lunes, 1 de enero de 2018

LEÍDO: “Asamblea ordinaria” de Julio Fajardo Herrero

   Anda uno algo fatigado tras leer tantas intentonas de “novela de la crisis post-burbuja inmobiliaria” por parte de escritores españoles en los últimos años. Y creo que voy a dejarlo aquí porque simplemente ¡no existe la novela de la crisis! Es más: ¡no hace falta que exista!
   Esta de Julio Fajardo Herrero es, valga la redundancia, de libro: capítulos breves fragmentados con puntos de vista narrativos diferentes, protagonistas de varia condición socio-económica, corales y anónimos. Se me ha hecho con frecuencia anodina, ordinaria —como el mismo autor adjetiva su narración—, pero cuando estaba llegando al final veo que hay una reflexión, tan sencilla como excelente, hecha por una mujer que siente inmediata la catarata mortal de su relación sentimental por acabar de decirle a su hombre, tras regresar de una de sus «tropecientas mil asambleas», que «desde hacía bastante tiempo, cuanto más le escuchaba hablar así, más ingenuo me parecía y más le perdía el respeto».  Este “click” inicia una certera exposición sobre cómo gestionar el deterioro inevitable de cualquier pareja:




   Pensando en eso que le dije, con el paso de los días me he ido dando cuenta de que, por muy evidente que sea que cuando las parejas se rompen o tienen crisis serias suele ser porque ya hace tiempo que se acumulan la tensión y los desencuentros, tampoco deja de ser cierto que muchas veces el desenlace depende de dos o tres frases, o incluso de nada más que gestos, que se acaban revistiendo de una trascendencia desproporcionada, completamente absurda (sobre todo en comparación con toda la historia de la convivencia, o con la ristra interminable de cosas que os habéis dicho el uno al otro desde el principio). Me estoy refiriendo a los momentos en que por fin se explicita lo realmente decisivo que estás pensando o a lo mejor llevas tiempo sintiendo, una opinión o unos pensamientos que en realidad nunca has compartido con él, —o al menos no con esas palabras, o no en ese tono, o no en una situación en la que resulte obvio que no lo estás diciendo por decir—, y entonces queda dicho y él lo escucha y pasa a ser imposible que no tenga consecuencias. En ese mismo momento, mientras lo estás diciendo, a la vez eres consciente de que perfectamente podrías haber elegido no decirlo, de que a lo mejor con un poco de esfuerzo te lo podrías haber ahorrado y no habrías desencadenado lo que incluso puede llegar a ser irreversible, aunque guardártelo tampoco habría evitado que siguiera acumulándose la tensión, ni habría disipado el enfado. De hecho, seguramente, una tiende a pensar que si no se lo ha callado, o si ha acabado diciendo eso de lo que después va a ser muy complicado retractarse, no es por un error de juicio momentáneo sino porque el problema venía de largo y lo importante no es ya esa gota, por supuesto, sino el vaso que se ha ido llenando con todas las demás y que se colma. Por eso de verdad creo que esa sensación tan engañosa —la de que al final todo puede depender de una frase o una decisión tomada a bote pronto y en un trance muy concreto, sin tiempo material para valorar las consecuencias— en realidad no es más que un espejismo. Porque lo cierto es que lo único que no habías hecho hasta ese momento era decidirse a decirlo, pero las razones sí que existían desde antes. En todo caso, es imposible no obsesionarse y no rumiarlo mucho y a lo mejor incluso acabas dándole la vuelta por completo a todo ese razonamiento. Puede que al final llegues a la conclusión de que es justo al revés y de que, cuando se vive en pareja, en realidad siempre se tiene el detonador al alcance de la mano y lo difícil es conseguir que vaya pasando el tiempo y no pulsarlo nunca, porque a lo mejor el requisito fundamental para que las dos partes permanezcan juntas es precisamente ese, que jamás se digan algunas de las cosas que inevitablemente van a acabar pensando el uno del otro, aunque sea solo en momentos puntuales. Es más, puede que no existan parejas que lleven ya un tiempo y que no alberguen alguna vez el tipo de pensamientos que, en caso de verbalizarse, probablemente acabarían por dar al traste con toda posibilidad de entendimiento. Hubo unos segundos eternos en los que parecía que se había consumido hasta la última molécula de oxígeno de la habitación.   


   Esto es un fogonazo, ya, pero llegar hasta él ha merecido el tedio provocado en anteriores escenas.
   No me ha decepcionado del todo, pues, esta novela publicada en una editorial como Libros del Asteroide, que tantas horas de gusto literario me ha vendido y que seguiré comprando.

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