viernes, 4 de agosto de 2017

LEÍDO: “Albertine” de Anne Carson

   Conforme conozco más especies entre el gran bosque de la poesía canadiense contemporánea —equivale este asombro a la estadounidense—, más ganas siento de embarrarme en los campos que sigue abriendo hoy la lengua inglesa, más allá de las catedrales literarias levantadas durante siglos, desde Hamlet a Hojas de hierba, La tierra baldía o Antología de Spoon River, por mencionar sólo cuatro hitos.
   Albertine es un cuaderno de ejercicios que Anne Carson decide escribir alrededor del personaje más mencionado de En busca del tiempo perdido tras la brutal experiencia de leer la obra de Marcel Proust:

         […] hacer estas listas es la mejor diversión que tendrás una vez que te internes en el desierto de la Vida después de Proust.

   Es una sucesión de cincuenta y nueve apuntes en prosa aparentemente anodinos, pero obsesivos, con citas, listas cabales, seductoras enumeraciones, agudos chascarrillos, reflexiones burlescas contra el concepto dogmático de alta literatura, imágenes lingüísticas, iluminaciones intertextuales, ideas soltadas a propósito con vaguedad con pinceladas de genialidad, que finaliza con una selección de dieciséis apéndices, redondeando de la mejor forma este inteligente libro de poética fragmentada o ensayismo tan despedazado como inquieto. Un ejemplo:




APÉNDICE 29 SOBRE LOS KIMONOS

El conocimiento de otra persona es insoportable. Los kimonos japoneses estuvieron de moda en el París de los años veinte. Habían sido rediseñados para el mercado europeo, con menos manga y más bolsillo. Albertine guarda todas sus cartas en el bolsillo del kimono que, justo antes de dormirse, arroja despreocupadamente sobre una silla en el cuarto de Marcel. La verdad acerca de Albertine está así de cerca. Marcel no investiga. El conocimiento de una persona es insoportable.


   Mucho que aprender de esta experiencia canadiense, desde luego.
   Y para rematar, el vacile con el que se presenta la biografía de la autora en la solapa del libro: «Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo».
   ¿Qué sentido tendría añadir algo más?
   A sus pies, señora Carson.


Traducción: Jorge Esquinca

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