domingo, 2 de julio de 2017

LEÍDO: "Infinitos monos" de José Manuel Gallardo

   Siempre que pienso en José Manuel, pienso en los años noventa. Lo conocí a finales de la última década del siglo XX. Incluso, si me esfuerzo por hacer memoria, quizá lo conocí en los primeros años del segundo milenio. Pero, como digo, José Manuel para mí son los noventa. Es nuestra generación. No podemos escapar de su entusiasmo. Son nuestras coordenadas del frenesí. Repaso su primer libro, titulado Límites, y palpo esa emoción urbana entre los decorados del ruido, amores turbios con mareo de hachís, islas espirituales con ansia tóxica de globalizar, nietos del exceso, biznietos o tataranietos de una decadencia modernista lejanísima.
   Gallardo estuvo colaborando en varios números de una etapa inicial de El coloquio de los perros. Su mapa poético-sentimental nacía en Madrid y atravesaba Salamanca, Granada y Murcia dejando huella indeleble, tatuajes en nuestros brazos y pechos.
   La conexión amistosa entre Ángel Manuel Gómez Espada y José Manuel Gallardo, es decir, los dos “manueles”, decoraron una aventura de la juventud.
   Pero, como todo, la juventud pasó. Buscamos trabajo, que encontramos con mayor o menor dificultad —bueno, sólo mayor—, dejamos de depender de nuestros padres, algunos nos fuimos de nuestra tierra durante un tiempo, nos enamoramos, nos emparejamos, nos compramos/alquilamos un nuevo hogar, tuvimos hijos —algunos—, los criamos —o estamos criando aún—, nos pedimos amistad virtual en redes sociales mientras analizábamos recíprocamente nuestro aspecto físico, nuestro estado mental, etc… Y, de repente, José Manuel publica Infinitos monos. Y entonces se disparan las alarmas: “ya ha llegado, y de qué manera”.
   Me refiero a lo que llamamos el crecimiento de un poeta. Ha cogido a Borges; ha bebido y asimilado teoremas de probabilidad, medida e integración matemática; ha surfeado en el terreno peligrosísimo de los límites del amor; ha puesto la filosofía al servicio de la observación política y social.



   Y en este poema rotundo de un solo verso, lo clava:

   Soy tan feliz que no he sacado fotos.

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