sábado, 30 de diciembre de 2017

LEÍDO: “Los cinco y yo” de Antonio Orejudo

   No pertenezco a la generación de Orejudo, sino justamente a la posterior. La mía es heredera del programa La bola de cristal, del primer felipismo. Mi infancia estuvo marcada culturalmente por La Movida, aunque no fuera del todo consciente.
   Cuando tenía diez años, en mi grupo de amigos lectores de la biblioteca de un colegio marista, dedicábamos muchos recreos a sacar préstamos de Los tres investigadores de Alfred Hitchcock, editados por la editorial Molino. Nunca olvidaré un título que me atrapó por encima de todos: El misterio de la casa que se encogía. Los Cinco de Enid Blyton, que en el escaparate de la biblioteca estaban al lado de los misterios juveniles hitchcokianos, nos resultaban ajenos y anticuados; sí, tenían adolescentes detectives en las portadas también, pero sus páginas estaban ya amarillas, declarando que habían servido de entretenimiento literario a alumnos de, al menos, una década anterior.




   Por ello, se me han escapado algunos momentos de complicidad cultural que supongo magníficos a lo largo de esta novela, aunque Orejudo haya tenido la suficiente maestría para que, desconociendo las coordenadas de Los Cinco, captemos la esencia del mundo que creó Blyton y nos asombremos de su potencial. Lógicamente, el mérito de esa valoración de Los Cinco es del narrador de Los cinco y yo, quien sabe interpretar las aventuras de Julián, Dick, Ana, Jorgina y Tim con una sugestión y una clarividencia atípicas, soltando puñados de iluminación sobre la inacción política, social y cultural española de su quinta, las caretas ridículas en la ambición de un escritor, y canalizando el grueso de esta ficción autobiográfica con la división de historias ácidas y rocambolescas 100% Orejudo.
   Si tuviera que reducir a una palabra la valía del humor orejudiano en esta novela, sería “autocrítica”. Creo que nadie ha retratado la autocrítica moral de los españoles que calzan cincuenta años con la sutileza con la que lo ha hecho él. Esto que acabo de decir es más un hecho que una opinión.

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