde no existe un camino de ida y vuelta en el juego de comunicarse.




   Así, llegó a mis manos esta joya del sadomasoquismo escrita por una joven narradora francesa que murió en un trágico accidente de coche a los veintiún años, dejando esta novela como único legado y contribuyendo más aún a la mitología del “castigo moral” que merecen ciertas desviaciones eróticas.
   Jamás me ha interesado el sadomasoquismo y, sin embargo, consiguió ponerme cachondo en cinco o seis escenas. Un diez a Vanessa Duriès, flor extraña, diamante en el légamo de las pasiones.


   «Cuando a lo largo de sesiones muy duras me empuja hasta el paroxismo del agotamiento y del dolor físico, llevándome al borde de la ruptura psicológica, me basta con mirarle para constatar su placer y centuplicar mis fuerzas. Hay algo muy obvio que quienes no han sido iniciados en este universo marginal y mágico ignoran: el amo nunca es quien la gente cree que es. El amo se halla en una situación de absoluta dependencia con respecto a su esclavo. En realidad, el amo es el esclavo del esclavo, pues depende de que éste acepte someterse a las sevicias que lo excitan. Cuando uno llega a comprender esta realidad paradójica, ya no tiene por qué avergonzarse de ser esclavo. Al contrario: debido al sutil juego de las relaciones de dependencia, el esclavo puede ser quien ostente el auténtico poder en la relación sadomasoquista».

miércoles, 27 de septiembre de 2017

LEÍDO: "Huye sin mirar atrás" de Luis Leante


   Al día siguiente, como había dicho mamá, se presentó el tal Carlos en casa con una maleta y una mochila de lona, de las retro, y a mí se me vino el mundo encima. Era un tío cachas. Se le notaban los músculos bajo una camiseta ceñida muy guapa. Llevaba poca ropa para el frío que hacía, como si viniera de un país tropical. No se puede decir que fuera feo, aunque tampoco era un modelo de revista de moda. Joven no era, porque le calculé unos cuarenta años o un poco más. Si le preguntaras a mamá, te diría que eso es ser joven, pero lo dice porque ya superó la frontera de los cuarenta y se hace ilusiones de que todavía es joven.



viernes, 15 de septiembre de 2017

LEÍDO: “Guía de viajeros” de Miguel Vega

   Cuando uno creía que la literatura, y en concreto la lírica, ya no tenía capacidad de relumbrar exhibiendo el placer fundamental del turismo, llega otro poeta andaluz, sin hacer demasiado ruido, a demostrarnos que todavía queda alguna grieta imperceptible por la que cantar al viaje como arte mágico, como nacimiento y crecida, como vita nuova tras un instante de convulsión al contemplar detalles del paisaje humano en un país extranjero.




JOVEN, DESCONOCIDA, POETA RUSA

En la plaza de las Artes,
amparados por la romántica efigie de Pushkin
—bronce que parece declamar sus poemas,
con el brazo derecho extendido
y el faldón de la levita removido por el viento—,
numerosos y variopintos participantes concurrían a un certamen
de poesía recitada ante el público que ocupaba la plaza
y un jurado que había establecido su mesa frente al monumento.
Las intervenciones tenían que ser necesariamente breves
y los propios poetas se presentaban y leían su poema
aproximándose en orden a un micrófono.
Sonaba bien la lengua rusa en esas variadas lecturas
a cargo de jóvenes con bolsa colgada al hombro,
señoras maduras con vestidos de flores estampadas,
bohemios obesos de pañuelo al cuello y sombrero de paja,
adolescentes rubios con bermudas…
De inmediato, mi mirada voló hasta una jovencita
muy hermosa y bien vestida que aguardaba en la fila.
Decidí esperar hasta que llegara su turno;
deseaba con innegable desazón escuchar su voz,
su acento eslavo modulando la melodía de su texto.

Leyó la composición con voz frágil,
como frágil era su belleza, su figura delgada,
su rostro adolescente de larga cabellera trigueña.
Me marché después de su intervención,
conmovido por el tono de sus incomprensibles palabras rusas.
y por la sutileza de su hermosura.
Ignoro si logró algún premio del jurado,
o si habrá publicado algunos versos;
en la fotografía que conservo de aquella tarde
para mí no podrá ser de ninguna otra,
sino la joven, desconocida, poeta de San Petersburgo.

LEÍDO: “Mantente firme” de Kate Tempest


COMO NOSOTROS DETRÁS DE LOS DINOSAURIOS

Cualquiera que nos suceda
buscará huellas en las hondonadas,
y recompondrá los pedazos de nuestros hábitos
gracias a internet.

Un smartphone fosilizado se protegerá tras un cristal
para que los nuevos jóvenes vaguen por el pasado en viajes escolares
mientras bostezan.



jueves, 14 de septiembre de 2017

LEÍDO: “Hijo” de Raúl Quinto

   Como supongo que les pasaría a no pocos lectores de este libro, el inmediato prejuicio sobre Hijo, más allá de su atractiva portada, era el de una mueca por lo previsible del asunto: la paternidad da un volantazo a nuestra visión de la existencia y el autor va a poetizar en prosa sentimientos que le deslumbran, aunque sean tan antiguos como universales. Algo así como escribir sobre lo dura que es la pérdida de un ser querido o el tránsito hacia la alegría de un traumático divorcio. Hay millones de textos sobre el tema, de todos los colores y categorías.
   Y sí, de alguna manera, es eso, pero, si estamos hablando de Raúl Quinto, era obvio que a los siete segundos ese prejuicio se iba a disolver, que ese asunto sería utilizado solamente como germen de un breve tratado filosófico de la sangre, como pretexto brindado de natura, motor que ruge alegre desplegando metalenguaje de Jabugo, es decir, metavida.




   Copio mi fragmento favorito:

   […] Mira cómo apoya los nudillos de las manos en el suelo para tomar impulso al caminar, cómo se sube a un árbol para braquiar de rama a rama mientras la luz se filtra verde entre la espesura. Millones de soles atrás. En la profundidad de lo no dicho, hasta llegar a una célula en el agua y al misterio del día anterior.
   La sangre de mi hijo es la refutación de la nada. La posibilidad de Dios y del lenguaje, que al fin y al cabo son lo mismo. Mi hijo nació cansado porque venía caminando desde el principio de los tiempos.

sábado, 5 de agosto de 2017

LEÍDO: “Otro tiempo” de W. H. Auden



DI, ¿CÓMO ES EL AMOR?

El amor es un niño, dicen unos;
              otros, que es un pájaro.
Que hace girar al mundo dicen unos;
              otros, que ni pensarlo.
Le fui con la pregunta a mi vecino,
              supuestamente al día.
Su mujer se enfadó mucho y me dijo
              que no me serviría.

         ¿Se parece a un pijama, o al jamón
         de clínicas de reposo?
         ¿Tiene un olor a llama del Perú,
         o un aroma suave?
         ¿Rasca al acariciarlo como un seto,
         o es como un edredón?
         ¿Tienes los bordes suaves, o afilados?
         Di, ¿cómo es el amor?

Nuestros libros de historia lo mencionan
              en breves, raros párrafos,
y es ya un lugar común entre las cosas
              que ocurren en los barcos;
he visto referencias al asunto
              en casos de suicidio.
Lo he visto, incluso, escrito en la cubierta
              de las guías de tren.

         ¿Aúlla como un perro de pastor,
         o es marcha militar?
         ¿Puede hacerse una fiel imitación
         con sierra o Steinway Grand?
         ¿Tiene éxito cantando en la reunión?
         ¿Le va sólo la clásica?
         ¿Lo deja cuando uno quiere calma?
         Di, ¿cómo es el amor?

He mirado en la casa de verano
              y allí no ha estado nunca;
en el río a su paso por Virginia
              y al sano aire de Brighton.
No entendí lo que allí cantaba el mirlo
              o el tulipán decía,
pero no lo encontré en el gallinero,
              ni debajo de la cama.

         ¿Sabe poner facciones increíbles?
         ¿Le marea el columpio?
         ¿Se pasa el tiempo yendo a las carreras,
         o juega a anudar cabos?
         ¿Tiene su propia idea del dinero?
         ¿Le harta el patriotismo?
         ¿Cuenta cosas vulgares con encanto?
         Di, ¿cómo es el amor?

         Cuando llegue, ¿lo hará sin avisar
         mientras me meto un dedo en la nariz?
         ¿Me llamará a la puerta una mañana,
         me pisará en la calle?
         ¿Llegará como a veces cambia el clima?
         ¿Será cortés, o no?
         ¿Va a revolucionar toda mi vida?
         Di, ¿cómo es el amor?


Traducción: Álvaro García 

viernes, 4 de agosto de 2017

LEÍDO: “La lucidez del alba desvelada” de Santiago Montobbio

   Lejos de reducir la extensión de sus libros de poemas, Montobbio vuelve a la carga con doscientas diecisiete páginas. Para más inri, todos los poemas que incluye son de amor. He echado una ojeada a los poemarios que se han publicado en España durante 2017 y hay bastantes que sostienen ese canto tan antiguo a la primera de las pasiones. Me pregunto si hay una vuelta al género amoroso en mi país. ¿No era ya prácticamente imposible cantarle al amor entre la podredumbre europea? Debe de ser que, como escribe el autor barcelonés, «Vivir es sólo estar herido».




Adiós a ti, a la poesía y a los libros.
Adiós incluso al olvido. Adiós
al incluso. Incluido a mí mismo.
Adiós digo, y en el amor
aún te persigo. Sobre
tu recuerdo no puedo
dejar de ser rocío.

LEÍDO: “Albertine” de Anne Carson

   Conforme conozco más especies entre el gran bosque de la poesía canadiense contemporánea —equivale este asombro a la estadounidense—, más ganas siento de embarrarme en los campos que sigue abriendo hoy la lengua inglesa, más allá de las catedrales literarias levantadas durante siglos, desde Hamlet a Hojas de hierba, La tierra baldía o Antología de Spoon River, por mencionar sólo cuatro hitos.
   Albertine es un cuaderno de ejercicios que Anne Carson decide escribir alrededor del personaje más mencionado de En busca del tiempo perdido tras la brutal experiencia de leer la obra de Marcel Proust:

         […] hacer estas listas es la mejor diversión que tendrás una vez que te internes en el desierto de la Vida después de Proust.

   Es una sucesión de cincuenta y nueve apuntes en prosa aparentemente anodinos, pero obsesivos, con citas, listas cabales, seductoras enumeraciones, agudos chascarrillos, reflexiones burlescas contra el concepto dogmático de alta literatura, imágenes lingüísticas, iluminaciones intertextuales, ideas soltadas a propósito con vaguedad con pinceladas de genialidad, que finaliza con una selección de dieciséis apéndices, redondeando de la mejor forma este inteligente libro de poética fragmentada o ensayismo tan despedazado como inquieto. Un ejemplo:




APÉNDICE 29 SOBRE LOS KIMONOS

El conocimiento de otra persona es insoportable. Los kimonos japoneses estuvieron de moda en el París de los años veinte. Habían sido rediseñados para el mercado europeo, con menos manga y más bolsillo. Albertine guarda todas sus cartas en el bolsillo del kimono que, justo antes de dormirse, arroja despreocupadamente sobre una silla en el cuarto de Marcel. La verdad acerca de Albertine está así de cerca. Marcel no investiga. El conocimiento de una persona es insoportable.


   Mucho que aprender de esta experiencia canadiense, desde luego.
   Y para rematar, el vacile con el que se presenta la biografía de la autora en la solapa del libro: «Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo».
   ¿Qué sentido tendría añadir algo más?
   A sus pies, señora Carson.


Traducción: Jorge Esquinca

LEÍDO: “Cabalgar en las alas de la tormenta” de Efraín Bartolomé

   El poema es llama histórica; es cuerpo, cuchillo redondo; su lenguaje es saliva, leche, miel, caldo que nos humedece la carne erecta y entra en contacto con labios, dedos, vientres, pómulos, costillas, bocas, pie, corazón, caderas, pezones; el cuerpo que después mira a las estrellas, donde la noche, la ceniza, donde los ángeles, las sombras, los vientos y las lluvias vuelven a iniciar el ciclo del fuego y la humedad.
   Partiendo de que uno de los temas más peligrosos que existen para ser tratados en la creación literaria es el amoroso, en esta antología que recoge versos de los poemarios Música solar, Cuadernos contra el ángel, Música lunar, Canto para la joven concubina, Partes un verso a la mitad y sangra, Ojo de jaguar, El son y el viento y Avellanas, Efraín Bartolomé no tiene ningún miedo a bañarse y nadar inagotablemente en el amor bajo la eterna mirada de La Diosa. Por eso mismo no es de extrañar que Cabalgar en las alas de la tormenta esté prologado por Soren Peñalver, uno de sus posibles homólogos mediterráneos, al menos en la manera de sentir espiritualmente este mundo.




   ¿Es Efraín el último hippie salido hispanoamericano? Por momentos parece un primo segundo de Jerry García que colaboró en algunas letras de los comienzos de The Grateful Dead para abandonarse después a la escritura de lleno. ¿Es Efraín el último poeta de la mística erótica mexicana? Precisamente el último pequeño poema de este libro habla y me deja callado, preparado para aplaudir:

MUJER

Viajar en ti
quiere decir
quedarse.

jueves, 3 de agosto de 2017

LEÍDO: “La flor azul” de Luis Alberto de Cuenca

   Aunque sea uno de los autores más conocidos de la poesía española y sus seguidores no necesiten admirar lo ya leído con casi total seguridad, siempre es una buena noticia que se publique una antología del autor de La caja de plata y El hacha y la rosa, más aún si lleva un prólogo de Antonio Marín Albalate, y sobre todo —la joya de esta edición en Raspabook— un DVD que contiene una entrevista realizada por el mismo prologuista y un recital de Luis Alberto en la intimidad de su casa madrileña.
   Copio aquí un poema que pertenece a Por fuertes y fronteras y que da título a la antología. Muy bien escogido el título, por cierto, muy representativo de la totalidad de la obra “cuenquista”.




LA FLOR AZUL

Dónde la flor azul. En qué ladera
de la montaña crece o en qué calle
de la ciudad asoma su corola,
hecha de mar y cielo despejado
y pétalos de eterna juventud.
Dónde la flor azul que habla el idioma
primeval del amor y del coraje
y que cura la alergia de estar vivo.
«Al país de la rama de oro donde el pájaro
azul se posa, más allá de fuertes
y fronteras, habrás de ir a buscarla»,
dijo mi madre antes de morir. 

LEÍDO: “Maleza viva” de Gema Pellicer

   La frontera entre microrrelato, aforismo y poema en prosa es eso precisamente: una frontera, una especie de cuerda donde el acróbata que escribe se la juega en cada microsegundo, gesto, palabra, avance, giro… Mucho cálculo logrado tendría que haber hecho Gemma Pellicer para que los noventa y seis textos de Maleza viva nos dejaran exhaustos de emoción tras la función de la atleta circense. Hay frialdad, tibieza, momentos con más o menos fuste, y hay hallazgos de una precisión plausible.




   HOMBRE LOBO

   Ese tipo de ahí sentado al ordenador con pinta de pocos amigos, ese que viste gorra de visera calada hasta las cejas, de aspecto serio y sumamente concentrado, lleva más de una hora volcado sobre sí mismo para mejor hablarte, para mejor escribirte y leerte, para mejor olerte. Si te fijas bien, ese tío que parece ir a lo suyo y no estar para nadie eres tú. 

LEÍDO: “Los días humillados” de Rubén Castillo

   Al esquema trágico de esta novela le vendría como anillo al dedo, creo, una buena adaptación al teatro. Ojalá pudiese tomar nota algún productor dramático, porque en Los días humillados hay una voz narrativa que serviría de acotación para pautar los detalles de las descripciones y la fluidez de la trama, hay monólogos en letra cursiva con enjundia, abundancia de diálogo y mucho de Sartre y de Sastre en el ambiente, por aquello de la claustrofobia, la angustia tan propia del francés y la simpatía abertzale del dramaturgo comunista madrileño.
   Eso es lo primero que pensé cuando vi que había un triángulo de personajes en escena (Julen y Patxi, dos secuestradores etarras y un empresario vasco secuestrado, José María/Txema) e Idoia, la cuarta presencia invisible y anunciada hasta el final, que aumenta a cada segundo la desesperación en el zulo (decorado) que habita la víctima.




   La calidad de la obra es alta, a lo que nos tiene acostumbrados la narrativa de Rubén Castillo: acción, reflexión y tensión en perfecto equilibrio. Eso sí, quisiera preguntarle al autor —lo haré cuando se me dé la oportunidad de estar frente a él con una cerveza en la mano— que cuándo la escribió, si fue hace poco o hace mucho, porque no siempre —prácticamente nunca— el tiempo de cierre de escritura de una novela va parejo al de su publicación. Los días humillados ha coincidido en el tiempo con una ola literaria que en los dos últimos años coloca a ETA como fondo argumental: numerosos ensayos, El comensal de Gabriela Ybarra, La casa de los sordos del estadounidense Lamar Herriny o Patria de Fernando Aramburu, de éxito arrollador y aún vigente. ¿Esta circunstancia será beneficiosa o perjudicial para que la chispa de esta novela también prenda? Yo apostaría por una reedición en una casa editorial ambiciosa, pero the answer, my friend, is blowin’ in the wind.

LEÍDO: "Abrir en prosa" de Eduardo Chirinos

   No llegué a conocer en persona a Eduardo Chirinos. Íbamos a ir a verlo desde Almería a Granada, donde daba un recital. Un par de amigos y yo teníamos preparado el desplazamiento, pero un asunto laboral echó por tierra el plan. Me quedé con las ganas. Había leído con entusiasmo su excelente Breve historia de la música, le había publicado unos cuantos poemas en la revista El coloquio de los perros, nos habíamos carteado varias veces y él me había enviado desde Missoula su miscelánea Los largos oficios inservibles. Llevaba el magisterio en las venas y, aparte de un excelente poeta, transmitía una energía especial a la hora de escribir prosa crítica y crónicas de anécdotas y conversaciones con insignes contemporáneos.
   Ahora que Eduardo no está entre nosotros cae en mis manos este diamante publicado por la editorial Visor, que está ofreciendo en su colección de ensayo maravillas a la altura de ésta.




   Aquí Chirinos disecciona de manera extraordinaria el poema ‘A Roosevelt’ de Rubén Darío; profundiza en Altazor de Vicente Huidobro, cruzando en su análisis al creacionista chileno, por arte de brujería universitaria y universal, con Heidegger, Trilce o Slavoj Žižek. Nos entrega reflexiones de auténtico malabarismo académico en las lecturas que hace de otro poeta chileno, David Rosenmann-Taub, de los argentinos Olga Orozco y Juan Gelman, los peruanos Carlos Oquendo de Amat y Javier Sologuren, y de Mark Strand, estadounidense que pasó su adolescencia entre Centroamérica y Sudamérica.
   Termina con dos artículos que son una fiesta sabia: ‘Del poema largo y sus alrededores’, en el que repasa algunas visiones y extensiones de Derek Walcott, Octavio Paz, William Carlos Williams, Neruda, Lezama o Gorostiza —volviendo continuamente, cómo no, a Altazor— y ‘Cuando el cuerpo y el papel hablan’, donde pone el acento en el peso filosófico sobre el que se inspira la “versura” de caligramas de Apollinaire o Jorge Eduardo Eielson, así como la expansión sonora en textos de Alfredo Mario Ferreiro o Carlos Germán Belli.
   Crema fina para los que gusten de otras maneras de estudiar el verso americano.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LEÍDO: “Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas” de Abel Santos

   Este libro es una redención a través de la poesía. Como Jano, dios de las puertas, los comienzos y los finales, Abel Santos ha decidido echar la cerradura al rostro de la droga y el alcohol, la cara negra de un pasado entregado al blues, al jazz y al rock and roll, haciendo un gran descubrimiento: esa misma música, la vida, su vida, puede comenzar a caminar en otra dirección, portando, además, una mochila con utilísimas herramientas que sólo han podido ser compradas en un infierno pasado.

Me ha llevado cerca de siete años
darme cuenta de la situación:

la puerta que te lleva a una especie de salud,
en el centro de adicción a sustancias,
sólo se abre desde dentro.

   Ahora se aprende de otra manera la enseñanza mágica de Julio Cortázar; ahora se asumen los versos de Roberto Juarroz tiritando en mitad de un cuento de invierno: «Imaginar una lámpara hasta encenderla»; ahora ya no se ha de llorar por el conocimiento, todo lo contrario; ahora ya no querremos ser más cristal, tampoco martillo; ahora se debe escuchar a Armstrong, Chet Baker, Diego Vasallo, Charlie Parker, Loquillo, Sinatra y Chopin amando; admirar a Mark Strand, Gracián, Gil de Biedma, Bukowski, Neruda, Roger Wolfe o Lord Byron sin arrodillarse. El precipicio puede esperar, porque «sólo tú eres / las mejores vistas / de Barcelona».




   Abel Santos ha resucitado y ha logrado que el diablo no termine de escribir el tercer 6 en el libro de su autodestrucción. Y cualquiera que haya leído este poema se alegrará de lo que acabo de decir:


CUALQUIER NOCHE LOS GATOS

Como el gato blanco de la calle
se cree que es doméstico
y que la ciudad
es su casa y su alimento,
yo antes cerraba
todos los bares.

Como todo animal perdido
buscaba un lugar limpio y tranquilo.

Cuando ahora suena
la canción de cierre
es porque me invitan,
amablemente,
a volver mañana
a la biblioteca.

martes, 1 de agosto de 2017

LEÍDO: "El viaje prodigioso" de Manuel Leguineche y Mª Antonia Velasco

   La primera cruzada se produjo diez siglos atrás. Los cristianos rasgaron la tela del mapa europeo, del nordeste africano y del próximo Oriente, haciendo estallar una función de teatro gigantesca y alargada en cuanto a actitudes apasionadas, creencias, ferocidad, fenómenos “milagrosos” y un sinfín de guerras con el nombre de Dios por estandarte. Lo desgraciado del asunto es que esa violenta teatralidad avanzó demasiado durante la Edad Media. El reporterismo ficticio de Manuel Leguineche y la mano novelística de Mª Antonia Velasco nos narran que, a su paso, esa primera cruzada transformaba en real los ríos de sangre, las enfermedades, las hambrunas, la miseria que puede estirar al máximo la ambición y la locura de los hombres.




   ¿Al máximo? Me da a mí que no. El papa Urbano II invitó a la conquista de los Santos Lugares y, con el protagonismo de personajes como Tancredo, Godofredo, Balduino, Alejo, Raymundo, Bohemundo o Ademaro, durante nueve siglos miles de familias y soldados cristianos, un apabullante ejército popular, ocuparon Nicea, Antioquía, Edesa, Trípoli, Damasco… Y llegaron a Jerusalén al grito de “¡Dios lo quiere! ¡Matadlos a todos!”, dejando la ciudad completamente vacía de judíos y musulmanes.
   Las cruzadas se sustentan en la religión, en su repugnante mascarada.
   Pregunta retórica: ¿quién dudaría de que los fantasmas históricos del sultán Kilij Arslan, de los emires Yaghi-Siyan y Kerbogá, del gobernador Iftikar, del príncipe Ridwan o del visir Al-Afdal colorean hoy la bandera negra del Estado Islámico?

sábado, 22 de julio de 2017

RELEÍDO: "Hijos de la ira" de Dámaso Alonso

   Libro de cabecera para releer y releer y releer y releer…




MUJER CON ALCUZA

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro, por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos
/del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y remejía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan
     /extrañas flores encendidas.
Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella   
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que, al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso
   /que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
   /el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
    /innumerables margaritas, blancas cual su alegría
/infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo
    /de amar a Dios y esa voluntad de minutos
    /en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
sólo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio
    /cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas
    /bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados
    /a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que
    /en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con un ansia turbia, de bajar ella también,
    /de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos
    /inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iba cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos
    /a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla
    /un instante en las sombras,
algún chillido como un limón agrio que pone
    /amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Sólo la velocidad,
sólo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
sólo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola, 
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola, y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como
   /el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con
   /delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o
   /un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo
    /de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada
   /fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan
   /los pájaros?