sábado, 22 de julio de 2017

RELEÍDO: "Hijos de la ira" de Dámaso Alonso

   Libro de cabecera para releer y releer y releer y releer…




MUJER CON ALCUZA

¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro, por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos
/del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y remejía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan
     /extrañas flores encendidas.
Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella   
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que, al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso
   /que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
   /el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran
    /innumerables margaritas, blancas cual su alegría
/infantil en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo
    /de amar a Dios y esa voluntad de minutos
    /en sucesión que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
sólo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio
    /cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas
    /bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados
    /a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que
    /en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con un ansia turbia, de bajar ella también,
    /de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos
    /inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iba cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos
    /a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla
    /un instante en las sombras,
algún chillido como un limón agrio que pone
    /amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Sólo la velocidad,
sólo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
sólo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola, 
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola, y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como
   /el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con
   /delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o
   /un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo
    /de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada
   /fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan
   /los pájaros?

RELEÍDO: "El escarabajo de oro" de Edgar Allan Poe

   La novela policíaca vivió una explosión de éxito comercial que se mantuvo pujante hasta más de la mitad del siglo XX. Los lectores actuales asiduos a este género suelen afirmar que la novela policíaca es el ejercicio de lectura más inteligente. Se presta a discrepar de inmediato esta afirmación, pero puedo comprender por qué lo dicen, así que no me meteré en ese jardín.
   Eso sí. Siempre que releo El escarabajo de oro o cualquier relato detectivesco de Poe, me salta una pregunta de inquisición histórica: ¿con quién empieza realmente el género policial? Arthur Conan Doyle llegó a preguntar con ocasión del centenario de Poe, su héroe de infancia, en una cena conmemorativa en Londres: «¿Dónde estaba la narración detectivesca antes de que Poe le insuflara el aliento de la vida?». Aun así, me resisto a creer que popularmente (y no oficialmente) el género naciese en Filadelfia, Pennsylvania, en abril de 1841, con la aparición de ‘Los crímenes de la calle Morgue’ en el Graham’s Magazine.
   García Pavón, por otro lado, decía que cuando se leen esas historias eruditas acerca del origen de la novela policíaca se llega a la conclusión de que Sherlock Holmes es un producto muy posterior en la galería de los detectives inventados a pluma.
   En definitiva, antes de Sherlock Holmes todo fueron tentativas y aproximaciones. Con él empieza de verdad el género.




   Sin embargo, no terminan los elogios a Poe. Pienso en el cálido y sorprendente homenaje que recibió póstumamente en un cuento del mismísimo John Dickson Carr, uno de los grandes del género, titulado ‘Un caballero de París’. Poe encarna, por supuesto, a un personaje misterioso, alcohólico, que aparece y desaparece de un día para otro, pero que siempre se encuentra con el protagonista Lafayette en una taberna de Broadway. Será él mismo (Thaddeus Perley, así se llama en este breve relato) quien resuelva el caso sin apenas moverse de una mesa arrinconada de la taberna. El asunto en cuestión acarrea consigo un segundo homenaje, pues se trata de averiguar dónde se halla un documento (testamento) de suma importancia para Lafayette, el cual se rompe la cabeza en busca de esos papeles sin conseguir nada. Pero la tremenda complicación que para este último y los demás personajes supone el hallazgo del documento se convierte para Thaddeus Perley en una demostración de lo más sencillo. Observamos entonces una evidente semejanza con la trama del tercer cuento detectivesco de la trilogía dupiniana, ‘La carta robada’, donde el bosque tapa los ojos a la policía sin que pueda ver el árbol.
   El elogio, que John Dickson Carr deja contratado al maestro del enigma se imprime de forma gráfica al finalizar el relato:

“por una botella del mejor brandy 45 centavos”
(firmado: Edgar Allan Poe)

   Hay otro dato anecdótico: la similitud que existe entre el apellido del personaje que encarna a Poe en el relato (Perley) y el pseudónimo que este mismo en la vida real quiso que le pusieran (Perry) cuando se alistó a la marina y fue destinado a la isla de Sullivan, de la que más adelante realizaría una vívida descripción en uno de los cuentos de misterio más logrados de su carrera literaria, ni más ni menos que El escarabajo de oro.

viernes, 21 de julio de 2017

LEÍDO: "Edificio del recuerdo" de María Teresa Cervantes




   Aunque el grosor de este libro se deba tener en cuenta, me ha perseguido el entusiasmo desde la primera a la última página. La infancia con Papá Pencho —familiar que proyecta sabiduría e inspira tanta ternura—, Tío Vicente o el abuelo Andrés; la invasión de los nuevos ricos de la posguerra; los días felices en la ciudad de Murcia; los primeros contactos con la muerte; la figura del padre, del que dice que, «a pesar de haber sido inteligente, no era hombre de hondos pensamientos»; el descubrimiento de la fe, tan apegado al temor; la vigilancia continua del pasado y el rostro de la soledad; la panorámica de escritores y artistas locales que conoció tan enigmáticos como Mariano Pascual de Riquelme, Agustín Meseguer, Vicente Ros, Ramón Alonso Luzzy, Nicomedes Gómez, Alberto Colao, María Cegarra, Asensio Sáez; la de los mismos perfiles en sus estancias francesa y alemana; el relámpago maravilloso y destructor que fue el conocimiento de V. Christoff; la vuelta a Cartagena con la maleta de la universalidad ya siempre dispuesta. Todo ello conforma el monumento memorial de esta poeta tan valiente. La admiro.

RELEÍDO: "Liturgia de las horas" de Javier Asiáin




SILENCIAR la palabra
hasta hacer del espíritu
vida y abismo
Igual que mi oración
levanta de la tierra
la lepra de los muertos

LEÍDO/MIRADO: "El sueño de México" de Ramón de España y Bartolomé Seguí




   El hecho de no ser aficionado al cómic hace que mi libertad interpretativa sobre los que decido leer/mirar sea tan virginal como pobre. Solamente diré que al pasar la última página de El sueño de México me ha encantado ese tándem de Ramón de España y Bartolomé Seguí a la hora de narrar literaria y gráficamente la historia del publicista alcohólico Carlos y su amigo desaparecido Óscar. Road-movie negra por el Mediterráneo español en calidad primera clase.

LEÍDO: "2012: la generación del fin del mundo"

   Un revoltijo de textos en verso y prosa de algunos autores de la cantera ordenado por David Moralejo con una excusa tan accidental como burlesca por el supuestamente anunciado fin del mundo que profetizara la civilización maya. De entre todos, destaca mi admirado Alberto Chessa, pero este poema de Isabel Navarro es de quitarse el sombrero:




CAPILLA ARDIENTE

La noche que murió Fernando Fernán Gómez
hicimos el amor en el sofá.
Caminamos cogidos de la mano sobre los adoquines de Juanelo
y nos acercamos excitados al Teatro Español.
Los famosos pululaban en el escenario
y nosotros nos quedábamos en la platea,
esperando,
con la dócil costumbre del espectador.
Un hombre, otro desconocido, como tú y como yo
leyó un poema en una fotocopia.

No escribí nada en el libro de condolencias,
¿qué iba a decir?, ¿qué era feliz?

LEÍDO: "Aproximaciones" de Pedro Redondo Reyes

   Curiosos microensayos lúdicos de literatura comparada que no dejan casi nada sin tocar: internet, el helenismo épico, el concepto de inspiración, el ajedrez, los ángeles, los viajes, la fotografía, la entomología… Micromundos reunidos. Destaco precisamente este párrafo del último capítulo, titulado ‘Bichos’:




   En el mundo nuevo, los hombres están obligados a vivir en los intersticios, a no ser realizados, y por tanto a buscar una explicación inexistente una vez que se ha demostrado que no se alcanzará el objetivo. Una vez aceptado esto, ¿qué queda? ¿Qué es un objeto cuando es manipulado con fines para los que no fue fabricado? ¿No es acaso, en las caricaturas francesas del siglo XIX, una veleta el político que cambia siempre de facción? ¿No es una mosca zumbadora el padre con un negocio de telas arruinado por la incapacidad del mundo? ¿No es, en palabras de Kafka, una locura un escritor que no puede escribir?

RELEÍDO: "En la memoria penitenciaria" de Franz Kafka

   Una maravilla releer este relato largo. Además, lo he hecho en la colección de Alianza 100, donde pude leer a Sartre o Maquiavelo. Dulce y fugaz nostalgia de Alianza 100. Por lo que hoy son sesenta céntimos comprabas joyitas en una edición coqueta que, conforme pasa el tiempo, se está volviendo legendaria.
   Del relato de Kafka no diré nada que no sean estas tres palabras: pequeña obra maestra.



viernes, 14 de julio de 2017

LEÍDO: "Estado de exilio" de Cristina Peri Rossi

   Aunque la autora fabula con la idea de que el exilio sea un género literario, yo pienso que, en efecto, el exilio lo es, al menos en una división temática. Está la literatura erótica, la policíaca, la de viajes, la memorialística… Y, a qué negarlo, la del exilio. Hay muchos ejemplos que desgraciadamente pueden encarnar esta invención.
   Su libro de relatos Cosmoagonías me dejó buenas sensaciones, pero confieso que es el primer libro de poemas que leo de ella, así que no puedo comparar con otros. Ni es tan mediocre como alguien me había advertido, ni es una cima exquisita. Sólo sé que el regusto lector me lo ha vuelto a dejar con sabor agradable, tratando un tema filosóficamente terrible como éste.
   Cristina Peri Rossi cruzó el Atlántico desde Montevideo en un barco italiano con el temor de no poder volver a escribir. Se equivocaba. Vaya que sí.




 XXII

Aquel viejo que limpiaba platos
en una cafetería de Saint-Germain
y de noche
cruzaba el Sena
para subir a su habitación
en un octavo piso
sin ascensor sin baño
ni instalaciones sanitarias
era un matemático uruguayo
que nunca había querido viajar a Europa.

LEÍDO: "Diario de Ithaca" de Miguel Ángel Hernández

   Cuando se publica un nuevo diario de Miguel Ángel Hernández, yo ya llego a él con la lectura hecha, en este caso, con la escucha, ya que este diario fue radiado en el programa literario aragonés Preferiría no hacerlo, cuyas emisiones me descargué de una tacada y escuché de manera continuada durante horas —soy así de bruto y arrebatado cuando algo me interesa—.
   Newcastle es una editorial adecuada para publicar este regalito que es Diario de Ithaca y en cuanto me enteré de su aparición fui a pedirlo a la librería.




   Tras gozarlo con las anécdotas perturbadoras entre aulas norteamericanas, conferencias universitarias, encuentros y desencuentros más o menos “simpáticos” con vecinos, el tortuoso perfeccionamiento del idioma inglés y las sensaciones y reflexiones fugaces que ya vienen siendo habituales en la acelerada prosa diarística de Miguel Ángel, me encuentro con las páginas finales en Nueva York, cuando su amigo Leonardo Cano viene a visitarlo y al cerrar el libro aún guardo con una carcajada el frenesí de la fiesta de pascua con exiliados rusos a la que ambos son invitados de forma improvisada y en la que, al entrar, una señora mayor no para de preguntarles que quiénes son, que quién les ha invitado y qué han venido a hacer allí.
   En fin, una mezcla de humor, exaltaciones varias y mesura melancólica es este diario, como lo fue, en mayor cantidad, el primero, Presente continuo, y como espero que será el siguiente, Aquí y ahora (Diario de escritura), que ya he seguido en la revista Eñe y a la espera estoy de que se publique. Soy fan.

LEÍDO: "Rosas negras" de Ginés Cruz

   No cabe duda de que el episodio más dramático en la historia del siglo XX español es nuestra guerra civil, sus causas y sus consecuencias. Si nos atenemos a las causas, nos situamos en la ciudad de Cartagena —donde se desarrolla esta novela— y acercamos la lupa lectora al barrio del Molinete, encontraremos los dos personajes más novelables de dicha ciudad: una legendaria prostituta, Caridad “La Negra”, y un matón a sueldo, el gitano cuchillero Chipé.
   Ginés Cruz se ha propuesto el reto de narrar en once capítulos y un epílogo la historia de ambos y de todos los otros personajes satélites, reales o ficticios, que circulaban alrededor de esta heroína y este villano locales. Hay descripciones costumbristas claras, apuntes biográficos curiosos, escenas de erotismo y política continuamente encadenadas a un ritmo de acción y diálogo frenético y tenso, como el ambiente que respiraron los que pudieron presenciar la tortura del cuerpo muerto del Chipé.




   Copio un fragmento del instante en que dos enfermeros de la Cruz Roja trasladan lo que queda del Chipé al Hospital de la Caridad:

   —¡Pero Virgen Santa! Lo han matado a palos.
   —No. Morirse se ha muerto de un tiro en la cabeza, no sé de quién. Es después de muerto que lo han linchado.
   —Se han ensañado bien. ¡Si está irreconocible!
   —Es que era muy mala gente. Y eran muchos los que estaban hartos de él.
   —Sí, bueno. Eso y la política. —dijo Jesús, uno de los enfermeros que lo había traído en el coche.
   —¿La política? —preguntó el guardia— ¿Qué tendrá que ver este diablo con la política?
   —Verás, Lorenzo —explicó el de la Cruz Roja encendiéndose un cigarrillo a los pies del cadáver—. A este no lo han linchado por ser un chuloputas, a cualquier otro malhechor, una vez muerto, lo hubieran dejado tranquilo. A este lo han linchado porque era un matón de los potentados de derechas y, siempre que se metía en un lío, tenía padrinos que lo sacaban de él. Si se hubiera conformado con ser un malhechor entre el resto de malhechores nada de esto le hubiera pasado. Pero las gentes del Molinete lo veían como una especie de traidor que jugaba a dos bandas: ante la buena sociedad era temido como matón de los acaudalados. Los que lo han linchado eran de los suyos, mayormente.
   —Pero eso no es política, Jesús —replicó el otro guardia—. La gente pobre no es de derechas ni de izquierdas. Es… pobre.

miércoles, 12 de julio de 2017

Dos poemas de Eugénio de Andrade

   En el marco del quincuagésimo Festival Internacional de Folklore en el Mediterráneo, hoy ha sido la primera jornada de los tres días seguidos de TRASNOCHANDO en el Museo de la Ciudad de Murcia. Los coordinadores, Isabelle García Molina y Soren Peñalver, han propuesto este año una lectura sobre el mar de las migraciones. Tal y como nos han indicado, debíamos escoger un texto propio y otro ajeno. Yo he leído mi poema ‘Playa de Galúa’ de Un fotógrafo ciego y dos poemas breves de Eugénio de Andrade para dejar buen sabor de boca. Los copio aquí. Pertenecen a su libro Oscuro dominio (Hiperión, 2011), traducidos por Blanca Cebollero Otín y Daniel Pelegrín:




DE PASO

Venían al final del día.
Tal vez llamados por el brillo
de los dientes o de las uñas
o de los cristales.

Eran de lejos.
Del mar traían
lo que es del mar: dulzura
y ardor en los ojos fatigados.

Llegaban, bebían
la púrpura de los espejos
y partían.
Sin declinar el nombre.




ARTE DE NAVEGAR

Mira cómo el verano
súbitamente
se hace agua en tu pecho,

y la noche se hace barco,

y mi mano marinero.




sábado, 8 de julio de 2017

LEÍDO: “La galla ciencia” Nº6 (Minoría virgiliana II)

   Creo que a estas alturas nadie puede discutir el lugar privilegiado —ganado a pulso— que ocupa La galla ciencia en el campo de las revistas de poesía del mundo hispanohablante.
   Cuando terminé de leer este número, me dije y les dije —tuve oportunidad de decírselo en persona a Joaquín Baños y a Noelia Illán, dos de los miembros de la cúpula “gallera”— que me parece la mejor selección de todas las que he leído, que se nota lo cómodos que se encuentran como revisteros en el terreno de la “minoría virgiliana” y que veo un acierto que esta entrega tenga un número de páginas medio, no tan extenso como viene siendo habitual. No porque uno esté en contra de volúmenes con selecciones amplias, no, sino porque cuando una revista reduce su selección, se hace más complicada la defensa de la calidad que se va a exhibir. Y en eso, precisamente, es donde veo el gran acierto de este número por encima de otros. He quedado encantado con poemas de tonalidades tan diferentes como ‘Contra natura’ de Alberto Tesán, ‘Milf’ de Pablo García Casado o ‘Debo felicitarme’ de Víctor Botas.




   Y copiaré el que más me ha removido de todos los seleccionados, el poema de Ramón Bascuñana:


PARADISE NOW

Is there no change of death in Paradise?

Wallace Steven

y me viene la idea de una hermosa muerte con las armas

Virgilio

No es inaceptable la idea del suicidio
cuando, después de haber intentado sin éxito
transformar el infierno de una vida mediocre
en leve paraíso de versos y poemas,
el tiempo nos alcanza y corre a nuestro lado
como si compitiera por ver cuál de los dos
ha de cruzar primero la cinta de la meta.
En líneas generales la vida es aburrida
si no buscas excusas para seguir viviendo.
Viajar es una excusa como otra cualquiera.
Huir para encontrarnos y volver con nostalgia
del que ya no seremos. Durante algunos días
las retinas retienen el placer del paisaje
y en las fotografías queda fosilizada
la imagen del fracaso. Existen más excusas
para seguir viviendo. Rodearnos de belleza,
de música sublime, de arte y de poesía,
de hijos, hipotecas, ex amantes y drogas,
de altos ideales, querer salvar el mundo,
amar y ser amado, poner nuestra esperanza
en dios y en sus promesas. Nos sirve cualquier cosa:
sobre todo, el ritual de la carne. El sexo
es la excusa perfecta, nunca hay suficiente,
incluso cuando el cuerpo comienza a derrumbarse
y la vejez impone, tiránica, sus leyes.
Yo que busqué refugio en brazos del poema
durante tanto tiempo, hace tiempo que sé
que me aferro al cadáver de mi propio deseo,
que el poema es la excusa para seguir viviendo
y cada verso escrito anuncia mi derrota.
Tal vez por eso piense que no hay más paraíso
que el presente y la muerte y sueñe con la idea
que abre este poema, con una hermosa muerte
en el último verso del último poema.


miércoles, 5 de julio de 2017

LEÍDO: "Sobre el cielo imposible" de Santiago Montobbio

   Santiago Montobbio hace lo que le viene en gana y eso me parece muy bien, sobre todo porque no hace daño a nadie ejerciendo dicha libertad. Quizá no sea coincidencia que un anterior libro suyo se titule El anarquista de las bengalas.
   Hasta donde yo sé, ha batido dos récords. Uno fue en la revista El coloquio de los perros por encabezar la mayor extensión espacial en una sola entrevista: treinta y cinco páginas en formato Word nos llevó la cosa en el número 25 de 2009. Otro ha sido en el número de páginas que contienen tres de sus poemarios: Los soles por las noches esparcidos, Hasta el final camina el canto y el último, Sobre el cielo imposible, tienen más de trescientas cada uno.





   Acabo de terminar de escalar este tercer monte y he encontrado árboles como el que copio:

El pueblo que es sólo silencio. Ni las campanas
ni la noche lo rompen. El silencio inunda
las calles, y el silencio es el viento, y el aliento
íntimo del campo. El amor puede ser
silencio, como este pueblo, y el recuerdo
un dolor callado con el que te canto.
Con poemas de amor intento amordazarlo.
Pero el canto es sólo fábula, invento
del viento, como ese pueblo de silencio
que adentro siento. Y por el que me pierdo.


martes, 4 de julio de 2017

LEÍDO: "El ruido que haces al vivir" de Mar Navarro

   Mar Navarro es una narradora tardía. Siempre se ha destacado en este género a partir de la veintena o, como mucho, de la treintena. Mar tiene sus razones, fundamentalmente ligadas al nomadismo y la agitación que conlleva un trabajo tan viajero y excitante como el del teatro. Coordinar el sonido y la luz de una compañía teatral potente te obliga, aparte de a viajar sin término por cuatro de los cinco continentes, a estar concentradísima en la mejora técnico-artística constante, a la imposibilidad de gozar de un equilibrio amoroso, familiar o incluso —que siempre se nos olvida, pero es el más importante de todos los equilibrios, disciplinas y sosiegos— el individual.
   La constancia, la obsesión, la soledad, el espacio íntimo continuado frente al papel y la pantalla del ordenador que necesita una escritora es fundamental para producir filigranas.




   El título del libro ya es una metáfora precisa pero abierta en canal: El ruido que haces al vivir. Es un adelanto de que la atmósfera del lirismo va a impregnar toda la colección de relatos que lo compone. ¡Ojo! No me refiero a un lirismo que necesite de insulina, a un lirismo denso, que frene la fluidez inherente a la acción narrativa. Los cuentos de Mar Navarro fluyen perfectamente y tienen una capacidad de comunicación directa con el lector. Ya le ha echado ella horas y preocupaciones estéticas en mañanas, tardes, noches y madrugadas para que esta maquinaria esté bien engrasada. Me refiero a un lirismo que consigue evocar, en este abanico de veintidós ribetes breves —algunos realmente breves, aunque no llegue nunca al microrrelato— ese arco iris de color infantil y siniestro; ese detallismo descriptivo en escenas de pasión y compasión; ese realismo de herencia decimonónica que guiña y juega levemente con la experimentación, por ejemplo, del maestro Cortázar; esos estallidos, esa intriga, esos desgarros emocionales que salpican a cada uno de los protagonistas; esa profundidad psíquica a la que se llega recogida en una envoltura de sencillez; esas elipsis colocadas magistralmente, como son las elipsis de nuestra memoria cotidiana; ese contar sin revelar; esas denuncias sociales —feminismo, abuso infantil, doméstico, laboral— que traza con sutilidad. Sí, esa es quizá la palabra que designe más adecuadamente el estilo de Mar Navarro en este libro: sutilidad para el homenaje encubierto a maestros antiguos del relato; para la sensualidad que con frecuencia desprenden de manera inconsciente nuestros hábitos; para el humor sarcástico, a veces turbio; para el retrato de un disloque aristocrático, rural, gastronómico, reivindicativo; para, en fin, darnos a los lectores un caramelo envenenado —¡qué logro!— de literatura.

VERANO ETERNO 2017

   Como viene siendo habitual, los directores de La Galla Ciencia nos sugieren a los que cacareamos en su revista que propongamos algunas lecturas de cara al verano. Ahí van mis diez recomendaciones:

1ª) Ninguna obra narrativa publicada en formato digital. De obra poética ya ni hablamos.
2ª) Ningún libro de ficción autopublicado, ya sea de manera artesanal, a cara descubierta o camuflada bajo el sello de una editorial de cierto prestigio. Que sí, que Borges se autopublicó Fervor de Buenos Aires, vale. Eso fue en 1923. La cosa ha cambiado radicalmente casi un siglo después.
3ª) Ningún libro de editores que publiquen su obra en su misma editorial.
4ª) Ningún libro en cuya faja promocional se digan cosas como, por ejemplo, “el David Foster Wallace africano” o “el Thomas Pynchon asiático”.
5ª) Ningún libro de Historia convencido de que se está leyendo la Historia de algo, sino “una” Historia de algo.
6ª) Ningún libro de performista poético cuyo espectáculo te haya gustado y supongas que también vas a disfrutar en papel de lo que has visto y escuchado en escena. Eso irá siempre en contra del actor/humorista. Comprobado empíricamente tras sufrir decepciones varias.
7ª) Ningún libro de autores que te piden amistad en Facebook y en menos de cinco minutos te mandan una invitación para que le des “me gusta” a su página como escritor o a la página de su última obra.
8ª) Ningún libro en cuya solapa el autor cite a Nach, Srta. Bebi, Defreds, Rayden, etc, como alguno de sus máximos referentes.
9ª) Ningún libro de autores que declaren orgullosos que no leen a sus contemporáneos.
10ª) Ninguna novela de Nieves Herrero, David Cantero, Nuria Roca, Màxim Huerta y, en general, locutores nacionales e internacionales de radio y televisión que tengan un perfil similar al de los citados.


Foto: Carlos Pérez Siquier



   Si lees estas diez anti-recomendaciones y has pensado “¿De qué va este tipo? Ahora, por gilipollas, se va comprar/leer un libro suyo Rita la cantaora”, estás en tu derecho y acepto el riesgo que supone recomendar negativamente.

lunes, 3 de julio de 2017

LEÍDO: "Fatiga terrestre" de Luis Acebes

   Veo a Luis Acebes como a uno de esos epígonos geniales de la poesía de la nueva sentimentalidad que, sin embargo, ha elegido el camino promocional del silencio. O sea, que escogiendo lo supuestamente peor de ambas tendencias (el autobiografismo poco imaginativo de los confesionalistas y la actitud distante de los herméticos) va retratándose como un intimista hondo volando hacia donde le apetezca.





   Este es el poema que abre Fatiga terrestre. Y es demoledor.

Ayer presenté un libro.
También vi a tres pájaros
peleando
por un trozo de pan
demasiado grande.

Uno lo cogía
y lo arrastraba revoloteando.

Los otros se lo impedían
intentando quedárselo.

La escena me puso triste:
pensé que todos,
de alguna manera,
nos comportamos así.

Después vino un perro
y se quedó el pan.

Lo del libro fue bien.
Las caras de siempre
y el calor de un pasado
que no quiere saber
nada
de muertes.

Aunque tampoco se lo comió.
Fue más la necesidad
de dejar las cosas claras,
honrar un lugar en la pirámide.

No me acostumbro al público.
Me acordé de Machado:
Esta no es mi voz. Pero,
¿cuál será?

Tampoco eran mis pájaros
ni yo un dios narrativo
que pica algo con su mujer
antes del acto: calamares
muy tiernos, bravas, una copa
de vino blanco, yo cerveza,
y luego dos cafés.

Peleando por nada, buen título
para algo,
un gran documental que cuente
lo que vinimos a hacer aquí.