domingo, 7 de enero de 2018

LEÍDO: “Píldoras de papel” de Ana Patricia Moya




Decía mi sabio abuelo que cuando veas
al perro nervioso
cambiará el tiempo.

Acaba de cruzar la puerta el amante,
alterado;


                   toca tormenta de celos.

LEÍDO: “Made in: La Bestia” de Saúl Lozano Belando

   Si destapamos este cubo mágico fabricado y profanado por una industria poética bestial, podemos asomar la cabeza, mirar y sacar mucho rock and roll encarnado en torbellinos verbales de melancolía heroica, fantasías narrativas con devoción por el disfraz. Y podemos tirarle un cubazo a la cabeza del utopismo, porque esta frescura que arde es una lucha por el derecho a divertirse salpicando en charcos de caca, un ataque frontal a la cíclica ingenuidad política, un cóctel de película de terror con morbosidad erótica.
   ¿Su banda sonora? El reverso del bel canto, el pedo de un mesías, Saúl Lozano Belando, feriante guapo de callejones sin salida, alucinado por la gracia de Manuel Vilas, el sarcasmo de Albert Pla y bendecido, cómo no, por el padre Bukowski con ráfagas de apatía y desafío a partes iguales.
   Aquí las imágenes líricas están lejos de las gacelas lorquianas, más bien se parecen a iguanas en tejanos y hasta arriba de maría recorriendo sus arrugas musculosas por el escenario y enseñando medio culo antes de elevar un estribillo y escupirle al mundo: “Yo hablo español”.




sólo soy un pobre genio
me masturbo con potencia
y entiendo incluso a los chinos de las tiendas,
los miro luminoso
y ellos me dicen FRIEGAPLATOS
con los ojos milenarios
tirando mis cigarrillos al mostrador
como el planeta nos tira los días
encima

(a mis padres)
ay si comprendierais que en España
vuestro hijo es el mejor poeta,
si comprendierais mi antigüedad aquí
anterior a la cucaracha, al seno,
o a la navidad

y en los parques los niños juegan a los superhéroes
y pelean por coger ni nombre
FRIEGAPLATOS

o en las calles me aclaman
gritando:

—¡FRIEGAPLATOS, FRIEGAPLATOS!

y me suben a hombros
por encima de los olmos y las secuoyas,
incluso,
o me tiran a los perros
sucísimos
que muerden sin saber quién soy
porque los perros han mordido a todos los hombres
alguna vez
y no van a estar preguntando todo el tiempo,
¿no?

LEÍDO: “Hombre sin fin” de José Manuel Jiménez

   Novela de espacios.
   Elena muere en el asfalto —plausible el uso constante del tiempo verbal presente— y la madeja hecha de ficción y realidad empantana de duda e interrogación no solo el pensamiento y los movimientos de su marido Miguel, sino de todos los círculos concéntricos de la familia de Elena, del Café de Flores —círculo laboral dirigido por Elena hasta su final— y demás círculos relacionados con los miembros que trabajan en dicho café.




   Mientras paso las páginas, estoy cursando un seminario creativo sobre la verdad y su capacidad para la fertilización. De ese fango nace el despliegue imaginativo que le sirve a José Manuel Jiménez para narrar las múltiples posibilidades de la culpa, la vergüenza, el rencor, el silencio, la idea de venganza, el remordimiento, la paralización ética y hasta una idea coherente y a ratos ridícula de la justicia salvaje. Todo ello —lo más inteligente y virtuoso— escrito bajo un hilo ambiental, casi invisible, de tibieza, leyendo las voces y actitudes que pueblan y conviven en un artefacto planetario, La Muerte de Elena, que gravita en la galaxia de este gimnasio de perspectiva y autoanálisis que es Hombre sin fin.

jueves, 4 de enero de 2018

LEÍDO: “Aprendiz” de Antonio Luis Ginés

   Desde ‘La cuesta’ a ‘Mi edad’, pasando por ‘La roca’, ‘Columpio’, ‘Granizo’, este libro es una lección callada de tener el espíritu claro, de escoger las palabras en las que veamos verdad lírica, la exactitud para despreocuparnos de la armonía.
   Flaubert escribió en sus Souvenirs, notes et pensées intimes que el estilo es la vida, la sangre misma del pensamiento. Et voilá:




LA ROCA

Había que lanzarse.
La caída no era muy grande,
un par de metros,
quizás tres. La roca ardía
bajo las plantas de los pies,
y había que decidirse pronto.
En ese momento, ¿qué mirábamos?
El embalse, agua por todas partes
y nuestro corazón latiendo
acelerado. No pensar,
lanzarse, decíamos, era el secreto.
El miedo nos dejaba
los pies pegados a la roca.
Nunca sabíamos con certeza, qué había
debajo, si alguna piedra esperando
nuestra carne para abrirla,
si nos aguardaba
—como luego comprobamos más tarde,
un año sin lluvias— quince,
veinte metros de profundidad
hacia un abismo escalofriante.
Qué poco éramos allá arriba:
peces diminutos
fuera del agua.
Había que lanzarse.
La roca sigue en el mismo lugar.
Este año la sequía vuelve
a dejarla desnuda,
pero sin pies calientes
que le ofrezcan un poco de sombra.

RELEÍDO: “Casa de muñecas” de Henrik Ibsen

   Por los azares de la historiografía literaria y moral, esta obra se ha convertido en un símbolo y creo que el dramaturgo noruego estaría orgulloso del lugar que ocupa hoy el personaje de Nora y su tajante portazo en la cara de Helmer, el clásico marido perdonavidas, pero también un poco celosillo de que obras suyas como Un enemigo del pueblo o sobre todo Hedda Gabler no hayan tenido esa misma suerte y hayan sido relegadas a un segundo o tercer puesto en el pódium ibseniano.




   Dos siglos después, en Europa es un hecho que se ha mejorado considerablemente la situación legal y profesional planteada en Casa de muñecas, sin embargo estamos un poco a paso de caracol a nivel de definición en lo que se vive de la piel para adentro: la desequilibrada relación entre el hombre y la mujer en la infraestructura del hogar y de la vida socio-laboral; la acción e incluso el pensamiento controlado; la subestimación masculina respecto al sexo femenino; la esclavitud de la maternidad juzgada y auto-juzgada de forma constante; la manipulación y el desprecio que genera en el ámbito matrimonial la presión de los exigentes estándares éticos o religiosos, enturbiando los sentimientos individuales y saliendo siempre la hipocresía ganadora de la partida.
   A lo largo de 2018, según parece, desde todos los centros de educación social —instituciones y medios de comunicación de masas— va a intentarse concienciar más aún a la población europea sobre la necesidad de mejorar lo enumerado.
   A uno se le gasta la energía discursiva en seguida, pero ojalá así se consiga aplacar a muchos cavernícolas y rebelar a algunas mujeres anestesiadas. Mientras tanto, seguiré releyendo Casa de muñecas y, sobre todo, seguiré viviendo sin comportarme como un cabronazo con mi pareja, con mi familia y en cualquier entorno.
   Gracias, Henrik.


—NORA: ¿A qué llamas tú mis deberes más sagrados?
—HELMER: ¿Necesitas que te lo diga? ¿No son tus deberes con tu marido y tus hijos?
—NORA: Tengo otros deberes no menos sagrados.
—HELMER: No los tienes. ¿Qué deberes son ésos?
—NORA: Mis deberes conmigo misma.
—HELMER: Ante todo eres esposa y madre.
—NORA: Ya no creo en eso. Creo que ante todo soy un ser humano, igual que tú... O, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, y que algo así está escrito en los libros. Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y con lo que está escrito en los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de comprenderlo.
—HELMER: Pero, ¿no entiendes cuál es tu puesto en tu propio hogar? ¿No tienes un guía infalible para estos dilemas? ¿No tienes religión?
—NORA: ¡Ay, Torvaldo! No sé qué es la religión.
—HELMER: ¿Cómo que no?
—NORA: Sólo sé lo que me dijo el pastor Hansen cuando me preparaba para la confirmación. Dijo que la religión era esto, y aquello y lo de más allá. Cuando esté sola y libre, examinaré también ese asunto. Y veré si era cierto lo que decía el pastor, o cuando menos, si era cierto para mí.


Traducción: Alberto Adell

LEÍDO: “Los primeros ángeles” de Mateo Rello

   Con el soplo de la muerte familiar, desde el levante comercial barcelonés Rello suelda un estudio en verso de las últimas ramas de su árbol genealógico, que repasa, con relámpagos de una belleza arcaizante extraordinaria, el viaje de ida y vuelta entre las rurales raíces sorianas o andaluzas y el callejero fluvial de Santa Coloma.




   Soy lo que huelo y los olores declinan mi sensibilidad, mi biografía y las intuiciones de las otras que atesoro. Una casa está llena de olores, vale decir, de recuerdos, y estos pertenecen a una gramática más amplia, que los teje con los olores del vecindario y de la ciudad, incluso con los olores extinguidos. Guardo recuerdo del urbanismo fragrante de Sta. Coloma, entre lo rural y lo urbano. Aquellos olores me transportan a episodios de vuestra vida. Gregorio y Pilar, padres hijos míos, ¿qué pensasteis al llegar aquí? Santa Coloma de Gramenet. Una ciudad por hacer, pero habitada —de hecho, superpoblada—, es un génesis abigarrado y áspero, que no cabe en las letras de su nombre: participa del caos más que del urbanismo. Por su parte, el futuro, lombriz cortada, se retorcía en esas calles que iban a ser estas, y era un puente precario sobre el río Besòs, una metáfora bamboleante, y una red, luz de faros, trenzada por autobuses nocturnos.

miércoles, 3 de enero de 2018

LEÍDO: “Antes (de) que la nada prevalezca” de Moisés Galindo

   Es un libro de homenajes —hay uno dedicado a Charlie Haden y eso me ha ganado— que edifica arcos del triunfo contra la desaparición. En una de sus aurículas se abre un poema titulado ‘Happy new year’. Ha sido casualidad que su lectura coincida con estas fechas navideñas. Así que, con tres días de retraso, copio este poema “celebratorio” de Nochevieja:




HAPPY NEW YEAR

tantos como éramos
el cóctel de Martini
la carne con frutas
los púrpuras las cintas de colores
bajo las lágrimas de la lámpara
ahora la inmensa mesa desierta
todavía puedo oírlos
tatuados en mi respiración
sonreír invisibles en la sangre
¿cómo podría abrazarlos?
este pañuelo del dolor
en medio de la nada
este faro negro de la lengua
esta rabia de alfileres en los ojos
esta máscara que sobrevive
como un bosque vacío
un horizonte diezmado

LEÍDO: “El burgués gentilhombre” de Molière




   La letra clásica es universal porque, entre otros valores, su mensaje es aplicable a cualquier lugar y época, ¿no? Pues blanco y en botella. Esta comedia-ballet tiene una perspicaz lectura contemporánea: prota que se ha esforzado por llegar a un alto nivel económico se obstina en formarse en los principios y conductas del pijerío con raigambre; acude al son de sus monedas lo mejor de la sastrería, la música, el baile, la filosofía y toda sanguijuela viviente que pueda sacar tajada de la ingenuidad del paleto enriquecido, obstinado también en agradar y seducir a la marquesa viuda Dorimea.
   Y entre los laberintos del amor desnudo, las desproporciones del nuevo rico y la salud de autoparodiarse, sacamos de nuevo la bandera perpetua y ecuménica de un estado independiente llamado Poderoso Caballero.


Traducción: Mauro Armiño

LEÍDO: “La inmensa minoría” de Miguel Ángel Ortiz




   El fútbol de extrarradio barcelonés como pretexto para, sin necesidad de vaselina, introducir todos los elementos temáticos expuestos en esta novela que he ido valorando en progresión positiva —reconozco haberme saltado a veces las dos o tres páginas que describían un partido, porque el fútbol como deporte me interesa poco o nada— conforme avanzaba en el tramo de sus 430 páginas: la montaña rusa emocional de la adolescencia y su descontrol, todo eso que gira en la vida del protagonista Retaco, su hermana, su novia —muy buen conocimiento de los movimientos de un corazón actual que cursa en la Enseñanza Secundaria— y sus satélites masculinos de cuadrilla de barrio —el gitano Chusmari, el Pista y el Peludo— con el suculento aderezo de las drogas, el alcohol, la música —con banda sonora de Extremoduro, quizá ahora sería de Kinder Malo o Pxxr Gvng—, las tormentosas relaciones familiares post-divorcio y un horizonte laboral de mierda.
   El mal es un jardín del que seguirán creciendo flores, no sólo veneno.


RELEÍDO: “Luces de bohemia” de Ramón Mª del Valle-Inclán

   No descubre uno nada releyendo este libro. Es una apuesta a caballo ganador. Conforme te recreas en cada acto, ratificas las palabras de quienes, pasado el fracaso de su contemporaneidad como dramaturgo, lo han calificado de genio.




EL PELÓN.- ¡Vi-va-Es-pa-ña!
El CAN.- ¡Guau! ¡Guau!
ZARATUSTRA.- ¡Está buena España!
DON GAY.- Es preciso reconocerlo. No hay país comparable a Inglaterra. Allí el sentimiento religioso tiene tal decoro, tal dignidad que indudablemente las más honorables familias son las más religiosas. Si España alcanzase un más alto concepto religioso, se salvaba.
MAX.- ¡Recémosle un réquiem! Aquí los puritanos de conducta son los demagogos de la extrema izquierda. Acaso nuevos cristianos, pero todavía sin saberlo.
DON GAY.- Señores míos, en Inglaterra me he convertido al dogma iconoclasta, al cristianismo de oraciones y cánticos, limpio de imágenes milagreras. ¡Y ver la idolatría de este pueblo!
MAX .- España, en su concepción religiosa, es una tribu del Centro de África.
DON GAY.- Maestro, tenemos que rehacer el concepto religioso en el arquetipo del Hombre-Dios. Hacer la Revolución Cristiana con todas las exageraciones del Evangelio.
DON LATINO.- Son más que las del compañero Lenin.
ZARATUSTRA.- Sin religión no puede haber buena fe en el comercio.
DON GAY.- Maestro, hay que fundar la Iglesia Española Independiente.

LEÍDO: “Obra poética” de Ricardo Molina

   Fue en Puente Genil, en la primavera de 2014, cuando un vecino del lugar, mi amigo Antonio Roa, magnífico anfitrión de poetas, músicos y artistas plásticos, me dio un provechoso paseo por sus más curiosos espacios y símbolos. Mi retina guarda primeras imágenes de la plaza de la Veracruz, del monumento a Fosforito en el Paseo del Romeral, del antiguo Convento de los Frailes, del Santuario del Jesús Nazareno, de la Alcabala, del puente y del murmullo del Genil recogiéndonos de madrugada... Al fin, hicimos un acto en la biblioteca municipal Ricardo Molina. Qué acierto tan coherente que la biblioteca de Puente Genil llevase ese nombre y que la plaza que hay al lado se llame Plaza del Grupo Cántico, en la que cada uno de los árboles que hay en ella lleva el nombre de los integrantes de la revista que abanderó el grupo.
   En 1997 andaba yo estudiando, con veintidós años, el quinto curso de Filología Hispánica en la Universidad de Murcia. El virus de la poesía me invadía ya por completo y, tras haber bebido las esencias de mis contemporáneos, mi afán por explorar las periferias literarias del siglo XX español era exagerado.
   Buscaba, con ansiedad, cada tarde, en librerías —modernas y de viejo— datos que me estimulasen sobre obras insólitas, iluminaciones escondidas en los márgenes de la historia reciente. Y, entonces, ocurrió, allí estaba, empolvado en una estantería de la añeja librería La Candela, El grupo Cántico de Córdoba, un episodio clave de la historia de la poesía española de postguerra, estudio y antología de Guillermo Carnero publicado por la Editora Nacional en 1976. Tiene importancia la fecha de publicación y el origen del investigador. Era raro que un crítico alicantino, con la inminente democracia pisándole los talones a España, hubiera fijado su atención en un grupo poético olvidado, radicado, además, en la lejana provincia cordobesa, anterior a toda la modernidad oficial que décadas después se vendió desde el grupo de Barcelona (años 50) o desde los poetas sociales vascos y madrileños de los años 60.
   De nuevo, un mal entendido prejuicio ideológico cubría de sombra el brillo de auténticos héroes “no oficiales”. Menos mal que nuestra democracia superó sus primeros balbuceos, abandonó los pañales, los pantalones cortos, creció y poco a poco ha ido colocando en su sitio al que fue cabecilla del Grupo Cántico. Aún queda. Soy consciente.




   Con Molina re-aprendo que la poesía es la más plácida y pulcra forma de expresión que el juego alfabético puede lograr. Su ritmo y su cadencia, elevados a un orden, a una certidumbre y a un ímpetu muy distinto del ritmo y de la cadencia que pueden penetrar a la prosa, constituyen una parte de su perfección.
   Gran humanista, exquisito e infatigable lector, poeta lírico y elegíaco, cartógrafo de una de las pulsiones más seductoras del siglo XX andaluz, él es el único de los poetas de Cántico cuya obra, realmente, no está rematada. La cortó una muerte precoz que no nos dejó ver esa posible última etapa en la que cualquier auténtico escritor supura el mejor rocío de su talento intrínseco e intelectual.
   Conforme bajamos al fondo del pozo estilístico de Molina, vemos que dio lo mejor de sí cuando vivía en tiempos de intransigencia, sin poder publicar, destinado a moverse entre un grupo limitado de amigos leales y cautos.
   Por su temple frágil y plural, por su sentimentalidad contradictoria y las circunstancias político-sociales que le tocaron en (mala) suerte, castigando determinadas confesiones, él descubrió en el poema la vía más efectiva para revelarse y rebelarse.
   Ha sido una delicia leer su poesía completa el año en que se celebraba el centenario de su nacimiento:

Poco del mundo he visto: Córdoba, Andalucía…
Eso es todo. Aquí nace y muere mi canción.

RELEÍDO: “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca

   Es el drama que más veces he leído en mi vida. Gonzalo Torrente Ballester, que algo sabía de teatro, afirmó que era perfecto. Lo suscribo.




LA PONCIA: […] Limpia bien todo. Si Bernarda no ve relucientes las cosas me arrancará los pocos pelos que me quedan. 

CRIADA: ¡Qué mujer! 

LA PONCIA: Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado! 

CRIADA: Sangre en las manos tengo de fregarlo todo. 

LA PONCIA: Ella, la más aseada; ella, la más decente; ella, la más alta. Buen descanso ganó su pobre marido.

LEÍDO: “Te vendo un perro” de Juan Pablo Villalobos

   Me estaba perdiendo a este mexicano y ¡nadie me había avisado! Excentricidad de inicio a fin, burla, parodia al mil por cien, caiga quien caiga. En esta rápida mojiganga azteca de prosa deslizante hay pocos espacios para el aburrimiento. Como mucho, ocurre que a veces quieres pedir un break de tiempo de seriedad o de solemnidad, o espiritualidad, aunque sea por cuatro o cinco páginas, pero qué va, apenas da oportunidad de coger aire para entrar de nuevo en la acción nerviosa de este refresco.
   No sé si me divertiré tanto con otras novelas de Villalobos en el futuro, pero si el tiempo y la salud me lo permiten, prometo regresar a su obra.



RELEÍDO: “Romeo y Julieta” de William Shakespeare

   Me encanta esta tirante conversación del Acto III en la que a Julieta le sale el genio con su madre y sobre todo con el ama por una razón primitiva, un encoñamiento máximo:




JULIETA: ¿Y no hay justicia en el cielo que esté enterada de todo el abismo de mis males? No me dejes, madre. Retarda un mes, una semana, el enlace, o si no mi lecho nupcial será la tumba de Teobaldo.

SEÑORA DE CAPULETO: No me pidas nada, porque no he de contestarte. Decídete como quieras. (Se va).

JULIETA: ¡Por Dios! Ama mía, ¿qué debo hacer? Mi esposo está en la Tierra, mi fe en el cielo. ¿Y de qué manera ha de volver a la tierra mi fe, si mi esposo no la envía desde el cielo? Aconséjame, consuélame. ¡Infeliz de mí! ¿Por qué el cielo ha de emplear todos sus recursos contra un ser tan débil como yo? ¿Qué me dices? ¿Ni una palabra que me consuele?

AMA: Solamente te diré que Romeo está exiliado, y puede apostarse doble contra sencillo a que no volverá a verte, o regresa secretamente, en caso de retornar. Lo mejor sería, según mi opinión, que te casaras con el conde, que es mucho más gentil y sensato caballero que Romeo. Ni un águila tiene tan verdes y vivaces ojos como Paris. Este segundo esposo te conviene más que el primero. Además, al primero puedes darlo por muerto. Para ti como si lo estuviera.

JULIETA: ¿Estás hablando con el alma?

AMA: Con el alma, o maldita sea yo.

JULIETA: Así sea.

AMA: ¿Por qué?

JULIETA: Por nada. Buen confortamiento me has dado. Vete, di a mi madre que he salido. Voy a confesarme con Fray Lorenzo, por el enfado que he provocado a mi padre.

AMA: Obras con inteligencia. (Se va).

JULIETA: ¡Malvada vieja! ¡Aborto de los infiernos! ¿Cuál es mayor pecado en ti: querer hacerme infiel o ultrajar con tu lengua a quien tantas veces pusiste por las nubes? Maldita sea yo si vuelvo a pedirte un consejo. Sólo mi confesor me consolará, o me dará fuerzas para morir.

martes, 2 de enero de 2018

LEÍDO: “La antigua luz de la poesía” de Santiago Montobbio

   Utilizando lenguaje, silencio y fervor, Montobbio sigue hiperactivo, con un nuevo libro de casi quinientas páginas, en un rincón de la lírica hispánica, completamente a su aire, que es el del llanto por ciertos valores individuales y de la Antigüedad que se saben perdidos. No es difícil adivinar que seguirá con esta postura hasta el final de sus días poéticos.




   Transcribo uno:

LA MÚSICA QUE ha de volver como flores o como cuerpos
en los poemas al final del viento, al final de la noche
y su negrura, su soledad y su negrura, los poemas
que han de romper el silencio pero conservar como él aún en ellos
un irreductible misterio y también la pureza
de lo que no podrá acabar de explicarse ni de decirse.
Los poemas en la música de la soledad y de la noche,
de la negrura que anuncia y ya saben, y hay también
en el corazón del hombre: los poemas que escribo
esta noche en el campo y como poemas son y serán música
que ha de sonar en el viento y ser cuerpos y ser flores en su canto,
hasta el final del tiempo, hasta que no haya noche
y poemas de ella no nazcan, sean por ello
imposibles y no se escriban. Poemas aún poemas,
poemas de la noche, poemas en el campo
estos que escribo y son y han de ser música
que fatal sobre el olvido suena, hechos del tiempo
que también es música y que como ellos
es al final olvido, como lo es también
el campo y lo es la noche.

LEÍDO: “Veinte películas de amor y una canción de John Lennon” de Carmen Piqueras

   Sigo la trayectoria de Carmen Piqueras desde su primer libro, Oficios de derrota, y veo este tercero como un paso adelante y con impulso.
   Mis favoritos, en los que creo que Piqueras tensa con mayor precisión el arco y analiza con claridad el campo de visión a través de la mirilla, son estos poemas fílmicos: ‘La mujer pantera’; ‘Frankenstein’; esa “oración” que es ‘Blade Runner’ (Que nos alcance la lucidez del soldado que deserta / de cualquier forma de cordura); ‘El árbol de la vida’ (Plancton del mundo. No podremos, sin embargo, evitar / que también nos traiga herrumbre / —y, aun así, / quizás, / sea hermoso—, / ni olvidar que una vez / fuimos de ella, / y en ella, / por su lengua verdadera, / bendecidos); ‘Mujercitas’; ‘Los amigos de Peter’ y ‘Mi pie izquierdo’ (Por ello reivindico hoy / al denostado pie izquierdo, / el del mal pronóstico, el infausto. // Cómo ignorarle si es con él / con el que busco a tientas / el tuyo bajo las sábanas, / el que ha dado, tantas noches, / el primer paso hacia la gloria).




   Luego hay una oda larga, ‘Una canción de John Lennon’, dedicada al matrimonio, un terreno peligrosísimo de poetizar, que la autora resuelve de manera que aún sigo aplaudiendo.
   Y del “Programa de mano”, de tono más irónico y a ratos burlesco, me quedo con ‘Al final de la escapada’ e ‘Hiroshima, mon amour’.
   Con la de peleas que han tenido a lo largo del siglo XX el celuloide y la lírica, qué buena conjunción de fotograma y verso en este libro.

LEÍDO: “Sed de champán” de Montero Glez

   Dieciocho años después de su publicación, le meto mano a esta novela. Le tenía muchas ganas. Me ha provocado un sentimiento bipolar: decepción e ilusión.
   Por un lado, una de las alabanzas con que a finales de los 90 le condecoraban era la excepcional utilización de la jerga marginal, y se confirma que el mismo movimiento perpetuo del idioma —también sirve para los dialectos o las jergas— hace que fotografiar el realismo oral en literatura, por mucha maestría con que se haga en el momento, amarillea en apenas dos décadas. Y la orfebrería estilística, cuando habla el narrador omnisciente, tiene muchos más momentos altos que bajos, desde luego, pero con cierta frecuencia la metáfora madura gana a la fresca y no a todo el mundo le gustan los frutos secos.




   Por otro lado, se confirma también el alto nivel anunciado y esperado respecto a su tono inclemente, la distribución de trama en zigzag, el gramaje de personajes inolvidables —Charolito, Dolores, el ausente/presente Flaco Pimienta—, la verbalización ambiental, el erotismo y el peligro básicos, el gamberrismo negro... Mujeres desafiantes y hombres duros toreando con la miseria en plaza urbana.
   El resultado final es positivo, porque me quedo con ganas de leer más libros de Montero Glez. Si Dios reparte suerte, lo haré.

lunes, 1 de enero de 2018

LEÍDO: “Cómo dejar de escribir” de Esther García Llovet




   Esther García Llovet suena a Esther García Llovet. Eso en la Liga de la Literatura es como ganar la Copa Estética cinco veces seguidas con los ojos vendados.
   Ya sabíamos que esta autora hace novelas raras y Cómo dejar de escribir no iba a ser la excepción. Pasajes y paisajes frágiles, de fluida y breve comunicación entre personajes de un Madrid veloz, indisciplinado y prodigioso como una idea de Cocteau. Una escritora de olfato impecable para el cuadro narrativo abstracto, para crear escenas de auténtica lógica borrosa.

LEÍDO: “Asamblea ordinaria” de Julio Fajardo Herrero

   Anda uno algo fatigado tras leer tantas intentonas de “novela de la crisis post-burbuja inmobiliaria” por parte de escritores españoles en los últimos años. Y creo que voy a dejarlo aquí porque simplemente ¡no existe la novela de la crisis! Es más: ¡no hace falta que exista!
   Esta de Julio Fajardo Herrero es, valga la redundancia, de libro: capítulos breves fragmentados con puntos de vista narrativos diferentes, protagonistas de varia condición socio-económica, corales y anónimos. Se me ha hecho con frecuencia anodina, ordinaria —como el mismo autor adjetiva su narración—, pero cuando estaba llegando al final veo que hay una reflexión, tan sencilla como excelente, hecha por una mujer que siente inmediata la catarata mortal de su relación sentimental por acabar de decirle a su hombre, tras regresar de una de sus «tropecientas mil asambleas», que «desde hacía bastante tiempo, cuanto más le escuchaba hablar así, más ingenuo me parecía y más le perdía el respeto».  Este “click” inicia una certera exposición sobre cómo gestionar el deterioro inevitable de cualquier pareja:




   Pensando en eso que le dije, con el paso de los días me he ido dando cuenta de que, por muy evidente que sea que cuando las parejas se rompen o tienen crisis serias suele ser porque ya hace tiempo que se acumulan la tensión y los desencuentros, tampoco deja de ser cierto que muchas veces el desenlace depende de dos o tres frases, o incluso de nada más que gestos, que se acaban revistiendo de una trascendencia desproporcionada, completamente absurda (sobre todo en comparación con toda la historia de la convivencia, o con la ristra interminable de cosas que os habéis dicho el uno al otro desde el principio). Me estoy refiriendo a los momentos en que por fin se explicita lo realmente decisivo que estás pensando o a lo mejor llevas tiempo sintiendo, una opinión o unos pensamientos que en realidad nunca has compartido con él, —o al menos no con esas palabras, o no en ese tono, o no en una situación en la que resulte obvio que no lo estás diciendo por decir—, y entonces queda dicho y él lo escucha y pasa a ser imposible que no tenga consecuencias. En ese mismo momento, mientras lo estás diciendo, a la vez eres consciente de que perfectamente podrías haber elegido no decirlo, de que a lo mejor con un poco de esfuerzo te lo podrías haber ahorrado y no habrías desencadenado lo que incluso puede llegar a ser irreversible, aunque guardártelo tampoco habría evitado que siguiera acumulándose la tensión, ni habría disipado el enfado. De hecho, seguramente, una tiende a pensar que si no se lo ha callado, o si ha acabado diciendo eso de lo que después va a ser muy complicado retractarse, no es por un error de juicio momentáneo sino porque el problema venía de largo y lo importante no es ya esa gota, por supuesto, sino el vaso que se ha ido llenando con todas las demás y que se colma. Por eso de verdad creo que esa sensación tan engañosa —la de que al final todo puede depender de una frase o una decisión tomada a bote pronto y en un trance muy concreto, sin tiempo material para valorar las consecuencias— en realidad no es más que un espejismo. Porque lo cierto es que lo único que no habías hecho hasta ese momento era decidirse a decirlo, pero las razones sí que existían desde antes. En todo caso, es imposible no obsesionarse y no rumiarlo mucho y a lo mejor incluso acabas dándole la vuelta por completo a todo ese razonamiento. Puede que al final llegues a la conclusión de que es justo al revés y de que, cuando se vive en pareja, en realidad siempre se tiene el detonador al alcance de la mano y lo difícil es conseguir que vaya pasando el tiempo y no pulsarlo nunca, porque a lo mejor el requisito fundamental para que las dos partes permanezcan juntas es precisamente ese, que jamás se digan algunas de las cosas que inevitablemente van a acabar pensando el uno del otro, aunque sea solo en momentos puntuales. Es más, puede que no existan parejas que lleven ya un tiempo y que no alberguen alguna vez el tipo de pensamientos que, en caso de verbalizarse, probablemente acabarían por dar al traste con toda posibilidad de entendimiento. Hubo unos segundos eternos en los que parecía que se había consumido hasta la última molécula de oxígeno de la habitación.   


   Esto es un fogonazo, ya, pero llegar hasta él ha merecido el tedio provocado en anteriores escenas.
   No me ha decepcionado del todo, pues, esta novela publicada en una editorial como Libros del Asteroide, que tantas horas de gusto literario me ha vendido y que seguiré comprando.

LEÍDO: “Dónde la muerte en Ámsterdam” de Ángela Martín del Burgo

   Cantar a las ciudades es, podríamos decir, un subgénero temático dentro de la poesía. Es fácil caer en la trampa del lirismo de turista disfrazado de viajero contemplativo. El primero ha sufrido una fama horrenda en la literatura contemporánea y el segundo todos los halagos.




   Yo apostaría por que el escritor asumiera sin complejos ya la primera realidad o directamente se especializase en ese concepto de invención norteamericana que es el de “escritor de viajes”.
   Destaco los últimos cuatro versos del poema titulado ‘Ma mère’ (Mi madre son todos los amores que he tenido, / mi madre es todos aquellos, / hombres y mujeres, / que he amado) y dos más: el titulado ‘A los dioses les pediría’ y el tercero dedicado a la serie de Ámsterdam. Los transcribo:


A los dioses les pediría
me concediesen tan solo un deseo
y alargasen el curso de mis días;
simplemente quería regar mis rosas.


∞ ∞ ∞ ∞ ∞


III

En una casa de Ámsterdam,
casa junto al canal,
en el siglo diecisiete
Spinoza talla lentes
y busca a Dios a través del cristal.