lunes, 3 de julio de 2017

LEÍDO: "Las célebres órdenes de la noche" de Diego Sánchez Aguilar

   Ya se sabe que el lector terráqueo —y España no se libra de esta tara, más bien la cultiva y la enseñorea en tertulias y encuentros variopintos de criticonas exquisitas o pedantes envidiosos—, no tiene costumbre de valorar a un escritor que se defienda con igual brillantez en más de un género literario. Digámoslo de otra manera: no lo soporta, es algo que, salvo excepciones, no cabe en su concepción prejuiciosa. “No se puede escribir una novela y un poemario igual de bien”. Esa idea late, agazapada y silenciosa, en mucha gente, y algunos hemos luchado contra ella durante décadas, pero ya nos hemos dado por vencidos, hemos advertido la infinitud de esta guerra y por ello nos dedicamos simplemente a eso: a seguir adelante, siempre adelante.
   Le preguntaron a Diego en el diario universitario Periodicum qué faceta le gusta más, si la de poeta o la de narrador. Y aquí va, como digo, implícito ese prejuicio. Contestó lo siguiente: «Me gustan todas, cada una la disfruto a su manera. La poesía tiene una ventaja para los que tenemos dos trabajos: es más fácil. Es más sencillo trabajar por la mañana, dar tus clases, y luego un día escribes un poema, lo retocas… Puedes ir poco a poco, tomártelo con calma. El relato también te permite un poquito eso. Lo peor para mis condiciones laborales es la novela, porque te exige una dedicación muy intensa; la poesía y el relato te dejan más margen. Aunque mis libros de poesía los planteo también como una novela: creo un mundo y todo se mete ahí. Lo que pasa es que la poesía te permite entrar y salir más fácil de ese mundo».
   Ya lo ven. Así ha molido Diego Las célebres órdenes de la noche: ha fundido la brevedad y el latigazo de la poesía con lo prolijo y escenográfico de la prosa. Las exigencias de ambos métodos de creación, esas dos formas de respirar en el laboratorio del escritor, han sido fusionadas en este artefacto rítmico de poesía teatral, cinematográfica y filosófica dividido, a la manera clásica, en tres partes de diferente extensión y concepción.




   La épica aparece en el mismo título de la primera parte del libro, “Cantar del destierro”. Somos el Cid deshonrado, anestesiado, sufriendo deslumbramientos y apariciones como las de Narciso, Sherezade, Edipo o la “espectacular” Nuestra Señora del Destierro. El protagonista de este cantar también ha sido expulsado de un reino que era de humo, se ve obligado a renunciar de sus no-tierras y se halla abandonado en la sala del dolor, escoltado tan solo por un aséptico equipo de enfermería, que lo seda continuamente a través de la noche.
   En la segunda parte, titulada “El bosque y la muchacha”, no habrá cantar de bodas, hay un thriller de cuatro poemas con todos los componentes necesarios: sospechosos, intrigas, ajustes de cuentas, malas reputaciones, objetos, pruebas, huidas, aullidos y pesquisas en el abismo del lector detective.
   En la tercera y última parte, “Evangelio del Dr Frankestein”, tampoco habrá afrenta de Corpes o de Hollywood que nos devuelva la honra. Habrá un ejercicio burlesco, metafísico, religioso, científico, crítico, apocalíptico y fantasmagórico de quitarse el sombrero, un canto iterativo con acotaciones introductorias a lo Valle-Inclán, con reseñas hiper-creativas sobre el film de 1931 dirigido por James Whale, enseñándonos el delirio del actor Colin Clive/Frankestein anunciando enloquecido al jorobado Fritz su omnisciencia, la tripa miserable de Universal Pictures, el cartonaje que muscula nuestras almas desde un estudio en el estado de California, emborrachándose ellos y emborrachando al mundo con mentiras para sobrevivir.
   Leer a Diego en este libro es como desviarse y hechizarse hacia un acantilado verbal. Allí nos espera esa oscuridad que nos niega y al mismo tiempo nos rescata, allí grita un SÍ al falso NO del mundo. Pero, ojo, no es un SÍ cargado de optimismo “nueva era” a lo Paulo Coelho o a lo Jorge Bucay. No, no. Tenemos claro que Diego está a millones de kilómetros de eso. Es una afirmación desde la negatividad, como el sueño forjado de Maurice Blanchot, una atenuación a conciencia, es decir, la mejor manera de poner en práctica una rebelión profunda: hacerte amigo del guardia jurado que vigila la nave industrial donde el sistema de falsificaciones universal tiene su centro de operaciones, fumarte unos cigarros con él, que te cuente sus desdichas cotidianas, sus alegrías familiares, sí, que confíe en ti lo suficiente para que una noche cualquiera, inesperadamente para él pero calculadísima para ti, pueda pedirte ayuda y le cubras un par de horas el puesto de guardia porque le haya surgido un compromiso. Y entonces, sí, entonces te da tiempo a colocar varios ejemplares del libro en los huecos precisos y prender la mecha larga, invisible, para que estalle todo en mil pedazos. Aunque no lo notemos, claro. Por esa razón, entre otras, existe la poesía aún, por eso la escribimos y la seguimos cantando, para vivir en un estado invisible destruyendo invisiblemente el corazón de esa maquinaria terrorífica que es el hombre.
   Las célebres órdenes de la noche es, al fin, materia prima de existencialismo fabuloso, manipulada y conducida por un experto en épica alucinada, lírica del dolor y agitaciones del pensamiento. El cóctel perfecto para brindar por esta criatura.

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