miércoles, 2 de agosto de 2017

LEÍDO: “Las lágrimas de Chet Baker caen a piscinas doradas” de Abel Santos

   Este libro es una redención a través de la poesía. Como Jano, dios de las puertas, los comienzos y los finales, Abel Santos ha decidido echar la cerradura al rostro de la droga y el alcohol, la cara negra de un pasado entregado al blues, al jazz y al rock and roll, haciendo un gran descubrimiento: esa misma música, la vida, su vida, puede comenzar a caminar en otra dirección, portando, además, una mochila con utilísimas herramientas que sólo han podido ser compradas en un infierno pasado.

Me ha llevado cerca de siete años
darme cuenta de la situación:

la puerta que te lleva a una especie de salud,
en el centro de adicción a sustancias,
sólo se abre desde dentro.

   Ahora se aprende de otra manera la enseñanza mágica de Julio Cortázar; ahora se asumen los versos de Roberto Juarroz tiritando en mitad de un cuento de invierno: «Imaginar una lámpara hasta encenderla»; ahora ya no se ha de llorar por el conocimiento, todo lo contrario; ahora ya no querremos ser más cristal, tampoco martillo; ahora se debe escuchar a Armstrong, Chet Baker, Diego Vasallo, Charlie Parker, Loquillo, Sinatra y Chopin amando; admirar a Mark Strand, Gracián, Gil de Biedma, Bukowski, Neruda, Roger Wolfe o Lord Byron sin arrodillarse. El precipicio puede esperar, porque «sólo tú eres / las mejores vistas / de Barcelona».




   Abel Santos ha resucitado y ha logrado que el diablo no termine de escribir el tercer 6 en el libro de su autodestrucción. Y cualquiera que haya leído este poema se alegrará de lo que acabo de decir:


CUALQUIER NOCHE LOS GATOS

Como el gato blanco de la calle
se cree que es doméstico
y que la ciudad
es su casa y su alimento,
yo antes cerraba
todos los bares.

Como todo animal perdido
buscaba un lugar limpio y tranquilo.

Cuando ahora suena
la canción de cierre
es porque me invitan,
amablemente,
a volver mañana
a la biblioteca.

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