sábado, 5 de agosto de 2017

LEÍDO: “Otro tiempo” de W. H. Auden



DI, ¿CÓMO ES EL AMOR?

El amor es un niño, dicen unos;
              otros, que es un pájaro.
Que hace girar al mundo dicen unos;
              otros, que ni pensarlo.
Le fui con la pregunta a mi vecino,
              supuestamente al día.
Su mujer se enfadó mucho y me dijo
              que no me serviría.

         ¿Se parece a un pijama, o al jamón
         de clínicas de reposo?
         ¿Tiene un olor a llama del Perú,
         o un aroma suave?
         ¿Rasca al acariciarlo como un seto,
         o es como un edredón?
         ¿Tienes los bordes suaves, o afilados?
         Di, ¿cómo es el amor?

Nuestros libros de historia lo mencionan
              en breves, raros párrafos,
y es ya un lugar común entre las cosas
              que ocurren en los barcos;
he visto referencias al asunto
              en casos de suicidio.
Lo he visto, incluso, escrito en la cubierta
              de las guías de tren.

         ¿Aúlla como un perro de pastor,
         o es marcha militar?
         ¿Puede hacerse una fiel imitación
         con sierra o Steinway Grand?
         ¿Tiene éxito cantando en la reunión?
         ¿Le va sólo la clásica?
         ¿Lo deja cuando uno quiere calma?
         Di, ¿cómo es el amor?

He mirado en la casa de verano
              y allí no ha estado nunca;
en el río a su paso por Virginia
              y al sano aire de Brighton.
No entendí lo que allí cantaba el mirlo
              o el tulipán decía,
pero no lo encontré en el gallinero,
              ni debajo de la cama.

         ¿Sabe poner facciones increíbles?
         ¿Le marea el columpio?
         ¿Se pasa el tiempo yendo a las carreras,
         o juega a anudar cabos?
         ¿Tiene su propia idea del dinero?
         ¿Le harta el patriotismo?
         ¿Cuenta cosas vulgares con encanto?
         Di, ¿cómo es el amor?

         Cuando llegue, ¿lo hará sin avisar
         mientras me meto un dedo en la nariz?
         ¿Me llamará a la puerta una mañana,
         me pisará en la calle?
         ¿Llegará como a veces cambia el clima?
         ¿Será cortés, o no?
         ¿Va a revolucionar toda mi vida?
         Di, ¿cómo es el amor?


Traducción: Álvaro García 

viernes, 4 de agosto de 2017

LEÍDO: “La lucidez del alba desvelada” de Santiago Montobbio

   Lejos de reducir la extensión de sus libros de poemas, Montobbio vuelve a la carga con doscientas diecisiete páginas. Para más inri, todos los poemas que incluye son de amor. He echado una ojeada a los poemarios que se han publicado en España durante 2017 y hay bastantes que sostienen ese canto tan antiguo a la primera de las pasiones. Me pregunto si hay una vuelta al género amoroso en mi país. ¿No era ya prácticamente imposible cantarle al amor entre la podredumbre europea? Debe de ser que, como escribe el autor barcelonés, «Vivir es sólo estar herido».




Adiós a ti, a la poesía y a los libros.
Adiós incluso al olvido. Adiós
al incluso. Incluido a mí mismo.
Adiós digo, y en el amor
aún te persigo. Sobre
tu recuerdo no puedo
dejar de ser rocío.

LEÍDO: “Albertine” de Anne Carson

   Conforme conozco más especies entre el gran bosque de la poesía canadiense contemporánea —equivale este asombro a la estadounidense—, más ganas siento de embarrarme en los campos que sigue abriendo hoy la lengua inglesa, más allá de las catedrales literarias levantadas durante siglos, desde Hamlet a Hojas de hierba, La tierra baldía o Antología de Spoon River, por mencionar sólo cuatro hitos.
   Albertine es un cuaderno de ejercicios que Anne Carson decide escribir alrededor del personaje más mencionado de En busca del tiempo perdido tras la brutal experiencia de leer la obra de Marcel Proust:

         […] hacer estas listas es la mejor diversión que tendrás una vez que te internes en el desierto de la Vida después de Proust.

   Es una sucesión de cincuenta y nueve apuntes en prosa aparentemente anodinos, pero obsesivos, con citas, listas cabales, seductoras enumeraciones, agudos chascarrillos, reflexiones burlescas contra el concepto dogmático de alta literatura, imágenes lingüísticas, iluminaciones intertextuales, ideas soltadas a propósito con vaguedad con pinceladas de genialidad, que finaliza con una selección de dieciséis apéndices, redondeando de la mejor forma este inteligente libro de poética fragmentada o ensayismo tan despedazado como inquieto. Un ejemplo:




APÉNDICE 29 SOBRE LOS KIMONOS

El conocimiento de otra persona es insoportable. Los kimonos japoneses estuvieron de moda en el París de los años veinte. Habían sido rediseñados para el mercado europeo, con menos manga y más bolsillo. Albertine guarda todas sus cartas en el bolsillo del kimono que, justo antes de dormirse, arroja despreocupadamente sobre una silla en el cuarto de Marcel. La verdad acerca de Albertine está así de cerca. Marcel no investiga. El conocimiento de una persona es insoportable.


   Mucho que aprender de esta experiencia canadiense, desde luego.
   Y para rematar, el vacile con el que se presenta la biografía de la autora en la solapa del libro: «Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo».
   ¿Qué sentido tendría añadir algo más?
   A sus pies, señora Carson.


Traducción: Jorge Esquinca

LEÍDO: “Cabalgar en las alas de la tormenta” de Efraín Bartolomé

   El poema es llama histórica; es cuerpo, cuchillo redondo; su lenguaje es saliva, leche, miel, caldo que nos humedece la carne erecta y entra en contacto con labios, dedos, vientres, pómulos, costillas, bocas, pie, corazón, caderas, pezones; el cuerpo que después mira a las estrellas, donde la noche, la ceniza, donde los ángeles, las sombras, los vientos y las lluvias vuelven a iniciar el ciclo del fuego y la humedad.
   Partiendo de que uno de los temas más peligrosos que existen para ser tratados en la creación literaria es el amoroso, en esta antología que recoge versos de los poemarios Música solar, Cuadernos contra el ángel, Música lunar, Canto para la joven concubina, Partes un verso a la mitad y sangra, Ojo de jaguar, El son y el viento y Avellanas, Efraín Bartolomé no tiene ningún miedo a bañarse y nadar inagotablemente en el amor bajo la eterna mirada de La Diosa. Por eso mismo no es de extrañar que Cabalgar en las alas de la tormenta esté prologado por Soren Peñalver, uno de sus posibles homólogos mediterráneos, al menos en la manera de sentir espiritualmente este mundo.




   ¿Es Efraín el último hippie salido hispanoamericano? Por momentos parece un primo segundo de Jerry García que colaboró en algunas letras de los comienzos de The Grateful Dead para abandonarse después a la escritura de lleno. ¿Es Efraín el último poeta de la mística erótica mexicana? Precisamente el último pequeño poema de este libro habla y me deja callado, preparado para aplaudir:

MUJER

Viajar en ti
quiere decir
quedarse.

jueves, 3 de agosto de 2017

LEÍDO: “La flor azul” de Luis Alberto de Cuenca

   Aunque sea uno de los autores más conocidos de la poesía española y sus seguidores no necesiten admirar lo ya leído con casi total seguridad, siempre es una buena noticia que se publique una antología del autor de La caja de plata y El hacha y la rosa, más aún si lleva un prólogo de Antonio Marín Albalate, y sobre todo —la joya de esta edición en Raspabook— un DVD que contiene una entrevista realizada por el mismo prologuista y un recital de Luis Alberto en la intimidad de su casa madrileña.
   Copio aquí un poema que pertenece a Por fuertes y fronteras y que da título a la antología. Muy bien escogido el título, por cierto, muy representativo de la totalidad de la obra “cuenquista”.




LA FLOR AZUL

Dónde la flor azul. En qué ladera
de la montaña crece o en qué calle
de la ciudad asoma su corola,
hecha de mar y cielo despejado
y pétalos de eterna juventud.
Dónde la flor azul que habla el idioma
primeval del amor y del coraje
y que cura la alergia de estar vivo.
«Al país de la rama de oro donde el pájaro
azul se posa, más allá de fuertes
y fronteras, habrás de ir a buscarla»,
dijo mi madre antes de morir. 

LEÍDO: “Maleza viva” de Gema Pellicer

   La frontera entre microrrelato, aforismo y poema en prosa es eso precisamente: una frontera, una especie de cuerda donde el acróbata que escribe se la juega en cada microsegundo, gesto, palabra, avance, giro… Mucho cálculo logrado tendría que haber hecho Gemma Pellicer para que los noventa y seis textos de Maleza viva nos dejaran exhaustos de emoción tras la función de la atleta circense. Hay frialdad, tibieza, momentos con más o menos fuste, y hay hallazgos de una precisión plausible.




   HOMBRE LOBO

   Ese tipo de ahí sentado al ordenador con pinta de pocos amigos, ese que viste gorra de visera calada hasta las cejas, de aspecto serio y sumamente concentrado, lleva más de una hora volcado sobre sí mismo para mejor hablarte, para mejor escribirte y leerte, para mejor olerte. Si te fijas bien, ese tío que parece ir a lo suyo y no estar para nadie eres tú. 

LEÍDO: “Los días humillados” de Rubén Castillo

   Al esquema trágico de esta novela le vendría como anillo al dedo, creo, una buena adaptación al teatro. Ojalá pudiese tomar nota algún productor dramático, porque en Los días humillados hay una voz narrativa que serviría de acotación para pautar los detalles de las descripciones y la fluidez de la trama, hay monólogos en letra cursiva con enjundia, abundancia de diálogo y mucho de Sartre y de Sastre en el ambiente, por aquello de la claustrofobia, la angustia tan propia del francés y la simpatía abertzale del dramaturgo comunista madrileño.
   Eso es lo primero que pensé cuando vi que había un triángulo de personajes en escena (Julen y Patxi, dos secuestradores etarras y un empresario vasco secuestrado, José María/Txema) e Idoia, la cuarta presencia invisible y anunciada hasta el final, que aumenta a cada segundo la desesperación en el zulo (decorado) que habita la víctima.




   La calidad de la obra es alta, a lo que nos tiene acostumbrados la narrativa de Rubén Castillo: acción, reflexión y tensión en perfecto equilibrio. Eso sí, quisiera preguntarle al autor —lo haré cuando se me dé la oportunidad de estar frente a él con una cerveza en la mano— que cuándo la escribió, si fue hace poco o hace mucho, porque no siempre —prácticamente nunca— el tiempo de cierre de escritura de una novela va parejo al de su publicación. Los días humillados ha coincidido en el tiempo con una ola literaria que en los dos últimos años coloca a ETA como fondo argumental: numerosos ensayos, El comensal de Gabriela Ybarra, La casa de los sordos del estadounidense Lamar Herriny o Patria de Fernando Aramburu, de éxito arrollador y aún vigente. ¿Esta circunstancia será beneficiosa o perjudicial para que la chispa de esta novela también prenda? Yo apostaría por una reedición en una casa editorial ambiciosa, pero the answer, my friend, is blowin’ in the wind.

LEÍDO: "Abrir en prosa" de Eduardo Chirinos

   No llegué a conocer en persona a Eduardo Chirinos. Íbamos a ir a verlo desde Almería a Granada, donde daba un recital. Un par de amigos y yo teníamos preparado el desplazamiento, pero un asunto laboral echó por tierra el plan. Me quedé con las ganas. Había leído con entusiasmo su excelente Breve historia de la música, le había publicado unos cuantos poemas en la revista El coloquio de los perros, nos habíamos carteado varias veces y él me había enviado desde Missoula su miscelánea Los largos oficios inservibles. Llevaba el magisterio en las venas y, aparte de un excelente poeta, transmitía una energía especial a la hora de escribir prosa crítica y crónicas de anécdotas y conversaciones con insignes contemporáneos.
   Ahora que Eduardo no está entre nosotros cae en mis manos este diamante publicado por la editorial Visor, que está ofreciendo en su colección de ensayo maravillas a la altura de ésta.




   Aquí Chirinos disecciona de manera extraordinaria el poema ‘A Roosevelt’ de Rubén Darío; profundiza en Altazor de Vicente Huidobro, cruzando en su análisis al creacionista chileno, por arte de brujería universitaria y universal, con Heidegger, Trilce o Slavoj Žižek. Nos entrega reflexiones de auténtico malabarismo académico en las lecturas que hace de otro poeta chileno, David Rosenmann-Taub, de los argentinos Olga Orozco y Juan Gelman, los peruanos Carlos Oquendo de Amat y Javier Sologuren, y de Mark Strand, estadounidense que pasó su adolescencia entre Centroamérica y Sudamérica.
   Termina con dos artículos que son una fiesta sabia: ‘Del poema largo y sus alrededores’, en el que repasa algunas visiones y extensiones de Derek Walcott, Octavio Paz, William Carlos Williams, Neruda, Lezama o Gorostiza —volviendo continuamente, cómo no, a Altazor— y ‘Cuando el cuerpo y el papel hablan’, donde pone el acento en el peso filosófico sobre el que se inspira la “versura” de caligramas de Apollinaire o Jorge Eduardo Eielson, así como la expansión sonora en textos de Alfredo Mario Ferreiro o Carlos Germán Belli.
   Crema fina para los que gusten de otras maneras de estudiar el verso americano.

miércoles, 2 de agosto de 2017

LEÍDO: “Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas” de Abel Santos

   Este libro es una redención a través de la poesía. Como Jano, dios de las puertas, los comienzos y los finales, Abel Santos ha decidido echar la cerradura al rostro de la droga y el alcohol, la cara negra de un pasado entregado al blues, al jazz y al rock and roll, haciendo un gran descubrimiento: esa misma música, la vida, su vida, puede comenzar a caminar en otra dirección, portando, además, una mochila con utilísimas herramientas que sólo han podido ser compradas en un infierno pasado.

Me ha llevado cerca de siete años
darme cuenta de la situación:

la puerta que te lleva a una especie de salud,
en el centro de adicción a sustancias,
sólo se abre desde dentro.

   Ahora se aprende de otra manera la enseñanza mágica de Julio Cortázar; ahora se asumen los versos de Roberto Juarroz tiritando en mitad de un cuento de invierno: «Imaginar una lámpara hasta encenderla»; ahora ya no se ha de llorar por el conocimiento, todo lo contrario; ahora ya no querremos ser más cristal, tampoco martillo; ahora se debe escuchar a Armstrong, Chet Baker, Diego Vasallo, Charlie Parker, Loquillo, Sinatra y Chopin amando; admirar a Mark Strand, Gracián, Gil de Biedma, Bukowski, Neruda, Roger Wolfe o Lord Byron sin arrodillarse. El precipicio puede esperar, porque «sólo tú eres / las mejores vistas / de Barcelona».




   Abel Santos ha resucitado y ha logrado que el diablo no termine de escribir el tercer 6 en el libro de su autodestrucción. Y cualquiera que haya leído este poema se alegrará de lo que acabo de decir:


CUALQUIER NOCHE LOS GATOS

Como el gato blanco de la calle
se cree que es doméstico
y que la ciudad
es su casa y su alimento,
yo antes cerraba
todos los bares.

Como todo animal perdido
buscaba un lugar limpio y tranquilo.

Cuando ahora suena
la canción de cierre
es porque me invitan,
amablemente,
a volver mañana
a la biblioteca.

martes, 1 de agosto de 2017

LEÍDO: "El viaje prodigioso" de Manuel Leguineche y Mª Antonia Velasco

   La primera cruzada se produjo diez siglos atrás. Los cristianos rasgaron la tela del mapa europeo, del nordeste africano y del próximo Oriente, haciendo estallar una función de teatro gigantesca y alargada en cuanto a actitudes apasionadas, creencias, ferocidad, fenómenos “milagrosos” y un sinfín de guerras con el nombre de Dios por estandarte. Lo desgraciado del asunto es que esa violenta teatralidad avanzó demasiado durante la Edad Media. El reporterismo ficticio de Manuel Leguineche y la mano novelística de Mª Antonia Velasco nos narran que, a su paso, esa primera cruzada transformaba en real los ríos de sangre, las enfermedades, las hambrunas, la miseria que puede estirar al máximo la ambición y la locura de los hombres.




   ¿Al máximo? Me da a mí que no. El papa Urbano II invitó a la conquista de los Santos Lugares y, con el protagonismo de personajes como Tancredo, Godofredo, Balduino, Alejo, Raymundo, Bohemundo o Ademaro, durante nueve siglos miles de familias y soldados cristianos, un apabullante ejército popular, ocuparon Nicea, Antioquía, Edesa, Trípoli, Damasco… Y llegaron a Jerusalén al grito de “¡Dios lo quiere! ¡Matadlos a todos!”, dejando la ciudad completamente vacía de judíos y musulmanes.
   Las cruzadas se sustentan en la religión, en su repugnante mascarada.
   Pregunta retórica: ¿quién dudaría de que los fantasmas históricos del sultán Kilij Arslan, de los emires Yaghi-Siyan y Kerbogá, del gobernador Iftikar, del príncipe Ridwan o del visir Al-Afdal colorean hoy la bandera negra del Estado Islámico?